Cáncer (dedicado a Paloma Chamorro y al espíritu de toda una época)

Jesús Ferrero lo ha dicho: el cáncer nos asola. O eso parece. La última ha sido Paloma Chamorro. No la conocí, claro, pero formó parte -una muy importante- de mi vida. Ella lo hizo, como de la mía, de la de muchos “bichos raros” (que entonces no lo éramos tanto: la “rareza” era una suerte de virtud bien entendida y bastante extendida: ¡de poco nos ha servido!). Su programa “La Edad de Oro” duró apenas dos años, pero fueron decisivos e intensos. Por supuesto, las “fuerzas vivas” al timón de lo correcto (aunque la obsesión por la corrección de los que mandaban entonces era de otro tipo, claro está; no obstante, la obcecación y las nefastas consecuencias de la misma aún perviven en diferentes huéspedes, perfectamente fanáticos e intransigentes, con el agravante de “presunto liberalismo”) opinaron que su digno buque no debía consentir cruzarse en el ancho mar con semejante barcaza de dementes, viciosos, iconoclastas, minoritarios y transgresores de todo lo más sagrado, ya fuera ésto civil, religioso o militar.

Por supuesto, no podemos pensar en una “plaga bíblica” que se ceba en España tan solo. Pienso en Bowie y en tantos otros… El útimo ha sido John Wetton. ¿Cáncer?… Lo más probable. Imagino que es un “modo de vida”… Entonces, tal vez, estemos muchos condenados, ¿no es así?… Lo cierto es que lo que dice Jesús Ferrero en El Mundo del 31 de enero de 2017 no suena tan descabellado: creo en la “especificidad” hispana. Por supuesto, se puede englobar en el contexto europeo u occidental; pero algo nos diferencia: el desproporcionado peso de la DESILUSIÓN, del RENCOR y de la CONTRADICCIÓN en la química venenosa de nuestro pasado y de nuestro entorno.

Una vieja amiga (creo que podría añadir: de la infancia) me prestó un libro cuyo autor no consigo recordar, aunque sí podría asegurar que era centroeuropeo; austriaco, creo. El nombre de aquellas memorias (se trataba de un libro autobiográfico) era perfectamente recordable: “Cáncer”… La tesis de aquella obra tremenda era muy simple: el cáncer nos corroe con los ácidos de la infelicidad, el estrés y la tristeza. Ella, mi vieja amiga, padeció, en las carnes de uno de sus más directamente allegados, la maldición de la enfermedad, pero terminó “vacunándose” con el antídoto (cuya eficacia nunca ha sido del todo probada) de un matrimonio pronto y muy ventajoso; espero que, además, haya sido feliz. He perdido el contacto, así que desconozco el resultado de tal “experimento”. Por descontado, les deseo a ambos una larga y fructífera vida… juntos.

Esa tesis (a estas alturas, no creo que la desconozca nadie) me ha rondado la cabeza desde la lectura de aquel libro, bastante próxima en el tiempo a mis momentos vitales culminantes: coincidentes con algunos de los más lamentables y decisivos (no de la misma forma en que “La Edad de Oro” o el “Auambabulubabalambabú”, del ínclito Luís Avín, me afectaron decisivamente) encuentros, decisiones e indecisiones de mi propia vida; valga la redundancia. Casualmente, aquello se desencadenó en Madrid, así que la “Movida” se imbricaba, de algún modo, con lo que me pasaría entonces… Pero la decadencia ya se palpaba en el ambiente: recuerdo a Poch, el cantante de “Derribos Arias”, literalmente demente, con sus gafas rotas por el puente, pegadas con cinta aislante o celo, sentado solo, balbuceando incoherencias y la mirada perdida, en la mesa de una pizzeria de mala muerte en Malasaña. Corría el año 1991. Moriría Poch no muchos años después de aquella visión espectral de una época, entonces ya en pleno desmantelamiento… ¿Os acordáis, viejos e ilusionados votantes de un partido socialista aún vivo? (o eso parecía).

Creo que no ofenderé a nadie si me permito sacar a colación a otro donostiarra bastante demente (o demencial: buena persona, en todo caso) con el que coincidí en esta “aventura”: el fundador de “Duncan Dhu”, Juanra Viles. Acabo de averiguar que finalizó sus devaneos “artísticos” al encauzar su vida, adecuadamente, a través de los “almamáteres” de Deusto y del Peneuve (sin duda, ¡sentó la cabeza!: ser de buena familia es lo que tiene). Sea como sea, a un pobre cántabro ex-votante socialista, como mucho, se le habrá podido permitir ser testigo de estas fructíferas trayectorias; o, por el contrario, aspirar a más, sí, mas tan solo mediante la venta al diablo y la renuncia de una identidad que parece que no se ha dejado cuajar nunca… Os sacaré de dudas: Juanra y yo compartimos habitación en la misma pensión de Lejona, en la que ambos solíamos ver “La Edad de Oro”; eso cuando Jose Ferreño (más tarde conocido como Andoni Ferreño) y sus secuaces de CC. de la Información nos lo permitían. Con frecuencia le llamaba “Felipe” a Juanra, no sin cierta malicia. Él abandonó los estudios de Bellas Artes. Yo no… Por eso él ahora es político y… yo no (y porque él es ciudadano de la “Perla del Cantábrico”, superpotencia cultural, industrial, playera, paisajística y gastronómica global, claro; yo sólo nací y habito una entelequia, al borde de la consunción y de la más absoluta irrelevancia, llamada Santander: no está mal Santander; lo malo es que ya ni los de aquí lo sabemos… ¡no digamos las oligarquías político-económicas o los de la propia tele, incluida TVE!).

¿Ven cómo salen los “venenos” a relucir?… No es tan difícil adivinarlo: la división, el rencor, la decepción, la desilusión de los buenos: de los que habremos dedicado la vida a esperar que nuestra lealtad y esfuerzos (nuestra buena voluntad) fuesen ALGÚN DÍA premiados, reconocidos… La traición, la mediocridad, la manipulación, la escisión, el maniqueismo, el victimismo consentido y subvencionado, la promesa siempre pospuesta “sine díe”, la acumulación de prebendas y de herencias, el inevitable fracaso: hereditario, contagioso, pero inducido, potenciado… ¡fomentado por los que creen que lo poco que tienen y queda, aún menguante y con todo, ha de ser acaparado!: por ellos.

Cainismo, se dice. Cancerismo, me tomo la libertad de “inventar”: un veneno lento y a muy largo plazo. Aleatorio, pero de incidencia creciente, con los años. Los buitres nos contemplan: los propios y los ajenos… Por eso te debo recordar a ti, Paloma: ave rendentora, que se extingue en todo, salvo en nuestro recuerdo: siempre volarás en él y con los que aún conservamos tu voz y tu imagen, grabadas e indelebles, como símbolos de una época quizá no tan luminosa, después de todo, pero sí esperanzada.

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“La La Land”: el sentido de la vida… ¡y del cine!

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“La La Land” tendría muchas lecturas; pero una de las más interesantes sería ésta: trata de las segundas y de las enésimas oportunidades. Y reflexiona, en realidad y sobre todo, en torno al fracaso. La apariencia es engañosa: el esquivo y ocasional éxito se toma como una, tan solo, de las infinitas opciones posibles. Desde luego, está lejos de ser “naturalista” (el propio género musical es la antítesis del naturalismo), pero su magia no parece incompatible con cierta verosimiltud poética, por así decirlo. Aceptables licencias éstas, concedidas, de manera congruente, a ciertas formas de “fingimiento”.

Por otro lado, al tiempo que subraya la nostalgia por un mundo que se nos va (con el contrapunto del desprecio actual mayoritario hacia las formas clásicas de las artes populares, desbordadas por lo más trivial, y la desaparición de sus templos y aficionados), se muestra un cierto resurgimiento real -algo más que añoranza de pose– del placer que nos aporta lo inmediato, lo auténtico: la emoción de un solo improvisado de piano en directo; o, incluso, la conexión con un pastiche “retro”, eco de una era en la que lo excelente y excitante era compartido por la mayoría, de forma masiva… ¡Y, además, había tiempo para poder saborearlo! En pocas palabras: una suerte de reacción ante el hartazgo por tanta saturación y dispersión tecnológica.

