La forma de la Industria (audiovisual)

Es ésta: $. No es un gran descubrimiento. Y, en efecto: aparte del talento, en ese mundillo hay que tener olfato, instinto y -¿por qué no?- sentido de la oportunidad. Imagino que esta virtud se puede convertir en un defecto: el llamado oportunismo. Y una fina línea los separa… Todo ello nos lleva a un elemento FUNDAMENTAL: la rentabilidad. ¡Bienvenidos al Capitalismo!

Del Toro posee ambos: talento y… ¡no estoy muy seguro! Por lo que respecta a la rentabilidad del dinero invertido en él, parece garantizada. Oportuno u oportunista, es un detalle que poco les importa dilucidar a sus productores/inversores ahora.

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La “nueva ola” socio-política en Occidente se dirige en cierta dirección: es evidente. Pero, antes de continuar, debo aclarar un par de cuestiones que me implican: personalmente, siempre he abominado de cierto concepto de “machito” gallo, zafio, agresivo, pendenciero, competitivo a la vez que gregario (lo gregario beneficia al más bruto; y todos parecen aspirar a ser el más bruto, claro está): “futbolero”, bravucón y arrogante. Jamás he sido capaz de halagar de forma fogosa y pública a ninguna de las muchas mujeres hermosas a quienes, sin duda, observo, admiro y -¿por qué no?- deseo; y ser testigo de ello me hace sentir más bien incómodo. Además, y honestamente: de prostitutas, cero (nada que ver con el puritanismo; si acaso, con la higiene: física y mental). Ser contrario a eso -dentro de un contexto perfectamente heterosexual, ¡ojo!- no te pone las cosas demasiados fáciles en ninguna sociedad o cultura, por muy moderna que ésta sea: quiero decir con todo ello que, por supuesto, sé de lo que hablo: por experiencia.

(Una voz interior me dice: “Considera la posibilidad de que tu propia constitución física y circunstancias sociales te hayan llevado a ser como eres; a condicionar tu propia personalidad o mentalidad; es decir: a transformar la necesidad en virtud. ¿No añoras, tal vez y en el fondo, una cierta cuota de predominancia dentro de la tribu?… Sea como sea, son los siglos de evolución cultural, y la sofisticación consiguiente, los que han puesto al hombre-macho en la posición, perfectamente legítima y enriquecedora, de escoger entre la mentalidad de ´manada´ y cierto individualismo, más refinado y empático, que trasciende su pura animalidad”).

Lamentablemente, la deriva histórica (obsérvese, por ejemplo, el caso de Rusia y de otros países eslavos) parece querer devolvernos a un escenario hostil: éste ha sido el tipo secularmente predominante, dadas las características antropológicas de la especie… Que nos dirigimos a una regresión lo indica -entre otras muchas circunstancias, más o menos anecdóticas- el hecho de que no pocas mujeres occidentales han llegado a adoptar esas “formas” para moldear una personalidad; una manera de mostrarse y de autoafirmarse en un sentido “igualitarista”. Contemplen, si no, cómo actúan algunas al volante… En efecto: la “igualdad” ha llegado a las carreteras, y podría existir ya el mismo número de imbéciles irrespetuosos y agresivos que de imbécilas; en resumidas cuentas: el mismo número de maleducadas insolidarias que de maleducados.

Pero pretendo ahora hablar de “La forma del agua”: la nueva, multi-premiada, halagada y brillante película de Guillermo del Toro. Que dicha obra lo reúne todo para ser puesta en cualquier pedestal hoy en día (acata el zeitgeist contemporáneo de forma escrupulosa, sin duda), dejando aquí al margen sus numerosas virtudes, es sobre lo que quisiera ahora reflexionar. Por supuesto, dada la simplificación que asola estos tiempos (¿tal vez todos fueron asolados, alguna vez y en mayor o menor medida, por lo mismo?), no me va a resultar difícil exponer mis hipótesis, trufadas de no pocos reparos.

Veamos… Lo primero será hacer patente la forma en que se dibujan los personajes femeninos frente a los masculinos: éstos son más bien arquetipos de todo lo odioso que se nos reprocha (brillante, como siempre, Michael Shannon en este papel). Competitivos, agresivos, desconsiderados, acosadores, caprichosos, simples, superficiales, holgazanes, primarios, hedonistas, insensibles, impulsivos (en el mal sentido del término), crueles, vendidos, cobardes, pomposos adoradores de la jerarquía, aduladores del poderoso o humilladores del débil, arribistas, sumisos, privados de empatía, racistas, homófobos, sin matices… Por supuesto, se reconocen algunas excepciones: “casualmente”, una fundamental es la de un personaje homosexual: sensible, soñador, culto, encantador, creativo y solidario; pero aislado y maltratado. La otra excepción es, por supuesto, un “monstruo”: un ser que no es siquiera humano; no, desde luego, en un sentido convencional del término humano… ¡Eso no le priva de ser un verdadero macho, como muy bien llegamos a descubrir! Resulta MUY significativo, en este sentido, que se le plasme como a un ser aparentemente asexuado: su “pudor” retráctil o escamoteable lo emparenta más, por lo tanto, con lo femenino que con lo que representa el “tótem” con el que la naturaleza nos dotó, más o menos, a todos nosotros… Podría englobarse en este grupo también al espía ruso -interpretado por Michael Stuhlbarg-, de naturaleza más ambigua: al fin y al cabo, se trata de un profesional de la traición, y se ve adornado por no pocas de las virtudes antes mencionadas.

Las mujeres de este cuento de hadas “vintage” (la nostalgia es otro de los signos de nuestro tiempo; y aquí la “Era Kennedy” no es un icono escogido al azar) son, muy por el contrario, creativas, decididas e impulsivas (en el buen sentido del término); solidarias, empáticas, dialogantes, trabajadoras, sacrificadas, listas, sanas, valientes… Parecen encarnar todos los buenos valores humanos de los que, de modo automático, por condición y nacimiento, nos priva la naturaleza -o la cultura machista- a prácticamente todos los hombres.

Así pues, me parece evidente la clase de discurso que subyace bajo las capas de deslumbrante buen cine y gran oficio de Del Toro. Se podría discutir sobre la necesidad o la legitimidad de esta murga feminista empoderativa; aunque quizá debería recordarse, asimismo, que todo empoderamiento implica un desempoderamiento; que, tal vez, no deberíamos estar hablando de poder, sino de colaboración y fortalecimiento de todos los elementos sociales: fundamentalmente, de TODOS los individuos; y que el sexo (en inglés: gender) no debería ser un factor condicionante: ni a favor ni en contra.