Se recrea “La La Land”, pues, en esos detalles que resaltan el contraste entre lo contemporáneo, con toda su fluidez y dispersión desconcertante, inabarcable, y los discos de vinilo, las viejas películas de Hollywood (que aquí aparecen, incluso, como “momificadas” en forma de “Parque temático”), los coches desmesurados de la ya arruinada industria de Detroit, los “night clubs” a la vieja usanza, los trajes de chaqueta y hasta los sombreros fedora…

A nivel técnico, invoca y homenajea a menudo a los clásicos, por supuesto (los más obvios: Minelli, Donen, Ray… ¡Incluso Hitchcock y Berkeley!); también a lo Clásico… Pero se sirve de lo más avanzado de la tecnología para llevarla a un terreno humano, sensato y honesto (yo diría): las “virguerías” técnicas están al servicio no sólo de sí mismas -como presas de un alarde vácuo en dicho homenaje a lo antiguo-, sino, también, al de los personajes y su propia historia. No se puede negar la magia que de todo ello resulta.

He leído, por otra parte, que la película empieza grande y deslumbrante; y que así termina: ensoñadora, agridulce, serena y mágica. Que en la peripecia central la historia renquea o afloja, más convencional… ¿No es posible que sean así la mayoría de las vidas vividas?… Con todo, algunos podrán decir que de ciertos elementos se podría haber sacado más partido. No estoy muy seguro de que esto fuera necesario: el encanto poético y verosímil me sigue persuadiendo, y caigo rendido… En definitiva, la película nos habla de la vida y de sus retornos y giros: de los ciclos, de los hechos, de las tentativas y estancamientos; de las recaídas y de las recuperaciones; de los sentimientos, frustraciones y dolores recurrentes; de las rutinas, de la claudicación y del ocasional resurgimiento. Nos convence -y nos conmueve, con ello- de que la Vida es una constante maravilla, un milagro: demasiado pegada a nosotros como para poder verla en todo su esplendor y en toda esa inmensidad inabarcable… Y es así, todo ello, a pesar de la privación de metas alcanzadas; gracias, sobre todo (y he aquí lo importante), a todo lo demás: nos sorprende y nos da sentido, al hacer de nosotros lo que somos; incluso con sus carencias y sus ausencias, lo consigue… Carentes como estamos, tan a menudo, ¡y tan ausentes!, de nosotros mismos: ensimismados ante la nada obcecada que solos nos construímos.

Podría destacar varios momentos o secuencias, pero me voy a quedar con una de las más sencillas y conmovedoras: Emma Stone, durante un casting, inicia un relato improvisado, y, por medio de un lento trávelin, la cámara se acerca hasta un primer plano (sólo ella queda iluminada, en medio de un evocador claroscuro). El relato de la actriz se transforma en canción, y en ella se nos hace una reivindicación de las existencias “alocadas”, “sin sentido”: fracasadas, en suma, pero entusiastas del hecho -simple, pero extraordinario- de estar aquí: para zambullirnos en ríos o para renunciar a todas las luchas, sin el peso, demoledor y absurdo, de sentir amargura ni las losas de todas las derrotas, una encima de otra.

“La La Land” es una de las películas más evocadoras y conmovedoras que he visto y gozado en mucho tiempo: una joya que nos recuerda lo que debería ser SIEMPRE (hubo un tiempo en el que esto era más frecuente) el gran CINE. Y es que lo vitalista no debería estar reñido con la más hermosa lucidez; tampoco con la más amarga.

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Y además…

Mose Allison (uno de mis primeros discos de jazz fue el nº 19 de la colección “That´s Jazz” de Atlantic, editado en España por Hispavox: dedicado a Mr. Allison, claro). Siquiera si fuera por aquel “Stop This World”, casi un himno, cada día más vigente (al menos, para mí; con los años fui descubriendo otras maravillas: “Lost Mind, por ejemplo), ya se podría considerar ineludible rendir un homenaje a este beatnik, a este “hipster” avant la lettre *. Un tipo blanco en un mundo predominantemente “de color”, fue pianista, cantante, compositor de música y letrista de sutil retranca e ironía (“Your mind is on vacation”). Muchos lo admiraron, versionearon y copiaron: Van Morrison, The Yardbirds, The Who, John Entwistle, Elvis Costello, The Clash, Georgie Fame, Bonnie Raitt, Blue Cheer, John Hammond, Paul Butterfield, John Mayall, Diana Krall, Manfred Mann, Robert Palmer, The Bangles… ¡y Leon Rusell! Podemos verlo, incluso, en algún cameo, como en “The Score”, de Frank Oz. En fin, otro más que nos deja y descansa en paz: ciertamente, con lo que deja atrás, podemos decirlo… Nos estamos quedando muy solos, ¿eh, Mose?

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A propósito de Leon Rusell: un músico entre los músicos (en el ámbito del rock, el pop, el rythm&blues y el country, entre otros géneros), compositor, arreglista y pianista brillante. No puedo hablar con mucho conocimiento de causa (ausente en mi colección, debo reconocer), pero imponía respeto su labor: colaborador de Phil Spector, Frank Sinatra, The Byrds, Joe Cocker, J. J. Cale, Bob Dylan o Elton John. Una de sus composiciones se hizo célebre y ha sido versioneada por infinidad de artistas: “A Song For You”. RIP.

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* En realidad esto de los “jipsters” es ya muy antiguo, como su aspecto actual a cualquiera con ojos le podría hacer deducir: todo viene de los EE.UU. de América -¡de dónde si no!- y se remonta a una cultura o modo de vida que se desarrolló en un ámbito cultural, socio-político y económico muy específico y urbano (años 40 y 50, sobre todo). Lo de ahora es el típico renacimiento superficial y nostálgico, que apenas se concibe como una excusa para fomentar una estrategia de “márquetin” y “merchandaisin niueich”. ¡Pero cada uno es muy libre!…

Otro adiós (ya anunciado): Cohen

“Nuestros éxitos del año: CBS 1974”. Hago cuentas, muy sencillas: nueve años tenía. España se encontraba arrastrando su enésima crisis (a la par que el resto del mundo, cierto, pero con ese especial talento para profundizarlas y prolongarlas más que ningún otro pueblo). Aún no había llegado la peor de todas, no obstante: la de mi propia familia… Vuelvo al viejo vinilo, parte de la digna y relativamente numerosa* colección “lounge” que habían ido reuniendo mis padres, ya desde su noviazgo. Junto a Garfunkel, Juán Carlos Calderón, The Three Degrees, Las Grecas, Vicente Fernández “El Rey”, Roberto Carlos… una canción de un tal Leonard Cohen: “Lover, lover, lover”. El niño Carlos, ya con patente para manipular el plato “Dual-Bettor” y el novísimo ampli estéreo (negada a mis jóvenes hermanas), solía saltarse esa canción extraña, adornada con esa especie de estribillo-letanía, de sonido algo mate, turbio, “adornado” por una voz poco agraciada… Este fue mi primer contacto con Leonard Cohen.

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Ésta es la foto, justamente, que aparece en aquel viejo vinilo: mi primera visión de Cohen

Lo curioso es que esa canción -que mucho tiempo después descubrí que no era, ni mucho menos, la mejor del autor; ni tampoco la más sublime del disco que la contenía, “New Skin for the Old Ceremony”-, de alguna manera, pudo intrigar al niño que, por lo general, prefería no escucharla. Imagino que podría decirse que “Lover, lover, lover” fue como una “semilla” plantada en época temprana, pero que terminó por germinar, muchos años después.

Por descontado, a un artista así no lo podía entender, ni remotamente, un pobre chaval español de nueve añitos… Pero ello me hace reflexionar acerca de la importancia decisiva de lo que nos ocurre, en todos los sentidos, en nuestros primeros años. También me empuja a preguntarme si la contemporánea insistente obsesión por infantilizar al infante -por “preservarlo” de lo que no le es propio, específico– no será al cabo un bienintencionado, pero excesivamente puritano, error. A no ser que se pretenda con esa tendencia compensar -inundados como estamos, casi todos, de mala conciencia- los horrores y la depravación cierta a la que se está sometiendo a la infancia en este corrompido, interconectado y ultra-violento mundo (además de dar trabajo a miles de médicos, farmacéuticos, pedagogos y psicólogos, claro está).

No obstante… ¿Cuándo me llegó esa tardía oportunidad de redescubrimiento?: aparte de las lecturas de prensa musical o las alusiones al autor canadiense en TVE (¡se emitían programas musicales especializados!) o en la Frecuencia Modulada, creo que fue Ramón Trecet (Radio 3) el que me reconectó con el viejo Leonard, ya en los años 80: una escucha de sobremesa del primer “Long Play” del canadiense -¡completo!- acabó por hacerme entender, por fin, al bardo de voz lánguida y grave… Cierto es que esa obra decisiva es una de las más bellas, rotundas, clásicas, conmovedoras y redondas de Cohen… Poco a poco, la red de referencias, influencias y afinidades (salvando las distancias: parte del “post-punk”, Lou Reed, Peter Hammill, Nick Drake, Richard Thompson o Nick Cave, en especial) fue situando al autor de aquel aburrido tema del 74 en su sitio.

Hace poco se despidió. Creo que ya llevaba años haciéndolo… Son casi figuras paternas las que me están abandonando en este largo y duro año; decisivo, me temo: elementos que me/nos han ayudado a conformarnos; a hacer de nosotros lo que somos, lo que pensamos y sentimos. Ellos no lo sabían (a todos no nos conocían, desde luego), pero así ha sido. El dolor y la nostalgia no pueden hacernos olvidar el agradecimiento y admiración que les debemos.

Por otra parte, ver al “Rubius” (o como se escriba) o a Justin Bieber susituir a los Cohen (o los Coen), los Stones, los Beatles, los Morrison, los Cave, los Clash, los Costello, los Pistols… ¡los Ramones convertidos en iconos de camiseta descontextualizados!… No sé… Es cierto que algunos individuos conservan la llama, el relevo, la pasión y la visión; y yo los he ido conociendo, a lo largo de mis catorce años en la docencia. De ellos depende el futuro; pero, siendo tan pocos, tan aislados, es enorme la responsabilidad con que se les está cargando. Yo esta elegía se la dedico a ellos: para que, cuando me toque decir adiós, como Cohen lo hizo hace sólo unas pocas semanas, pueda sentir al menos que la semilla de una extraña, solitaria, profunda letanía se podrá convertir en la herencia, próspera y decente, de más fuerza: de una fascinación por lo genuinamente humano, lo bello, lo sabio y lo sublime.

Adios, viejo amigo Leonard.

* En los años 70 la disponibilidad en el mercado de discos era bastante reducida. La pobreza cultural (la censura) y la otra no contribuían a que una familia joven de clase media, normal y de nivel cultural medio-bajo, pudiera tener un tocadiscos en casa o una colección de cientos o miles de discos: en aquellos tiempos eso era casi impensable. Así que tener unas pocas decenas de LP´s y otros cuantos “singles” y EP´s ya era algo bastante extraordinario.

Nobilísimo certificado de defunción (Dylan, Bob)

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“Black Star”, David Bowie… Tal vez debería santificar el silencio de mi estudio, mientras trato de escribir algo coherente. Sin embargo, esta música es perfecta para “ilustrar” -¿o ambientar?– las ideas desordenadas y no sé si estúpidas que me quieren brotar. Porque hoy es el día del Nobel de Dylan (también el de la muerte de Darío Fo; aunque él vino de otro universo, fuera de mi jurisdicción), pero es este espíritu como funéreo -recordado, también, por la reciente despedida de Leonard Cohen; que me retrotrae, a su vez, al rostro amostachado y la despejada cabeza de Sábato, cuando pronunciaba, en semipenumbra y junto al Paraninfo de la Magdalena, como un espectro, aquel “adios, amigos, ésta será la útima vez que nos veamos”, anticipándose quizá demasiado a su partida definitiva- el que me impulsa a soltar las desordenadas estupideces que, acaso, algunos os animéis a leer ahora, cuasi-heróicos.

Los fuegos artificiales se han desatado, por fin, cuando al bueno de Zimmerman le han concedido, ¡albricias!, un premio que es mucho más que esto: es un símbolo. Es por ello, precisamente, que se prodiga tan poco -o nada- el Nobel por estas tierras, empeñadas en desprenderse de significación y de entidad, como muy bien pudimos contemplar en el día de ayer. Bueno, y hoy; que tanto da ya un día que otro, correoso o no… ¿Y cuáles son las tierras simbólicas de este Nobel atípico? ¿Las de Duluth, Minnesota? ¿Estados Unidos? ¿Las de la Generación Beat, tal vez? ¿La electricidad hippie de los años 60?… Lo cierto es que el trovador llega más allá: es Miembro Fundador de un país imaginario llamado “Rock & Roll”. Y, como tal, los subditos de este país sin fronteras lo celebran… lo celebramos.

No quisiera aguar fiestas ni deslucir homenajes, pero no me voy a guardar para mí lo que tal vez sea -de todos modos y tan solo- una pobre, desmoralizada, estúpida, desordenada, enmarañada… corazonada: este premio es un acta de defunción; tácita, pero elocuente. Los académicos suecos quizá se lo conceden a Dylan antes de que… ¿sea demasiado tarde?… Los nórdicos son conscientes de su labor universal de “certificadores de símbolos”. Por eso es tan importante, en la práctica, la potencia y la amplificación cultural, política y económica que respalda a la mayoría de los galardonados (por mucho que la Academia, a remolque de esta “globalización” acaso en exceso bendecida, se haya empeñado en extender su horizonte en tiempos recientes), ya que los símbolos y la cultura sólida y apabullante se imponen desde posiciones de preeminencia. Pensar de otro modo es pecar de ingenuidad.

Pero no me inquieta ni me incomoda esta certeza: que Dylan es un símbolo que TAMBIÉN ha ejercido su influencia y ha dejado su huella EN MÍ; en nosotros. Quizá no la misma -ni con la misma potencia y profundidad- que en un nativo norteamericano contemporáneo del propio Dylan, por supuesto… Mas inducida, impuesta, o no, su figura ha sido reverenciada y disfrutada por nosotros, sin duda: aún sin saber qué pronunciaba y contaba el viejo Bob, a través de su a menudo críptico -y siempre muy nasal- “drawl”, ¡claro que lo hicimos!… Eso sin mencionar cierto “himno eclesiástico” (de libérrima traducción al español) que, me temo, todos hemos cantado… ¡Bueno!… Un servidor tuvo la suerte de poder empaparse de sus textos, al fin, a unas edades algo tardías; pero sin profundizar en ellos, debo admitirlo: ha sido siempre, o casi siempre, la música la que se ha impuesto al texto: la “actitud”; por así decirlo.

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Admitido esto, reconozco la trascendencia de su influencia: superficial o no, él -junto al resto de fundadores y seguidores de un país imaginario, que ya parece en estado de descomposición- ha configurado un “imaginario” que, para bien o para mal, nos ha ido permeando a dos o tres generaciones de habitantes, al menos, en el ámbito universal del “Rock & Roll”… Esto no es -ni lo pretende ser- un estudio pormenorizado de ese proceso larguísimo, ni de esa influencia, tratada a través de una discografía un millón de veces glosada: como ya anuncié, se trata de lanzar la idea de que sólo algunos moribundos de mérito alcanzan la gloria en vida… Y es que, aunque a Robert Allen Zimmerman le resten dos o tres décadas más entre los vivos, no es su muerte la que “anuncia” o vaticina este premio: es la de un modo de ver, escuchar, sentir y vivir un tiempo, y hasta una época entera… En un país ilimitado, que se nutrió de millones de sueños, belleza e ilusiones, por muy absurdos, rotos, extravagantes o decadentes que éstos fueran; igual que lo hizo de dramas, sobresaltos, vacío y decepciones.