Mencionaba, tan solo hace unas frases, la posible necesidad u oportunidad de todo esto; y es posible que ese machismo que antes he descrito -y con el cual aseguro no simpatizar- se haya ganado a pulso las admoniciones de una gran parte de la Humanidad. Sin embargo, discrepo con los/las que creen poder librarse del lado oscuro de su propia naturaleza por medio, sencilla e ingenuamente, de la construcción de una dicotomía simplista y totalitaria. El Arte (con mayúsculas) muestra los matices y las contradicciones; los conflictos y las pasiones: es universal, y por ello nos conmueve y trasciende a lo largo de los siglos. A su lado, todo esto de dar visibilidad al empoderamiento femenino me parece puro “márquetin”; pero también un artefacto peligroso, perverso y totalitario; y esto es lo más preocupante.

No puedo terminar esta reflexión sin volver al hombre-macho-monstruo-dios… Este último elemento me inquieta, ya que me hace pensar en que una parte significativa de lo que aquí se expone es que lo humano no es suficiente: como si se aspirase a un ideal inalcanzable (a una creencia en lo sobrenatural, incluso), dando por imposible y descartada la propia fecundidad de lo normal; sobre todo en la parte fálica de la Humanidad… ¿Acaso están más cerca de lo divino las mujeres?; ¿tal vez los diferentes?… ¿Por qué razón? ¿En qué se basa todo esto?… Por cierto: falta un hispano para completar el cuadro perfecto de la reivindicación empoderativa… ¡Pero no está ausente, no!: el “monstruo” viene de Sudamérica. Junto al propio director de la película -que es lo bastante astuto como para no subrayar demasiado este elemento; más en semejante contexto histórico-, el protagonista, con el que todos empatizamos, encarna al otro gran grupo social discriminado en EE. UU.: el monstruo-dios es, en realidad, un migrante forzoso; un “dreamer” esclavizado. Además, y por supuesto, Sally Hawkins no se parece mucho a Julia Adams… Como ven, no se ha dado puntada sin hilo.

Por el contrario: “Lady Bird”, de la actriz y directora Greta Gerwig, sin dejar de ser una película de y sobre mujeres, me ha parecido una obra sensible, inteligente, respetuosa con lo masculino; dotada su narración de un auténtico aliento universal, poético y conmovedor. Éste SÍ es el tipo de cine femenino que me interesa. Los panfletos, más o menos disimulados, prefiero evitarlos.

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Señuelos (“la vida es esa cosa que (se) te pasa mientras opositas”-I)

Podrá leerse el final de esta desternillante o conmovedora serie breve justo AQUÍ.

Hace días “sorprendía” a algunos seguidores (debo tener un total de cinco) con una confusa diatriba de sospechosas y trasnochadas connotaciones reaccionarias. Parecía decir un servidor -entre otras incongruencias- que la disgregación ofrecida por la libre expresión de las ideas (esto es, precisamente, lo que yo pongo en duda: su libertad) a lo largo y el ancho de banda; creciente, tal expresión, en forma geométrica y exponencial, por unidades temporales cada vez más cortas; es, como decía, justo lo opuesto a la democracia; o a la libertad; o, incluso, a la inteligencia. ¡Bien!: las apariencias a veces no engañan… Pero esta hipóteis no es, ni siquiera, original: estoy seguro de que Zizek, Todorov o Houellebecq ya lo han planteado, mucho antes que yo, de manera más brillante.

Ciertamente, la deriva desmesurada e inabarcable de la información-opinión no ayuda al progreso: ¡no necesariamente! Tal vez, incluso, muy al contrario. Un buen ejemplo de ello son las leyes que pretenden paliar algunas de las más inveteradas realidades y esencias humanas: las llamadas “leyes de la memoria histórica” o “contra la violencia de género”. Bienintencionadas o no, lo que cada día resulta más obvio es que sus efectos son, más bien, contraproducentes. Esto es algo que no va a reconocer la Neo-iglesia Neo-inquisitorial de las Buenas Esencias del Empoderamiento Anti-hetero-teo-patriarcal (de acuerdo: esto que ahora postulo SÍ es político); pero sus planteamientos revisionistas de “primer curso de revolución cultural” anti-libertaria -no precisamente muy sutiles e ignorantes de aquéllas inveteradas esencias- revuelven al avispero de los antirrevolucionarios, a menudo armados éstos (¡y aliados!) con los argumentos más aplastantes: los de la más elemental decencia y los del más prístino sentido común.

Por supuesto, aquéllos que sí se pueden considerar como reaccionarios puros y violentos vocacionales, gozan ante el espectáculo de los “provocadores”: así su “misión” cobra sentido. En definitiva, los extremos provocan y dan alas a sus facciones simétricas: tanta torpeza podría parecer enternecedora, si no fuera tan peligrosa.

En todo caso, y al margen de mis disquisiciones más genuinamente políticas: me reafirmo en mi necesaria y legítima puesta en duda de cualquier dogma. Superados los más clásicos, y alcanzado el éxtasis más radical y conceptual de los modernos y pos-modernos a lo largo del siglo XX (un auténtico callejón sin salida), me rebelo de forma individualista, y ya privado de toda esperanza… ¡que no sea la mía propia!; es decir: de aquélla que dimane de mí mismo; resignado, si fuese necesario, a la irrelevancia y al “silencio de Dios”: de ése que nos da sentido y nos impulsa (a veces lleva nombre de filósofo o de crítico de arte). Y, si hay que pasar por la figuración fotográfica, ¡pues se pasa!

A aquéllos intrigados por mi silencio: otro día prometo hablar (en otros foros, seguramente) de LAS OPOSICIONES; de las INTERINAS: de su ruina, de su injusticia, de su crueldad, de su absurdo, de su desolación, de su insolvencia, de su destrucción, de su vómito, de su estupidez, de su españolidad, de sus derrotas (por definición, son la mayoría), de su inoperancia, de su impotencia, de su naturaleza letal y obsesiva, de sus trampas, de sus corruptelas, de su inutilidad, de su estupidez, de su inutilidad, de su estupidez, de su inutilidad LETAL, ¡de SU LETALIDAD INÚTIL!… ¡Ah, pero nadie mentará una Ley Sacrosanta contra la destrucción letal, obsesiva, vomitiva, destructiva, estúpida, hispano-derrotista e inoperante-derrotada, desolada, cruel y asoladora de una muy hetero-homo-patria-matria-transversal generación, impotente y completa!… ¡JAMÁS!: mencionar lo más grave, extendido y urgente, se considera subversivo; y aparta a las masas estúpidas de los mil señuelos que las sobrevuelan.