Ni siquiera el “imperialismo” nos disuadió; ni tampoco nos desunió a sus siempre voluntarios súbditos, quienes ahora contemplamos, entre atónitos y resignados, el advenimiento de esta nueva “Era Atómica”: atomizada, más bien; atrapada en La Red de Redes: el más absoluto Infinito de la más absoluta Nada… Y es que sólo adquiere sentido (una aspiración a) la ausencia de fronteras cuando existe, al menos, una: esto es una paradoja. Supongo.

Post data y agradecimientos: Gracias, Vincent, Cochran, Cohen, Davies, Reed, Cale, Lennon (& Macca), Simon, Morrison, Morrison, Mitchell, Young, Fogerty, Newman, Wilson, McGuinn, Jagger, Buckley, Walker, Van Vliet, Zappa, Cash, Parsons, Townshend, Bowie, Pop, Thunders, Curtis, Cave, Chilton, Springsteen, Murphy, Thompson, Jansch, Drake, Wyatt, Waits, Barrett, Waters, Gilmour, Martyn, Costello, Gabriel, Hammill, Hell, Verlaine (Tom), Patti, Petty, Strummer, Lowe, Weller, Stipe, Tweedy, Yoakam, Yorke… ¡y tantos otros!, gracias.

Nunca se fue… Homenaje al disco de vinilo y otras disquisiciones (Digital Vs. Analógico)

No hace tanto que le leí al muy experto e ilustre D.A.M. (Diego Manrique) una afirmación taxativa: el C.D. suena mejor que el L.P. de vinilo. No se puede poner en duda la vasta acumulación de sabiduría, audiciones, datos y criterio del señor Manrique. Sin embargo… debo confesar que mi corazoncito audiófilo y analógico pegó un brinco entonces. Entiéndase: no un vuelco descomunal, indignado y escandalizado, pero sí lo suficientemente afectado como para preguntarse, la criatura, cómo se llega a esa conclusión con tantas horas de vuelo a la espalda. (N. del A.: El susodicho y recién mencionado -sí, el autor- confirma que se afeita cada mañana; y que, aunque hace ya un tiempo que disfruta de una hermosa bicicleta todo lo que su cuerpo y el tiempo le permiten, no pertenece a ningún “Club Hipster” de la región, ni alrededores).

Semejante falta de “finura”, de sutileza, me confirmó lo que yo ya me temía desde hace tiempo: que ni las élites del medio han llegado a respetar una de las facetas esenciales de la música; ni a profundizar lo suficiente en ella: su grabación, conservación y reproducción. Nada menos… Un poco como si esa “obsesión” denotase ciertas tendencias esnob o burguesas deplorables,”ya que lo esencial de la música es la música misma”…  ¡Como si el sonido de la música no fuera un elemento consustancial de la misma!

Excesos puristas o audiófilos aparte -que los hay y los padecemos, en mayor o menor medida, todos los que amamos la música-, no puede ignorarse que ciertas condiciones técnicas mínimas son imprescindibles a la hora de escuchar, de forma óptima, lo que para muchos es un elemento más: como el agua o el aire lo son, digo aquí sin temor a exagerar.

Así pues, ¿en qué aventaja CON CLARIDAD el C.D -o, si lo prefieren, los formatos digitales- al disco negro?:

  1. Capacidad de almacenaje: Yo no hubiese podido disfrutar de los grandes ciclos clásicos o jazzísticos sin el C.D., reconozcámoslo. Por lo tanto, fuera de mi alcance hubieran permanecido los cuartetos y sonatas de Beethoven, Las Pasiones o las cantatas de Bach, las sinfonías de Mahler o las de Bruckner (son sólo unos pocos ejemplos bastante llamativos), por no hablar de óperas u oratorios de todas las épocas. Tampoco se hubiesen escuchado, a un precio razonable y sin interrupciones, las actuaciones en vivo de John Coltrane en el “Village Vanguard”.
  2. Tamaño: Discos duros aparte, no se ha inventado otro soporte -discreto y dotado de “personalidad”- que ocupe menos espacio. Esto también ha sido de agradecer.
  3. Optimización de la fuente: En general, se puede decir que es más fácil y barato (o, mejor dicho, menos caro) sacarle a una fuente digital todo su potencial sonoro. Todos nos tememos que el vinilo es… ¡bastante más exigente!
  4. Ausencia casi absoluta de ruidos y de “parásitos”: A no ser que las fuentes originales sean analógicas, las grabaciones digitales -y su consiguiente reproducción- carecen de ese inconveniente.
  5. Potencial en las dinámicas sonoras / Distorsión: Por lo general, resulta muy acusado el “poderío” de las fuentes digitales en este aspecto. El resultado audible del mismo es que es posible generar un gran nivel sonoro -y muy rápidos, repentinos y grandes “desniveles” en este parámetro- con muy escasa distorsión. Debo rogar ahora que se regrese al punto 3; de nuevo y sin embargo.
  6. Copiabilidad: ¡Bueno, sí!… ¡También esto! (y que tire la primera piedra el que esté libre de culpa, ¿no?).

Por lo que respecta al vinilo, se alude mucho, últimamente, a ciertos valores intrínsecos que el propio objeto y su contenedor poseen. Esto es indudable; pero, aunque hayan sido dichos valores, quizá, los que durante décadas me han atado a la inmensa mayoría de mi colección propia y heredada, nunca he dejado de intuir o -según lo he ido confirmando- de SABER que la fuente analógica es más… ¡lógica!: que se acerca más a la naturaleza del sonido, y que lo devuelve a nuestros oídos de una forma más fiel y orgánica. De sobra es sabido, por la mayoría de nosotros, que los “armónicos” de los entornos y fuentes acústicos se pierden en la transcripción digital. Al menos, podría decirse que dichas sutilezas se reducen o se transforman en algo… distinto.

Lo cierto es que un equipo de alta fidelidad analógico bien equilibrado y con componentes de calidad media-superior o superior, adecuadamente ensamblados y montados, en el que se reproduzcan elementos bien grabados y bien prensados… emitirá un sonido de una calidad tal que no podrá ser superada por ninguna fuente digital… Debe reconocerse este inconveniente, tal vez: el nivel de exigencia y de calidad óptimas para un equipo de tales características. Pero creo que es posible tener un equipo analógico, más que digno, por un precio razonable y asequible para la mayoría. Lo que sí que suelen faltar (más que el dinero) es el criterio y la información necesarios para seleccionarlos y adquirirlos… ¡no digamos para instalarlos! De ahí la necesidad de dejarse asesorar por auténticos expertos o, al menos, por usuarios bregados y generosos.

Nada más. He dicho.

Van Gelder, Hutcherson y otros hitos / Incertidumbres

Las vacaciones de verano del año 2016 terminan. Y lo hacen como Cantabria se merece: con vientos sostenidos del norte y lluvia; en agosto… Lo cierto es que éstos y otros indicios, de cómo podría estar cambiando -por nuestra culpa- el pequeño globo azul en el que tratamos de salir adelante todos, ya serían motivo más que suficiente para reflexionar… ¿y actuar?

Acción veo poca o inútil (mejor no mentar a la “clase política”, ¿verdad?). También por mi parte… Sé que he sugerido -y hasta prometido- continuar por ciertas líneas, y que también he escrito sobre futuros proyectos… Merezco, casi igual que “ellos”, el escepticismo de la mayoría, pero debo explicarme: mi cabeza, como es habitual, ha seguido en funcionamiento, atendiendo dichos asuntos (entre otros muchos, claro está).

Podría enfocar aún mi mirada, acosada por la presbicia, hacia el final de tantos que, con sus muertes, van situando hitos gloriosos -pero negros- por la avenida que nos lleva al páramo en el que las referencias se han difuminado tanto (si no son las del horror y la incertidumbre, ahora tan ciertas) que parecen haber borrado al opresor y al enemigo; también al líder y el ejemplo… Entre las cegueras inducidas y las voluntarias (todas cobardes), ¡vamos apañados! Pero ése es un tema tan vasto como el páramo difuso.