Disfrutad, pues, de vuestras reivindicaciones divisorias y de género, mientras acaban con tod@s… como diría Mr. Arcadio Sword: “¡mi liberada!”.

P.D.: La verdadera “brecha salarial” -un abismo, más bien- la padecerán/padeceremos los “prescindibles” del E.R.E. masivo y cuasi-estatal en Educación (ya irán cayendo, poco a poco, otros colectivos), a partir del próximo primero de septiembre. Y los caídos serán de los dos o tres sexos, sin discriminación que valga: todo un “logro social”. (E.R.E.: Expediente de Regulación de Empleo. En román paladino, significa “echar a la gente a la puta calle”).

 

“Minorías” neo-tiránicas: por una recuperación de la AUTÉNTICA esencia del Arte

G. del Valle fue mi profesora de Dibujo en BB. AA. Casi aleatoriamente, lo fue. G. del Valle podría llamarse ahora del Balle; o Aranak. G. del Valle era una encantadora y muy pizpireta señorita, desenfadada e inconfundiblemente vinculada a cierta “corriente de opinión” en el País Vasco: la misma que, sin gobernar del todo, manda y decide allí hoy en día; y, por lo que a mi vida restante respecta, lo hará ya para siempre.

G. del Valle, al ver mi dibujo a lápiz de un panecillo del comedor de la U. P. V., ya mordisqueado, y de una manzana roja, exclamó: “¡Es Realismo Madrileño!”… Yo por entonces no tuve claro a qué se refería, pero ahora comprendo que me estaba insultando; o, como mínimo, desprestigiando. Después de todo, mi fidelidad fotográfica y mi propia cántabro-españolidad tenían que asociarme a cierta superficialidad e irrelevancia consustancial a casi todo lo hispano; sobremanera, al ser cotejada esta inmanencia con la muy arraigada y telúrica profundidad de la tradición vasca, siempre tan relevante y trascendental: siempre tan moderna… ¡Sublime tosquedad!

Podría discutirse si esto es así o no; pero lo que sí que es evidente es que esa postura de lo vasco y ante lo vasco -subrayada, promocionada, subvencionada, amplificada, desmesurada y deificada hasta el punto de que la baba de toda la intelectualidad cómplice, de allá y de aká, nos empapa a todos- es una inconfundible POSTURA POLÍTICA de cierto “mainstream”, ampliamente consensuado; y por muy sorprendente que esto parezca.

Dibujar bodegones hiperrealistas, a modo de forzado testimonio compensatorio, también habrá de devenir en una forma de manifestación política… ¡O eso está empezando a parecer!

Aquéllos que piensan “ce qu´il faut” en el mundo del Arte se alarman hoy en día ante los serios indicios de una inquietante presencia: la de una renovada tiranía, expresada en forma de censura. Modestamente, creo que yerran el tiro (en todo caso, ellos mismos, como todo poder bien afianzado, han terminado por hacer brotar su propio tipo de tiranía).

Los poderosos actuales -los presuntos censores, de naturaleza política- resultan inofensivos: a un nivel de inmanencia relevante y trascendental, quiero decir, lo son… Su juego es demasiado evidente, rancio, ignorante y burdo. Su poder sólo sirve para especular, engañar, estafar y robar; no sólo dinero: esperanza, ímpetu y futuro son los más decisivos y afectados intangibles víctimas de su desvergüenza… ¡Pero se les ve venir a mil leguas!

(No hace mucho escuchaba a Juán José Millás confirmar, en Santander, mi ciudad, en donde ya sabemos mucho de ello, que nos han arrebatado hasta el futuro, que es la esperanza. Que Millás se pudiera considerar parte del “mainstream” -la corriente dominante: disculpen el anglicismo- sólo constituye una nimia incongruencia en el actual contexto: todo el mundo tiene derecho a pensar con lucidez y a ganarse la vida, dos coyunturas AÚN compatibles).

La “oposición” es MUCHO más peligrosa: estos anticuerpos sociales, aparte de disgregados y, en consecuencia, débiles, carecen de una finalidad clara; a no ser que la “deconstrucción” de todo pueda ser considerada como una finalidad. No pocos lo estiman así, imbuídos por un espíritu neorrevolucionario y “líquido”, cuya principal incongruencia y debilidad es esa disgregación anti-todo y, básicamente, pro-nada: en esta falta de solidez se apoyan todos los demás, los auténticos revolucionarios en la sombra: aquéllos poseedores de, al menos, un paradigma; casi siempre totalitario.

Espero que se me entienda (mi propio agnosticismo es sólido y coherente: al menos, parte del conocimiento de La Creencia) cuando diga que veo la situación actual como un nuevo y muy ufano periodo de paganismo, aún no desaforado: sus rituales, a veces desquiciados y sangrientos, se refrenan aún por el “lastre” de la Civilización; pero son muchas ya las que se han esfumado a lo largo de la Historia: a menudo en procesos de neo-paganismo como éste de hoy en día. Internet sólo está acelerándolo: esta endiablada y supersónica dialéctica -que, no nos engañemos, es un mero juego de Poder: como siempre lo fue- empezó por una contemplación beatífica (¿New Age?) de la propia heterogeneidad humana: hoy en día, atomizada, la naturaleza humana tiende, como siempre ha hecho, a la radicalización de las posturas y al control de los individuos y de las sociedades. Por ello, SECTARISMO es la palabra clave: perfecta para identificar y describir este virus.

Se diría que las sociedades modernas, multifacéticas, se re-constituyen en SECTAS (tan líquidas y volátiles como queramos, pero igual de peligrosas: su movilidad, intangibilidad e indefinición las convierten aún en más letales). Las neo-religiones se sostienen, entre otros y sin duda, en los nuevos dogmas de la política “correcta”. Sin embargo, éstos dogmas, así como las “sectas” que los proclaman, son la parte más conspicua del neo-paganismo. Me atrevería a decir, incluso, que esta “herramienta” disgregadora tal vez le sirve a otros poderes, más elevados: éstos sí, con una definición de objetivos muy clara. El principio, tal vez, sea algo tan antiguo, simple y eficaz como que “la división deviene en victoria” (y en control; es decir: en PODER).

Añoro el tiempo en que el Arte fue subversivo sin ser abiertamente político; brutal, sin dejar de ser sutil; incómodo, sin renunciar a su propia independencia; eficaz, sin dejar de mostrar las contradicciones: las ajenas y las propias; sublime o procaz en su coherencia incoherente, sin dejar de abominar de los panfletos; Humano, ¡tan Humano!, sin tolerar la cobardía de la censura auto-impuesta; incisivo e implacable, sin abandonar la compasión; exigente, sin descartar, ante todo, la auto-exigencia… Consciente de lo inaprensible, y ajeno, siempre, a los dogmas: al menos, a su propia naturaleza inamovible.

El “mitin” del Arte no está en las explanadas repletas ni en las grandes Ferias de “consagrados”, perfectamente pertrechados por los que les aseguran sus ganancias: su mensaje podría consistir en un dibujo hiperrealista de un panecillo y de una manzana. ¡O tal vez no!… A lo que nunca deberíamos renunciar es a la duda y a una ABSOLUTA Y DESOLADA ausencia de respuestas, en cuyo ejercicio anida la independencia más radical; la más desesperada, inasequible y profunda de todas (para mí, la única posible).

Celebración de la decadencia – y III

MuchosHijos Mono, etc

No puedo evitar preguntarme qué le diferencia a la familia de Salmerón de la de tantos: de la mía, sin ir más lejos. Y no resulta tan difícil encontrar una respuesta ajustada y convincente: el “glamour”… Y la exposición, por descontado. No trato de quitarle mérito a una película que, sin duda, lo tiene; pero casi todo él radica en cuatro elementos:

  • 1º/ La “escenografía”, ya mencionada: de ella depende, en gran medida, su atractivo visual. Y es que no se pueden comparar un caserón palaciego o castillo, una nave industrial y una casa -ambos aquejados por el mal de Diógenes- con un pisito de VPO en el suburbio (por ejemplo; aunque, con talento y ALGO que contar, a todo se le puede sacar partido).
  • 2º/ El bagaje acumulado por una familia de clase media-alta, que terminó por conseguir bastantes “posibles”: recuerdo perfectamente cómo una cámara de Super-8, en los 60 y los 70 en España, sólo estaba al alcance de muy pocos; sin ir más lejos.
  • 3º/ El azar de las coyunturas vitales -dramáticas, pero con un tratamiento leve de comedia- de dicha familia; aunque con ese mismo elemento jueguen todos los buenos documentales (al menos, los que parten sin un presupuesto previo bien trazado).
  • 4º/ El cuarto es, por supuesto, la gran protagonista: Julita Salmerón. Sin ella, este “experimento narrativo” se desmoronaría.

No me voy a parar demasiado a hacer un análisis detallado del documental desde un punto de vista cinematográfico-narrativo. Lo que sí diré es que terminé con la sensación de haber contemplado un film al que se le privaba de algunos matices y posibilidades: no sé si por falta de presupuesto o porque el autor, deliberadamente, se centra en ese enfoque ligero, sin duda muy disfrutable y hasta enternecedor.

No faltará quien encomie ESE enfoque, precisamente: por ser bien digerible y por ser, en todos los sentidos, un soporte de la iniciativa: el optimismo, una perseverancia cuasi-heróica, el “revestimiento” anti-trágico de un entorno algo delirante, decadente, pero estimulante. Debo insistir en que, una vez más, el dinero (su sobrada presencia: no como un “problema”, sino como un medio que se da por descontado) desencadena, como circunstancia muy determinante, la narración y su consiguiente realización y producción. La banda sonora de mi paisano Mastretta subraya ese tono algo auto-paródico y desenfadado.

Hechas estas reflexiones, me vuelvo a centrar en mis tesis fundamentales: el cine, como parte esencial de la producción cultural de esta época, se refugia hoy en lo distópico; así como en una cierta certeza (o intuición) del desastre, más o menos inminente… Por eso se valora -y se recibe con alivio, se diría- la irrupción de la comedia en medio de la debacle.

No puedo evitar, en este contexto, intuir una especie de renacimiento de lo picaresco: un género, genuinamente español, que, privado de la mala leche (nunca reñida con el humor, por muy hiriente que éste sea), se empobrece. Por supuesto, la mala leche se da de tortas con la plaga de auto-censura que parecen haber impuesto el neo-puritanismo, la neo-inquisición y toda la plétora de neo-estupideces, no sé si pos-modernas o pos-posmodernas; pero, en todo caso, totalitariamente letales.

Con esto no pretendo afirmar que “Muchos hijos…” se trate de una muestra de ese renacimiento de lo picaresco, ya que los protagonistas están lejos de ser una pandilla de pícaros; pero se intuye en su trasfondo (que nunca se llega a explicar del todo) que este grupo familiar participa o participó, en cierto grado, de aquella desmadrada frivolidad colectiva, hace tan solo unos pocos años, tan nefasta para este país.

Se termina por observar, por cierto, otra de las “virtudes” típicamente hispanas en el documental: el fatalismo, que no es otra cosa sino la resignación sin reacción (no, al menos, una efectiva: si acaso, una que, a la postre, sólo conlleva un empeoramiento así como un incremento de las impunidades). Véase, en este sentido, la exposición del hecho del asalto y robo a la “fábrica”: se diría que era algo esperado, normal, asumido y sin consecuencias. Claro que, en este caso tan específico, se bromea con ello: en un momento dado uno de los hijos dice algo así como que “animaría a los ladrones a llevarse más cosas”, para así librarles de su peso abrumador; de su inutilidad… Un lujo al alcance de sólo unos pocos, ¿no es verdad?.

En cualquier caso, por mucho que sea bien evidente que todos, en mayor o menor medida, nos cargamos de cosas inútiles a lo largo de la vida, me parece procedente destacar la mayor responsabilidad social o colectiva, por así decirlo, de las clases pudientes en todo ello: las más desenfrenadas, caprichosas e irresponsables a lo largo de los años de “fiesta”. ¿El resultado?: la ruina de algunos de ellos, sin duda; pero también la llegada de los oportunistas carroñeros: un 5% que acumula ya el 95% de la riqueza; al tiempo, nos dan lecciones de “sensatez” y “austeridad” al 95% restante, que somos quienes verdaderamente pagamos aquel irresponsable fingimiento de riquezas… Y nunca tuvimos una “Super-8”, ni una cámara digital, ni un mono, ni tantos hermanos, ni un castillo. Nuestras madres suelen ser personas sin rasgos “fotogénicos” ni matices destacables: sin carisma; personas agotadas y privadas de ilusiones o humor, la mayoría.