Rudy Van Gelder, por ejemplo: para la mayoría no iniciada en el mundo del jazz este nombre, de evocaciones germanas, no dice nada. Sin embargo, su aportación a la grabación e inmortalización (concepto cuya mera coherencia y vigencia, me temo, empiezan a ponerse en duda; cada vez más) de los sonidos más clásicos y excitantes de la música -principalmente afro-americana, pero no sólo- de la mitad y finales del siglo XX, es abrumadora. Podría decirse que Van Gelder resultó ser uno de los pocos técnicos que creó un sonido peculiar y reconocible. Sus sesiones míticas para Blue Note bastan para certificar lo que digo.

Y el vibrafonista Bobby Hutcherson lo supo bien, pues a él Rudy lo grabó en innumerables sesiones… Bobby también nos dejó. En fin… He tendido a dejar reposar un hilo que me inclinaba en exceso a centrarme en el pasado: por razones obvias. Y, aunque no confíe demasiado en el futuro… y además lo que me ancla al mismo es, paradójicamente, un cuasi-supersticioso retorno al pasado (nada que ver con Jacques Tourneur o Bob Mitchum, ni con el milagrosamente vivo Kirk Douglas, ¡ya me gustaría!), más que hablar de los logros de los muchos que nos van dejando, pienso cada vez más en qué podría hacer yo, en lo que me quede aquí, que alguien pudiera considerar, tras de mí, como útil o digno de ser recordado… Lo malo de la mayoría de la existencias es que tienden a desparramarse en la “entropía” más allá de la Gran Nada. Y es una pena: no aprender a cristalizar, de alguna forma, cada uno de nosotros, el gran valor que todo ser humano atesora antes de que nuestra conciencia se esfume.

Me acucia ahora, no obstante, cierta preocupación; bastante trivial, pero específica: resulta que los textos que por aquí se difunden con tanta facilidad, los vierto de forma voluntaria en un medio público que me los arrebata, por así decirlo, en cuanto los hago públicos. De ahí que me plantée otras opciones, entre las que no descarto las más clásicas. Aún no he tenido ni la energía ni la presencia de ánimo para tomar decisión alguna.

Lo cierto es que este proyecto a largo plazo, al que le he dado ya algunas vueltas, implica poner en juego lo más personal e íntimo que poseo: mi experiencia, mi vida. De ahí que no deba tomármelo demasiado a la ligera. Espero que mis escasos seguidores lo entiendan.

Por el momento, me pide el cuerpo un “ensayo” sobre el binomio DIGITAL Vs. ANALÓGICO. No es tan… trascendente, pero se merece unos párrafos. A continuación.

Siempre fiel a la música, autógrafos barrocos en tinta permanente y atractivos aniversarios remotos del otro Elvis -Y segunda parte-

Puede que fuese ese mismo año de 1977, acaso un año después, cuando mi padre, que no era dado a sorpresas ni a dádivas (ciertamente, los discos -de vinilo, por supuesto- aún podía considerarse objetos de lujo por aquella época; y a la familia le sobraban, ya por entonces -y por desgracia-, motivos para no fomentar los dispendios), se paró frente al escaparate de aquella tienda de discos de la calle Rualasal (pienso que debía ser el breve muestrario de la sección de microsurcos de los fenecidos almacenes “Pérez del Molino”).

Yo solía llevar a cabo la infructuosa pero fascinante ceremonia de parar allí e inventariar esas portadas -que solían tardar semanas o hasta meses en renovarse-, pues lo normal es que me conformase con contemplar las ingeniosas carátulas de unos objetos que, parecía, nunca me pertenecerían… Y lo solía hacer, a pesar de que aún me encontraba en una fase muy temprana (cambios muy radicales, en este aspecto, ya eran inminentes) de mi afición por lo más avanzado del pop y el rock. El resto de los géneros -a excepción de la música clásica, ya bastante afianzada desde niño- irían acumulándose poco a poco… Pienso que, si no los llegué a disfrutar y a apreciar antes, tan solo se debió al simple hecho de que eran inasequibles para mí: por motivos sociales, culturales y, sobre todo, económicos.

Dejamos a mi padre parado frente al escaparate de “Pérez del Molino”; año 77 o 78… Para mi sorpresa, como ya he dicho, me aseguró que podía escoger un disco L.P. como regalo de cumpleaños; así que esto debió ocurrir hace casi justo 39 o 38 años… Y no: no fue el de Elvis Costello, sin los Attractions.

De Costello podría haber oído hablar ya en la radio de frecuencia modulada de la época, aún en mantillas. Creo recordar que fue Charly Charlón el que programaba, de vez en cuando, algunas novedades. Y, sin llegar a los excesos del punk, sí que recuerdo que el sello “Stiff” era mencionado a menudo (Ian Dury, sobre todo).

El disco finalmente elegido fue “Even in the Quietest Moments”, de Supertramp. Aún lo conservo y goza de una razonable salud, a pesar de la edad y de las miles de veces que esos surcos han sido transitados por agujas no siempre en óptimo estado… Lo sé: no parece una elección muy impresionante, pero téngase en cuenta que, en cuestión de pocos meses, apenas uno o dos años, éste que les habla ya estaba comprando (con cuentagotas, eso sí) o ansiando (de hecho, esto era lo más habitual) vinilos de Bob Marley, Joy Division, David Bowie, Television, Echo & The Bunnymen, Magazine, Pretenders, Associates, Talking Heads, Heaven 17, Pere Ubu, Suicide, The Velvet Underground, Lou Reed o… ¡Elvis Costello, sí!

De Elvis el primero fue “This Year´s Model”, adquirido de oferta (junto a “Facing You”, de Keith Jarret: otro disco, para mí, decisivo) en una fugacísima y muy pequeña tienda de discos, que apenas resistió uno o dos años en la calle Camilo Alonso Vega. El impacto de aquel disco aún se podría considerar trascendental e indeleble… Y téngase en cuenta que todo lo que se nos transmitía a la mayoría de los españolitos de entonces llegaba a través del sonido, pues las letras nos eran inalcanzables y hasta cierto punto, imagino, indiferentes.

A veces, cuando recuerdo estos momentos de mi propia vida, la sensación se difumina tanto que parece la huella apenas imperceptible del recuerdo de una proyección de una joya del cine silente: como si me contemplase a mí mismo y a mi padre en un montaje y planificación que, aunque suelen variar, a veces incluyen trávelins y alguna majestuosa grúa. Me pregunto qué será de estos recuerdos cuando mi mente se nuble tanto -por efecto de la demencia o de otros factores debilitantes- que apenas sepa reconocer lo inmediato, el presente… Se dice a veces que los matices, los detalles y el “contraste” de la imagen de lo muy remoto, paradójicamente, se recuperan a las puertas de Lo Desconocido (me temo que no tendré la oportunidad de confirmárselo).

Lamentablemente, sospecho que los recuerdos se me fueron debilitando y difuminando tanto para así ignorar lo mucho que hubo de insoportable… Podría decirse que fue la música -una suerte de banda sonora para una peripecia que se supo siempre proyecto en vano, aun sin renunciar del todo, no hasta tiempos recientes, a ciertos sueños- la que me sirvió siempre de “hilo conductor” o “bastidor”, más sólida que la realidad misma… De ahí que la naturaleza propiamente etérea de la armonía, los ritmos, las melodías, los timbres y los modos se muestren como lo más vívido -si no es LO ÚNICO- de aquello que sostiene mi memoria.

No sé si alguien por ahí podrá entender ni media palabra de lo que os digo… Espero no fracasar, como es habitual, con el cien por cien de mis escasísimos lectores. Agradecería, en tal caso, alguna señal: con un “like it” me basta (por supuesto, estoy bromeando: en parte).

Vuelvo al día 6 de agosto de 2016: antes de ayer… Y lo hago antes de que este recuerdo se me licúe, como todos lo hacen, más pronto que tarde… Palacio de Festivales de Santander… Una buena amiga (conviene tenerlas hasta en el infierno) me facilita el privilegio de colarme en las salas más recónditas del edificio, tras las más de tres horas de sublime Pasión.