Para terminar: puede que lo más importante de esta película sean, después de todo, unos huesos: elementos que funcionan bastante bien como “leit-motif” o “McGuffin”. Al fin y al cabo, se podrían considerar como una especie de metáfora de algo que importa poco pero que pesa demasiado (en esto los españoles somos unos verdaderos expertos); o, por qué no, como una metáfora invertida de lo que nos abruma y lastra: en un país como éste, empeñado en desenterrar, se afanan los protagonistas verídicos de esta historia, por el contrario, en encontrar, sí; pero, sobre todo, en enterrar y en dejar descansar… ¡en paz! Su humor, al menos, se agradece.

Y al final, incluso, ¡les ha salido bien la jugada! Enhorabuena, Gustavo.

 

Celebración de la decadencia – II

Tommy Wiseau

Empiezo por “The Disaster Artist”, que es la primera de las dos películas mencionadas que he visto: en su versión doblada, debo decir. Y lo digo porque, aparte de la evidencia de las mermas intrínsecas que implican traducciones y doblajes, la aportación de James Franco a un personaje tan particular -no ficticio y aún vivo: Tommy Wiseau-, en el específico apartado de dicción, tono, inflexiones y acento, resulta absolutamente decisiva.

No obstante, el doblaje me ha parecido bastante logrado. Por fortuna, en este país se domina un arte tan extraño y espurio. Lo que sí me resulta “inquietante”, desde hace ya unos pocos años, es la tendencia a “respetar” -no sé si de forma caprichosa o aleatoria- determinados títulos originales; pero, claro: sólo los de algunos films producidos en el idioma inglés. Tampoco voy a descubrir nada nuevo si digo que -aún siendo anglo-parlante yo mismo- estamos en una especie de “fase terminal”, tal vez irreversible, de colonización cultural universal. Todo ello forma parte de un proceso masivo, en el que, por descontado, Internet está jugando un papel fundamental. La más humillante y claudicante de las posturas de la mayoría de los Gobiernos del hemisferio occidental, sobre todo, amplifica además unos efectos que lindan con lo genocida… Pero ésta es otra cuestión: demasiado compleja para tratarla aquí y ahora.

Y a pesar de esta renuncia a profundizar en semejantes asuntos, lo cierto es que considero que una fracción, nada desdeñable, de la fascinación suscitada por la película y el “aura” de su personaje debe proceder, precisamente, del influjo “colonizador” proyectado sobre las mentalidades y gustos de las muy interconectadas masas de individuos, quienes sólo parecen encontrar sentido a su vida y personalidad en una gigantesca identificación gregaria (por alguna extraña razón, lo estúpido les fascina). Lo cierto es que esta paradoja (que no es, ni mucho menos, novedosa; pero sí es, hoy en día, más extensa e indiscriminada que nunca) siempre me ha intrigado e inquietado: la de los individuos resituando, a modo de reafirmación y protesta ante lo establecido, su identidad en un nuevo contexto… ¡igualmente gregario!: las “tribus urbanas” son un perfecto ejemplo de lo que digo.

Vuelvo al título de esta “serie”: celebración… Va a ser difícil una explicación clara y lo suficientemente convincente del término, dado que parto de una mera intuición. Consiste ésta en la impresión que tengo de estar en medio de una época que, deslocalizada en un océano de datos conexos pero, no por ello, menos caóticos (que aportan una falsa impresión de seguridad y hasta de sabiduría; o, si se prefiere, de tener a nuestra permanente disposición los secretos del buen criterio; al tiempo que, por lo general, éste se ignora), hiper-individualista y claudicante como sin duda es, se dedica a celebrar el disfrute de lo cerril y vacuo: indiferentes o -peor- satisfechos, la mayoría, ante las manipulaciones más retorcidas y falsarias de la historia de la Humanidad: la gravedad de sus efectos aún está pendiente de ser observada en toda su magnitud, me temo.

Así, ante la personalidad -tarada y trágica, no lo olvidemos- de Wiseau y la de su re-encarnación (la protagonizada por James Franco: sorprendente e irreprochable), se celebran hoy, casi unánimemente, los “valores” aquí ensalzados: ¿cuáles son éstos?… Un inciso: el crítico Carlos Boyero ya dictaminó en su día que la película no le “enganchó” como, por ejemplo, sí lo hizo “Ed Wood”, de Tim Burton. El paralelismo entre ambos films salta a la vista, así que no vamos a subrayarlo. Lo cierto es que ambas obras son muy diferentes: en tono, planificación, textura, contexto, intenciones… Por supuesto, si nos mantenemos en el nivel de “valores artísticos”, creo que Tim Burton supera a Franco. Pero puede que no sea ya, siquiera, éste el prisma a través del cual deberían observarse ambas; no en términos, digamos, de mero cotejo.

Éste que les comenta (y, muy probablemente, hastía) disfrutó la proyección, debo aclarar: no me aburrió, y confieso haber reído a gusto. Lo que no me impide ahora rebuscarle la vueltas a todo ello… La película, como digo, hace patente un mal contemporáneo: la exaltación del “friki”; en español: la del extravagante que linda la imbecilidad o la enfermedad mental. En cierto modo, es como si se nos dijese a todos que, sólo con el empeño, el espíritu más indómito, la perseverancia; y en ausencia absoluta de auto-crítica o de “filtros”, estará a nuestro alcance la “gloria” del ridículo más rentable. Se devalúa, con ello, lo Sublime, lo Clásico: lo Milenario y Universal de los valores más complejos, contradictorios, incómodos, estimulantes, inquisidores e inquietantes de la propia naturaleza humana. La doctrina de lo “políticamente correcto” (muy vinculada a estos gravísimos síntomas de Totalitarismo idiotizante) trata con el mismo rasero y unifica, sin dialéctica, sin sutileza, sin crítica ni inteligencia, a una Humanidad reducida a un mero “mercado de ideas estándar” -¿una especie de decálogo?– impuestas para anular lo disidente y la anomalía del que no se adapta a lo homogéneo ni lo acepta por sistema: extrañamente, imponiendo una visión parcelada de lo Humano como un galimatías caprichoso de infelices que fingen sentirse cómodos en su aislamiento o anomalía.