Llevo conmigo la copia de “Archiv”, importada de los EE.UU., de la misma obra que Sir John y los suyos había editado en 1989. La he poseído durante 24 años (casi la mitad de mi vida), y tengo claro que sería uno de los objetos que llevaría a mi isla desierta.

Veo al director casi en el quicio de una puerta que, imagino, comunica con las zonas más íntimas para músicos y demás artistas. Parece estar hablando con alguien; tal vez esperando. No sé si ya se le ha dicho que un selecto grupo de espectadores se dirigen hacia allá. En concreto, una vistosa mujer de “upper-class” con su aún más vistosa y vertiginosa hija; una pareja de mediana edad, no tan vertiginosa, pero con un evidente encanto, que luego descubrí procedían del sur de Irlanda (él al menos); y un servidor… Resultaba palmario que el único que descendía desde el “gallinero” del teatro era yo mismo (por una vez en la vida, estar más arriba no suponía ningún privilegio). Y el único que no llevaba consigo una copia de “La música en el castillo del cielo”, del propio Gardiner.

Lo que me induce a reflexionar sobre el estado en que está quedando lo que pareció un día tan sublime que resultaba, simplemente, inalcanzable. De ahí que la lectura de “Música ifiel y tinta invisible” de Elvis Costello me resulte en estos momentos tan placentera: sobremanera, su ejercicio desmitificador y ciertamente humanizador de aquéllos y de otros “totems”. Sin embargo, si me pongo en su lugar, no me sorprendería que ellos se estén preguntando cómo ha podido llegar a caer todo tan bajo…

Sea como sea, allá me encontraba yo, con mi micro-discurso en inglés semi-preparado, a tan sólo un metro y medio de Sir John Eliot Gardiner… De repente, detrás de él (de hecho, acabaron saludándose ambos, brevemente), aparece el oboista principal de la orquesta: mi falta de reflejos y mi incomodidad, supongo, me impidieron acercarme a él para felicitarlo, tal como me había rogado mi hija (ya una aventajada estudiante del divino instrumento). Así que podía añadir, a una larga lista, otro fracaso… No obstante, la “pieza mayor” aún no se me había escapado… Tras unos segundos, compruebo que los irlandeses han terminado su breve pero animada conversación con el músico: era mi turno…

Me dirigí a él con la mano tendida y con un “Sir John!” en la boca… No hubo ninguna respuesta que no fuera visual o manual (como ya dije, nos estrechamos ambos las manos). Por lo que se refiere a la primera, se diría que mi precipitada manera de centrar la atención sobre mi copia de la Pasión según San Mateo, así como un indescriptible balbuceo por mi parte (mi semi-preparación resultó poco menos que inútil), disuadieron, de alguna forma, a mi imponente interlocutor. O puede que no considerase de buen gusto que un plebeyo español se dirigiera a él como “Caballero de la Real Orden”… En todo caso, hubo una cierta frialdad en su reacción. Sospecho que el que yo le ofreciera un rotulador permanente rojo para firmar sobre la sagrada imagen del Cristo de Lucas Cranach pudo ser considerado, como mínimo, una frivolidad; si no como una simple blasfemia… Así pues, Sir John procedió, sin mediar palabra, a firmar cuidadosamente sobre el reducido margen superior de la caja de tan eminente grabación. Mientras, creo recordar que aún tuve tiempo de expresarle mi agradecimiento y admiración por tan extraordinario concierto. No sé si el director llegó a musitar algún tipo de sonido gutural en señal de reconocimiento.

Me preocupa que uno, sin ser muy consciente de ello, transmita algún tipo de mensaje que resulte inconveniente, inquietante, tal vez demasiado osado y familiar… ¡ya que no hace ni tres semanas que con el venerable Krzysztof Penderecki sintiese casi la misma gélida distancia!: una especie de paciente cortesía.

Penderecki, Recortada-Provis

Péter Csaba mira de forma compasiva (o eso parece) al fotógrafo de la sesión

Cuando al marchar de allí, guiados todos por mi buena amiga, pasé junto al maestro, aún hubo un momento en el que percibí su recelosa y sostenida mirada, como si aún estuviera preguntándose quién podía ser aquel osado “cazador de trofeos” titubeante… Por el camino hacia la salida, el caballero de Cork y yo mismo mantuvimos una breve pero animada charla. Esta vez en perfecto inglés: con acento irlandés, por supuesto.

Siempre fiel a la música, autógrafos barrocos en tinta permanente y atractivos aniversarios remotos del otro Elvis (a.k.a. Declan Patrick) -Primera parte-

Elvis Costello y los Attractions actuaban el día 7 de agosto de 1977 en la sala “The Nashville Rooms”, que, al contrario de lo que podría sugerir tal nombre, está (o estaba: no me consta, de momento) en la zona metropolitana de Londres: West Kensington, al parecer. Quise hacer ayer una glosa del momento, con el obvio motivo del aniversario en curso: 39 añazos. En algún momento volveré sobre ello.

Pero no hubiese caído en la cuenta de tal coincidencia de no ser porque me encontraba en pleno proceso de recuperación de las grabaciones del evento, que se adjuntaron a la edición “Deluxe” del “My Aim Is True”. En ese disco -el primero del nuevo Elvis– de hecho no tocaban los Attractions, sino un grupo americano llamado “Clover”, alguno de cuyos miembros terminarían siendo célebres y millonarios; no gracias a Costello, sino a un tal Huey Lewis (& The News, yes). Las grabaciones en el “Nashville” muestran a un grupo apenas recién formado.

Costello

El caso es que lo del gozoso primer disco de Costello, y las grabaciones en vivo, es casi tan sólo una excusa para:

  • A/ Elaborar una reflexión sobre lo que uno podía estar haciendo, pensando y sintiendo hace casi 40 años; y sí: algo acerca del demoledor paso del tiempo.
  • B/ Comentar mi lectura de “Unfaithful Music & Disappearing Ink”, las memorias del propio Elvis Costello (Declan Patrick MacManus).

De estas últimas puedo decir que las estoy gozando: el personaje y sus circunstancias son contemplados con ironía, inteligencia, una memoria que a mí se me antoja prodigiosa (¡y envidiable!), así como con una descacharrante y distanciada sorna. Todo ello lo ordena y orquesta un narrador con talento y evidentes aptitudes en el manejo del lenguaje y la peripecia. Y eso es algo que ni siquiera los muy frecuentes gazapos de la traducción -evidentemente elaborada a presión y sin las necesarias revisiones; por traductores sin unos mínimos e imprescindibles conocimientos musicales *- pueden mancillar u ocultar.

Desde luego, si se admira al músico y al personaje: a ambos; si se conoce aquel tiempo, su música y sus protagonistas, el placer es incluso mayor. Pero quiero pensar que cualquiera podría leer estas memorias y descubrir una especie de “fresco”, desmitificador pero nunca demasiado cínico (es decir: atento al detalle, pero sin llegar al hiperrealismo obsceno), para una época y un ambiente que -ya todos los que alcanzamos cierta edad lo tememos- parece irrepetible… Además, Declan Patrick describe sus raíces con una precisión, profundidad, sabiduría y ternura a veces, incluso, conmovedoras (sin abandonar nunca la ironía y hasta el sarcasmo). ¡Por no hablar de lo que supone crecer en Liverpool o Londres, durante los años 60, con un músico profesional en casa!

Lo que me lleva a mí mismo; otra vez: a mis propias anécdotas, a lo que la vida le depara a un insignificante aficionado a la música, “disperso” entre gustos universales, español de mediana edad, enraizado en una también mediana (me temo que, asimismo, mediocre) ciudad del norte de lo que un día hubo en llamarse España, por mucho que la propia June Tabor nos haya cantado ¡hasta dos veces!, siquiera de soslayo y como de telón circunstancial de fondo para una epopeya de amores fallidos, allá por los postreros años 80… (y nosotros, claro, ¡ni nos habíamos enterado!).