Vean, si no, cómo se olvida destacar que es, después de todo, la herramienta más decisiva al servicio de la “voluntad” de Wiseau una fortuna de millones de dólares (a propósito: de origen incierto). Pero poco importará esto mientras todos los Wiseau del mundo acaben formando parte, en definitiva, del Sistema: el que nos maneja y posée a todos nosotros… Y cuanto más inconscientes, desubicados, desmotivados y desarraigados nos encontremos (desvinculados, pues, de nuestra propia tradición e inteligencia heredadas: lo que podríamos denominar la “experiencia más acendrada y arraigada de nuestros propios antepasados”, que considero insustituible); atados a las voces y mandatos de un “Gran Hermano” global, mejor aceptaremos la estupidez entusiasta como el “valor” más encomiable.

¡Y luego habrá quien se extrañe de que la democracia corra peligro!

 

Celebración de la decadencia – I

Compruebo que ha transcurrido casi un año desde mi último “parto”: se mencionaba el cáncer, y poco bueno evoca dicha palabra. Lo cierto es que no ha sido este año un periodo nada inocuo (me refiero a mí mismo), pero la mera supervivencia ya ha de ser celebrada.

No obstante, las reflexiones, más o menos profundas, sobre el transcurso demoledor del tiempo y sus efectos, las dejaré para otro momento y otro lugar. Ahora sólo pretendo escribir una breve disquisición sobre cine; o sobre los “vapores” que he visto exhalar de, al menos, un par de películas muy recientes: “The Disaster Artist” y “Muchos hijos, un mono y un castillo”.

Lo de los vapores, tal vez, no sea tan solo una metáfora; más o menos caprichosa, más o menos afortunada: lo cierto es que ambas películas celebran ciertas suertes -incluso desviaciones– de decadencias y fracasos; e intuyo que parte de sus éxito -o “post-éxito”, no sé si me explico- deriva de esa fascinante exaltación funérea. Podría incluso decirse que, si me dejase llevar del todo por mis tendencias más cínicas, llegaría a asegurar que es ése factor, y no otro, el que ha arrastrado a los expertos a dictaminar, casi con total unanimidad, que ambas obras son sendos triunfos artísticos.

Yo de hermenéutica, semiótica y demás nigromancias de la razón y del estudio de los lenguajes, mensajes y signos, sé lo justo. Por eso no me voy a meter en berenjenales en los que me perdería, de todos modos, tras meses de indiferencia (me aqueja mi propia decadencia, me temo), por falta de entrenamiento.

No descarto, sin embargo, ampliar esta idea y profundizar, más adelante, en lo que creo de alguna trascendencia e interés: en lo que no es otra cosa que el mero proceso de claudicación de una Civilización y Cultura decadentes. Es como si lo único que les quedase a estas, durante siglos, gloriosas entidades, fuera la constatación -por medios artísticos y creativos, al menos- de su propio derrumbe.

Continuará.

 

 

Cáncer (dedicado a Paloma Chamorro y al espíritu de toda una época)

Jesús Ferrero lo ha dicho: el cáncer nos asola. O eso parece. La última ha sido Paloma Chamorro. No la conocí, claro, pero formó parte -una muy importante- de mi vida. Ella lo hizo, como de la mía, de la de muchos “bichos raros” (que entonces no lo éramos tanto: la “rareza” era una suerte de virtud bien entendida y bastante extendida: ¡de poco nos ha servido!). Su programa “La Edad de Oro” duró apenas dos años, pero fueron decisivos e intensos. Por supuesto, las “fuerzas vivas” al timón de lo correcto (aunque la obsesión por la corrección de los que mandaban entonces era de otro tipo, claro está; no obstante, la obcecación y las nefastas consecuencias de la misma aún perviven en diferentes huéspedes, perfectamente fanáticos e intransigentes, con el agravante de “presunto liberalismo”) opinaron que su digno buque no debía consentir cruzarse en el ancho mar con semejante barcaza de dementes, viciosos, iconoclastas, minoritarios y transgresores de todo lo más sagrado, ya fuera ésto civil, religioso o militar.

Por supuesto, no podemos pensar en una “plaga bíblica” que se ceba en España tan solo. Pienso en Bowie y en tantos otros… El útimo ha sido John Wetton. ¿Cáncer?… Lo más probable. Imagino que es un “modo de vida”… Entonces, tal vez, estemos muchos condenados, ¿no es así?… Lo cierto es que lo que dice Jesús Ferrero en El Mundo del 31 de enero de 2017 no suena tan descabellado: creo en la “especificidad” hispana. Por supuesto, se puede englobar en el contexto europeo u occidental; pero algo nos diferencia: el desproporcionado peso de la DESILUSIÓN, del RENCOR y de la CONTRADICCIÓN en la química venenosa de nuestro pasado y de nuestro entorno.

Una vieja amiga (creo que podría añadir: de la infancia) me prestó un libro cuyo autor no consigo recordar, aunque sí podría asegurar que era centroeuropeo; austriaco, creo. El nombre de aquellas memorias (se trataba de un libro autobiográfico) era perfectamente recordable: “Cáncer”… La tesis de aquella obra tremenda era muy simple: el cáncer nos corroe con los ácidos de la infelicidad, el estrés y la tristeza. Ella, mi vieja amiga, padeció, en las carnes de uno de sus más directamente allegados, la maldición de la enfermedad, pero terminó “vacunándose” con el antídoto (cuya eficacia nunca ha sido del todo probada) de un matrimonio pronto y muy ventajoso; espero que, además, haya sido feliz. He perdido el contacto, así que desconozco el resultado de tal “experimento”. Por descontado, les deseo a ambos una larga y fructífera vida… juntos.