Ayer me di la mano con Sir John Elliot Gardiner. El majestuoso encuentro duró unos segundos. Mañana daré más detalles (y sí: el concierto, la versión de los English Baroque y el Monteverdi de la Gran Pasión del Gigante Bach estuvieron a la sublime altura de su reputación).

Pasión Mateo Bach, Monteverdi

 

* Piénsese en que, por ejemplo, a Dusty Springfield la han cambiado de sexo: creo que una de mis heroínas de la infancia (sobre todo gracias a “I Only Want To Be With You”) no se merecía que se llegase tan lejos con ella, a pesar de que numerosos -y, ciertamente, nada insignificantes- detalles de su vida personal no la encuadrasen, precisamente, en una perfecta y convencional heterosexualidad… ¡Pero de ahí a llamarla “el héroe local”!

ALAN VEGA (y II)

Ya me he referido a aquella ocasión en esta entrada. Aludía en ella a unos documentos que, desde entonces, he guardado con cariño: la entrada (aquí me refiero al “ticket” de admisión al evento: ¡1000 pesetas!) de aquel concierto vitoriano, en los años 80 del siglo pasado (¿soy el único en empezar a echar en falta casi todo de aquellos tiempos?: la ESPERANZA y la ILUSIÓN, sobremanera), y una copia, bastante pequeña, de una foto en la que un servidor observa al fallecido Alan firmar una dedicatoria… Por cierto: Chema, en efecto… ¡Gracias, Chema!

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Obsérvese al autor de esta crónica, arrobado… ¡y callado! (ni palabra de inglés, por entonces). Sí, en efecto: Alan escribe sobre un gran SCALEXTRIC. Y no: esa noche no se jugó a las carreras.

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Sí, lo sé: hice una promesa, o un anuncio… Va a llevar tiempo. Sean pacientes, que ya tengo bastante tela que cortar. Hasta pronto.

Homenaje a nosotros mismos (para variar) / A June Tabor, en realidad

¿Por dónde empiezo?… A ver… Desde hace sólo unos pocos días cuento con sendas copias de CD´s: “Ashore” (2011) y “Freedom & Rain” (1990), ambos obra y gracia de una mujer de la que la mayoría de ustedes no ha oído hablar en su vida: JUNE TABOR.

Luego, si cuadra, explico desde cuándo y por qué conozco a la que, con el tiempo, se convirtío en uno de mis vicios más confesables: escuchar la voz profunda y conmovedora, las interpretaciones inconfundibles de esta inglesa. Por allí, por las tierras del “brexit”, Tabor es una especie de “monumento nacional viviente” del folk. En España (sé que un buen número de los que kortan el bakalao en esto del folk hubiesen preferido la “expresión” Estado Español, pero… ¡qué quieren!: ¡hoy celebramos Santiago!)… en España, decía, el club de fans de la Tabor lo formamos unos cinco; o por ahí. Me siento muy orgulloso de ello, pero es una pena.

¡Y hablando de penas!… Iré al grano en cuestión: esos dos discos, ya mencionados, contienen la versión original y otra, más tardía, de cierta canción: “Finisterre”. Se preguntarán ustedes qué tiene de particular… Verán…

No, no son imaginaciones suyas: “Santander!”… ¡Varias veces! Por supuesto, su autor, Ian Telfer, violín multinstrumentista y compositor de la “Oyster Band”, algo tuvo por estas tierras, que mencionó, de forma tan evocadora, en una hermosa canción. Por cierto: aún faltaban casi un par de décadas para que este toponímico resultase ciertamente familiar a casi todo británico; pero no por lo que a la mayoría de nosotros nos hubiese gustado, ¿no es cierto?… ¡Aunque menos da una piedra! (generosas éstas, si las comparamos con un banco, en verdad).

Por supuesto, la escena uno no se la imagina en un ferry llamado “Pride of Santander” (la empresa francesa Britanny Ferries, a pesar de llevar operando desde Santander más de cuarenta años, no cuenta entre su flota ni con un sólo buque que aluda o mencione, siquiera remotamente, a estas tierras de Cantabria; ahora abundo en estas cosas), pero es evidente que cierto amor se urdió y se esfumó a partir de una o varias travesías, entre Santander y Plymouth, hace ya unos cuantos años. Todo esto me lleva, inevitablemente, a imaginar la letra de esta hermosa balada con la palabra “Bilbao” en sus estrofas… O, incluso, La Coruña… ¿Lo imaginan ustedes?: una calle del Kasko Biejo ya llevaría el nombre de Miss June Tabor. Y la E Street Band la habría versioneado en su gira de las “Seeger Sessions”… ¡lo menos! Y existiría una delicatessen llamada Tábor-pintxo; y, por descontado, ella habría cantado en el Euskalduna la canción “bilbotarra” cinco o diez veces. ¡No sé si me explico!…

Entonces, uno, que a lo mejor es un poco raro y obsesivo, se pone a reflexionar y a preguntarse… ¿¿¡¡¡QUÉ COJ… NOS PASA!!!??… ¡Ahí lo dejo! Porque es que, me temo, ya todos nos sabemos la respuesta y toda esta vieja historia de memoria. ¿No es verdad?…

La Tabor -y aquí desvelo el origen de todo esto- es otro de los regalos, vitalicios e imborrables, que Irlanda (y Gran Bretaña, seamos justos) me hizo entre los años 92 y 94 del pasado siglo: a partir de un hermoso y completísimo recopilatorio, la fascinación sólo creció con los años: era merecido e inevitable. Luego descubrí que otro de mis ídolos (entre otros mucho, claro está), un tipo con el suficiente buen gusto como para casarse con Diana Krall, Elvis Costello, la adoraba. ¡Normal!

Termino… Me apuesto, lo que ustedes prefieran, que esta ya madura e imponente mujer, si nos hace una visita, será antes vista y escuchada en el “Euskalduna” que en el “Palacio de Festivales”… Si yo supiera qué hacer -¡y por dónde empezar!-, me pondría a trabajar para perder la apuesta (si es por dinero, ¡lo mejor será que me atenga a ella!). Aunque… puede que ya haya empezado a hacerlo: de alguna manera, tal vez. Ojalá…

Un último regalo (Love you, June!):

 

Alan Vega (siguen las necrológicas) y coincidencias evocadoras / Cullum, Jamie

Ha querido el destino que Alan Vega muriera, al parecer, mientras un servidor pasaba unas horas en la ciudad en la que, siquiera por unos instantes, nuestras coordenadas espacio-temporales coincidieran. Lo cierto es que debe andar por alguna parte, entre mi caótico “patrimonio” vital, una foto que da fe de aquel encuentro. Lamentablemente, en esos años yo aún no me podía comunicar en inglés.

Martin Rev and  Alan Vega

Martin Rev & Alan Vega (a la derecha): “Suicide” / Ebet Roberts, Redferns. Otro día, cuando la encuentre, os pongo ésa en la que Vega y yo nos saludamos

Podría indagar y concluir en qué fecha exacta pudo acontecer, pero lo que es indudable es que tuvo que ser entre los años 1987 y 1989. Le debo esta anécdota a un amigo mío de entonces: un vizcaíno que, si no recuerdo mal, estaba estrechamente vinculado a la empresa “La herencia de los Munster”, aún en activo por los madriles (juraría). Mi memoria es un desastre, pero creo recordar que él se llamaba Chema. También conservo de aquellos prometedores años un par de ejemplares de su “fanzine”; y dos cassettes: en uno de ellos aparecián varias canciones del primer LP de un grupo bastante prometedor: NIRVANA. Sea como sea (ahora no me voy a poner a rebuscar entre tanto bagaje), a él le debo, como decía, este singular encuentro con Alan Vega en Vitoria, años 80.

Y es en esta ciudad (tengo la amargura de haber nacido -y aún vivir- en una en la que las décadas sólo me la han ofrecido en un lento, pero irremisible, languidecer) donde, como en una metafórica y vivificante entrega de cierto testigo, acabo de experimentar otra anécdota que, salvando la distancias (para empezar, ya no veo estos tiempos como demasiado prometedores; no para mí, al menos), se asemeja a aquélla. En este caso ha sido mi hija la que, con diecinueve años, ha estado muy cerca de su ídolo, Jamie Cullum. Por mi parte, el cambio de guardia, su sincronía con la desaparición de Vega, no deja de evocar ciertas nostálgicas connotaciones, que a la mayoría os resultarán bastante obvias.