Esa tesis (a estas alturas, no creo que la desconozca nadie) me ha rondado la cabeza desde la lectura de aquel libro, bastante próxima en el tiempo a mis momentos vitales culminantes: coincidentes con algunos de los más lamentables y decisivos (no de la misma forma en que “La Edad de Oro” o el “Auambabulubabalambabú”, del ínclito Luís Avín, me afectaron decisivamente) encuentros, decisiones e indecisiones de mi propia vida; valga la redundancia. Casualmente, aquello se desencadenó en Madrid, así que la “Movida” se imbricaba, de algún modo, con lo que me pasaría entonces… Pero la decadencia ya se palpaba en el ambiente: recuerdo a Poch, el cantante de “Derribos Arias”, literalmente demente, con sus gafas rotas por el puente, pegadas con cinta aislante o celo, sentado solo, balbuceando incoherencias y la mirada perdida, en la mesa de una pizzeria de mala muerte en Malasaña. Corría el año 1991. Moriría Poch no muchos años después de aquella visión espectral de una época, entonces ya en pleno desmantelamiento… ¿Os acordáis, viejos e ilusionados votantes de un partido socialista aún vivo? (o eso parecía).

Creo que no ofenderé a nadie si me permito sacar a colación a otro donostiarra bastante demente (o demencial: buena persona, en todo caso) con el que coincidí en esta “aventura”: el fundador de “Duncan Dhu”, Juanra Viles. Acabo de averiguar que finalizó sus devaneos “artísticos” al encauzar su vida, adecuadamente, a través de los “almamáteres” de Deusto y del Peneuve (sin duda, ¡sentó la cabeza!: ser de buena familia es lo que tiene). Sea como sea, a un pobre cántabro ex-votante socialista, como mucho, se le habrá podido permitir ser testigo de estas fructíferas trayectorias; o, por el contrario, aspirar a más, sí, mas tan solo mediante la venta al diablo y la renuncia de una identidad que parece que no se ha dejado cuajar nunca… Os sacaré de dudas: Juanra y yo compartimos habitación en la misma pensión de Lejona, en la que ambos solíamos ver “La Edad de Oro”; eso cuando Jose Ferreño (más tarde conocido como Andoni Ferreño) y sus secuaces de CC. de la Información nos lo permitían. Con frecuencia le llamaba “Felipe” a Juanra, no sin cierta malicia. Él abandonó los estudios de Bellas Artes. Yo no… Por eso él ahora es político y… yo no (y porque él es ciudadano de la “Perla del Cantábrico”, superpotencia cultural, industrial, playera, paisajística y gastronómica global, claro; yo sólo nací y habito una entelequia, al borde de la consunción y de la más absoluta irrelevancia, llamada Santander: no está mal Santander; lo malo es que ya ni los de aquí lo sabemos… ¡no digamos las oligarquías político-económicas o los de la propia tele, incluida TVE!).

¿Ven cómo salen los “venenos” a relucir?… No es tan difícil adivinarlo: la división, el rencor, la decepción, la desilusión de los buenos: de los que habremos dedicado la vida a esperar que nuestra lealtad y esfuerzos (nuestra buena voluntad) fuesen ALGÚN DÍA premiados, reconocidos… La traición, la mediocridad, la manipulación, la escisión, el maniqueismo, el victimismo consentido y subvencionado, la promesa siempre pospuesta “sine díe”, la acumulación de prebendas y de herencias, el inevitable fracaso: hereditario, contagioso, pero inducido, potenciado… ¡fomentado por los que creen que lo poco que tienen y queda, aún menguante y con todo, ha de ser acaparado!: por ellos.

Cainismo, se dice. Cancerismo, me tomo la libertad de “inventar”: un veneno lento y a muy largo plazo. Aleatorio, pero de incidencia creciente, con los años. Los buitres nos contemplan: los propios y los ajenos… Por eso te debo recordar a ti, Paloma: ave rendentora, que se extingue en todo, salvo en nuestro recuerdo: siempre volarás en él y con los que aún conservamos tu voz y tu imagen, grabadas e indelebles, como símbolos de una época quizá no tan luminosa, después de todo, pero sí esperanzada.

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“La La Land”: el sentido de la vida… ¡y del cine!

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“La La Land” tendría muchas lecturas; pero una de las más interesantes sería ésta: trata de las segundas y de las enésimas oportunidades. Y reflexiona, en realidad y sobre todo, en torno al fracaso. La apariencia es engañosa: el esquivo y ocasional éxito se toma como una, tan solo, de las infinitas opciones posibles. Desde luego, está lejos de ser “naturalista” (el propio género musical es la antítesis del naturalismo), pero su magia no parece incompatible con cierta verosimiltud poética, por así decirlo. Aceptables licencias éstas, concedidas, de manera congruente, a ciertas formas de “fingimiento”.

Por otro lado, al tiempo que subraya la nostalgia por un mundo que se nos va (con el contrapunto del desprecio actual mayoritario hacia las formas clásicas de las artes populares, desbordadas por lo más trivial, y la desaparición de sus templos y aficionados), se muestra un cierto resurgimiento real -algo más que añoranza de pose– del placer que nos aporta lo inmediato, lo auténtico: la emoción de un solo improvisado de piano en directo; o, incluso, la conexión con un pastiche “retro”, eco de una era en la que lo excelente y excitante era compartido por la mayoría, de forma masiva… ¡Y, además, había tiempo para poder saborearlo! En pocas palabras: una suerte de reacción ante el hartazgo por tanta saturación y dispersión tecnológica.

Se recrea “La La Land”, pues, en esos detalles que resaltan el contraste entre lo contemporáneo, con toda su fluidez y dispersión desconcertante, inabarcable, y los discos de vinilo, las viejas películas de Hollywood (que aquí aparecen, incluso, como “momificadas” en forma de “Parque temático”), los coches desmesurados de la ya arruinada industria de Detroit, los “night clubs” a la vieja usanza, los trajes de chaqueta y hasta los sombreros fedora…

A nivel técnico, invoca y homenajea a menudo a los clásicos, por supuesto (los más obvios: Minelli, Donen, Ray… ¡Incluso Hitchcock y Berkeley!); también a lo Clásico… Pero se sirve de lo más avanzado de la tecnología para llevarla a un terreno humano, sensato y honesto (yo diría): las “virguerías” técnicas están al servicio no sólo de sí mismas -como presas de un alarde vácuo en dicho homenaje a lo antiguo-, sino, también, al de los personajes y su propia historia. No se puede negar la magia que de todo ello resulta.