Felicito, por cierto, al ya no tan joven y menudo Cullum su versatilidad, su profesionalidad y entrega; hago extensiva esta felicitación a los cuatro miembros de la banda. Es la segunda vez que los veo en directo y ofrecen, sin duda, un excelente espectáculo. Gracias a todos ellos.

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Thanks, Jamie!

Por lo que respecta al fallecido, creo que poco puedo añadir yo a lo que van a decir de él miles de exégetas; con permiso de Martin Rev, su imprescindible colaborador: tan sólo por su devastador e inquietante “Suicide”, de 1977, y que se adelantaba a varias tendencias e “ismos” del Pop&Rock electrónico, Mr. Alan Vega merece un hueco en el Panteón de los grandes.

Nuevos enfoques (redirección)

Ha transcurrido demasiado tiempo. Motivos ha habido varios (la maldita salud, que se nos escapa sin previo aviso, ha tenido mucho que ver), pero llevo ya tiempo considerando qué nuevos enfoques aportar a todo esto; con salud o sin ella. Una de tantas ideas se vincula al eventual desarrollo de un proyecto totalmente nuevo, aunque complementario de “Far Cries”: se trataría de “exponer” mi experiencia -creo que ya puedo utilizar la palabra “dilatada”- con la música y sus distintos soportes.

Por supuesto, como convencido admirador -y no “discontinuado” usuario, ¡nunca!- de las fuentes analógicas, me propongo echar un vistazo, especialmente entrañable y exhaustivo, a ciertos ejemplares de mi modesta colección; en parte heredada, en otra parte (la más importante) adquirida con paciencia y, a menudo, no pocos sacrificios. Me aprovecho, pues, del paso -¡bienvenido!, aunque ya iba siendo hora- de estas renovadas corrientes de modas más o menos “hipster”. Pretenden éstas retomar, entre otras cosas, el uso y disfrute de los viejos vinilos… ¡y hasta de los venerables cassettes! Ciertamente, prefiero esta fijación a otras, de naturaleza, digamos, más… hirsuta.

¡Bien!… Aparte de esta declaración incondicional de amor mía hacia las joyas que me han estado acompañando a lo largo de toda mi vida, no pienso ignorar -menos despreciar- el inmenso aporte de placer y bagaje que la época dorada (breve, es cierto) de la grabación y el soporte digital discreto por antonomasia -el C.D.-, han  proporcionado a mi peripecia vital y, sobre todo, a mis oídos. De hecho, es en ese soporte en el que se han estampado la mayoría de las firmas y dedicatorias que un servidor atesora de no pocos artistas; algunos de ellos, sin duda, auténticos genios.

Para terminar, advierto que el proyecto al que antes me refería no pretende ser un ejercicio de “audiófilo” o de “eminencia en la materia”: me considero muy lejos de ser un entendido o un experto en nada; menos en esto… Muy al contrario, quisiera desarrollar una especie de “bioaudiografía”: un ejercicio retrospectivo, con la excusa de esta pobre agarradera que en la experiencia y la vida he llegado a acumular. De lo contrario, podría irme de aquí sin haber hecho mi pequeña aportación: mi tributo, compartido con todos esos que tengan a bien posar su mirada un instante sobre algunas de mis pobres líneas.

Por descontado que he acumulado, además, alguna sabiduría y experiencia en ciertos terrenos, no tan difusos o poéticos: sobre todo ello, llegado el momento, también daré mi opinión y ofreceré mis conclusiones.

Hasta pronto… ¡espero!

CENITAL, Junio-16

Martin, el Quinto

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Mi padre no compraba discos de los Beatles: ellos eran “esos melenudos”, de sonido sucio y “jipi”. Lo entendí mejor -esa forma de ver las cosas- un día en que encontré, por casualidad, una reseña de “Help” en un recorte del diario “Alerta”, que forraba uno de los viejos libros de mi abuelo. Las referencias condescendientes y displicentes a los “melenudos” llenaban la columna. Creo recordar que el tribulete cinéfilo convenía que la película se dejaba ver… ¡a pesar de la greñuda y ruidosa aportación de los de la Pérfida Albión!

Así pues, habíamos quedado en que mi padre no compraba discos de los Beatles. Pero sí compraba discos de Franck Pourcel con versiones de temas de los Beatles: era ésta la máxima concesión a las nenazas de pelo largo que mi buen padre estaba dispuesto a hacer al cuarteto. Lo cierto es que ese disco -“Frank Pourcel Meets The Beatles”- me acompañaría buena parte de mi infancia; y aún lo conservo… Su producción y sonido es excelente, por cierto… Para mi padre la cosa estaba clara: las melodías eran preciosas, pero no estaban arregladas ni interpretadas, originalmente, según los “cánones” de la verdadera eufonía clásica. Por supuesto, mi padre no podía reconocer hasta qué punto las directrices socio-políticas de aquel tiempo, en España, estaban influyendo en sus prejuicios de buen burgués de provincias, con educación más o menos esmerada y anti-británica, comme il faut.

En mayor o menor medida, mientras disfrutaba de las encantadoras adaptaciones muzak del “Obla-Di Obla-Da”, “Hey Jude” o del submarino amarillo, esas ideas pudieron afectarme un tiempo; pero no demasiado… Enseguida apareció una cassette del “Abbey Road” en el coche de mi padre (un préstamo, que se esfumó como vino); y lo cierto es que, a pesar -¿o debo decir gracias a ello?- de mis tempranas y confusas influencias “Prog-Rock” o “Rock”, a secas, ese disco me deslumbró… Pasarían muchos años antes de redescubrirlo en una nutrida y animada fiesta casera en Sevilla. Pero ésa es otra historia, y no debo desviarme.

 

Pourcel-Beatles-Reduc

 

A donde yo quería llegar es al hecho de que, si mi padre hubiese tenido la oportunidad de conocer y tratar al gentleman que asistía a los melenudos en el mítico estudio londinense de EMI, Sir George Henry Martin, le habría parecido lo que era: un caballero mal remunerado pero excelentemente formado; un tipo refinado, educado, generoso, sabio, prudente… y conservador. Sin duda, aquí radica la ironía. Claro que, aparte de esto que apunto, un universo los separaba; un universo que nada tenía que ver ni con ellos ni con sus propias opciones y /o expectativas personales, entiéndase.

Hoy puedo decir, además, que George Martin estudió oboe en su juventud, lo cual, de algún modo, cierra una especie de “círculo poético”, ya que mi propia hija toca este dulce pero exigente instrumento… Vivió Sir George, sin duda, una larga y fructífera vida, no exenta de éxitos y de amarguras: recuerdo un reciente documental sobre su trayectoria que, si no recuerdo mal, produjo la BBC (tal vez la ITN; lo menciono de memoria). En el susodicho, el bueno de Martin contempla -con no muy disimulada amargura, aunque sereno y algo distante- lo que significó su paso por la EMI. Asimismo, muestra lo que ha sido del viejo arte -¡y negocio!- de la música popular, en todas sus variantes: su desmantelamiento, básicamente. La clase y la templanza de alguien que observa desde la lejanía lo que está perdiendo ya su pátina de mito; la mirada conmovedora del que formó parte de aquéllo, pero nunca se dio demasiada importancia… a pesar de que sin él nada de aquel deslumbrante fenómeno hubiese sido posible; o, al menos, difícilmente hubiese sido lo mismo.

Mi padre no compraba discos de los Beatles, lo que me ha privado de contar en mi colección con aquellas ediciones, que hoy estarían bien revalorizadas. Pero sí compró, una vez, un disco E.P. de Cilla Black en el que se podía escuchar un inédito de “Lennon & McCartney”… Produced by George Martin in Abbey Road, of course.

Descanse en paz.