He leído, por otra parte, que la película empieza grande y deslumbrante; y que así termina: ensoñadora, agridulce, serena y mágica. Que en la peripecia central la historia renquea o afloja, más convencional… ¿No es posible que sean así la mayoría de las vidas vividas?… Con todo, algunos podrán decir que de ciertos elementos se podría haber sacado más partido. No estoy muy seguro de que esto fuera necesario: el encanto poético y verosímil me sigue persuadiendo, y caigo rendido… En definitiva, la película nos habla de la vida y de sus retornos y giros: de los ciclos, de los hechos, de las tentativas y estancamientos; de las recaídas y de las recuperaciones; de los sentimientos, frustraciones y dolores recurrentes; de las rutinas, de la claudicación y del ocasional resurgimiento. Nos convence -y nos conmueve, con ello- de que la Vida es una constante maravilla, un milagro: demasiado pegada a nosotros como para poder verla en todo su esplendor y en toda esa inmensidad inabarcable… Y es así, todo ello, a pesar de la privación de metas alcanzadas; gracias, sobre todo (y he aquí lo importante), a todo lo demás: nos sorprende y nos da sentido, al hacer de nosotros lo que somos; incluso con sus carencias y sus ausencias, lo consigue… Carentes como estamos, tan a menudo, ¡y tan ausentes!, de nosotros mismos: ensimismados ante la nada obcecada que solos nos construímos.

Podría destacar varios momentos o secuencias, pero me voy a quedar con una de las más sencillas y conmovedoras: Emma Stone, durante un casting, inicia un relato improvisado, y, por medio de un lento trávelin, la cámara se acerca hasta un primer plano (sólo ella queda iluminada, en medio de un evocador claroscuro). El relato de la actriz se transforma en canción, y en ella se nos hace una reivindicación de las existencias “alocadas”, “sin sentido”: fracasadas, en suma, pero entusiastas del hecho -simple, pero extraordinario- de estar aquí: para zambullirnos en ríos o para renunciar a todas las luchas, sin el peso, demoledor y absurdo, de sentir amargura ni las losas de todas las derrotas, una encima de otra.

“La La Land” es una de las películas más evocadoras y conmovedoras que he visto y gozado en mucho tiempo: una joya que nos recuerda lo que debería ser SIEMPRE (hubo un tiempo en el que esto era más frecuente) el gran CINE. Y es que lo vitalista no debería estar reñido con la más hermosa lucidez; tampoco con la más amarga.

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Y además…

Mose Allison (uno de mis primeros discos de jazz fue el nº 19 de la colección “That´s Jazz” de Atlantic, editado en España por Hispavox: dedicado a Mr. Allison, claro). Siquiera si fuera por aquel “Stop This World”, casi un himno, cada día más vigente (al menos, para mí; con los años fui descubriendo otras maravillas: “Lost Mind, por ejemplo), ya se podría considerar ineludible rendir un homenaje a este beatnik, a este “hipster” avant la lettre *. Un tipo blanco en un mundo predominantemente “de color”, fue pianista, cantante, compositor de música y letrista de sutil retranca e ironía (“Your mind is on vacation”). Muchos lo admiraron, versionearon y copiaron: Van Morrison, The Yardbirds, The Who, John Entwistle, Elvis Costello, The Clash, Georgie Fame, Bonnie Raitt, Blue Cheer, John Hammond, Paul Butterfield, John Mayall, Diana Krall, Manfred Mann, Robert Palmer, The Bangles… ¡y Leon Rusell! Podemos verlo, incluso, en algún cameo, como en “The Score”, de Frank Oz. En fin, otro más que nos deja y descansa en paz: ciertamente, con lo que deja atrás, podemos decirlo… Nos estamos quedando muy solos, ¿eh, Mose?

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A propósito de Leon Rusell: un músico entre los músicos (en el ámbito del rock, el pop, el rythm&blues y el country, entre otros géneros), compositor, arreglista y pianista brillante. No puedo hablar con mucho conocimiento de causa (ausente en mi colección, debo reconocer), pero imponía respeto su labor: colaborador de Phil Spector, Frank Sinatra, The Byrds, Joe Cocker, J. J. Cale, Bob Dylan o Elton John. Una de sus composiciones se hizo célebre y ha sido versioneada por infinidad de artistas: “A Song For You”. RIP.

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* En realidad esto de los “jipsters” es ya muy antiguo, como su aspecto actual a cualquiera con ojos le podría hacer deducir: todo viene de los EE.UU. de América -¡de dónde si no!- y se remonta a una cultura o modo de vida que se desarrolló en un ámbito cultural, socio-político y económico muy específico y urbano (años 40 y 50, sobre todo). Lo de ahora es el típico renacimiento superficial y nostálgico, que apenas se concibe como una excusa para fomentar una estrategia de “márquetin” y “merchandaisin niueich”. ¡Pero cada uno es muy libre!…

Otro adiós (ya anunciado): Cohen

“Nuestros éxitos del año: CBS 1974”. Hago cuentas, muy sencillas: nueve años tenía. España se encontraba arrastrando su enésima crisis (a la par que el resto del mundo, cierto, pero con ese especial talento para profundizarlas y prolongarlas más que ningún otro pueblo). Aún no había llegado la peor de todas, no obstante: la de mi propia familia… Vuelvo al viejo vinilo, parte de la digna y relativamente numerosa* colección “lounge” que habían ido reuniendo mis padres, ya desde su noviazgo. Junto a Garfunkel, Juán Carlos Calderón, The Three Degrees, Las Grecas, Vicente Fernández “El Rey”, Roberto Carlos… una canción de un tal Leonard Cohen: “Lover, lover, lover”. El niño Carlos, ya con patente para manipular el plato “Dual-Bettor” y el novísimo ampli estéreo (negada a mis jóvenes hermanas), solía saltarse esa canción extraña, adornada con esa especie de estribillo-letanía, de sonido algo mate, turbio, “adornado” por una voz poco agraciada… Este fue mi primer contacto con Leonard Cohen.

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Ésta es la foto, justamente, que aparece en aquel viejo vinilo: mi primera visión de Cohen

Lo curioso es que esa canción -que mucho tiempo después descubrí que no era, ni mucho menos, la mejor del autor; ni tampoco la más sublime del disco que la contenía, “New Skin for the Old Ceremony”-, de alguna manera, pudo intrigar al niño que, por lo general, prefería no escucharla. Imagino que podría decirse que “Lover, lover, lover” fue como una “semilla” plantada en época temprana, pero que terminó por germinar, muchos años después.

Por descontado, a un artista así no lo podía entender, ni remotamente, un pobre chaval español de nueve añitos… Pero ello me hace reflexionar acerca de la importancia decisiva de lo que nos ocurre, en todos los sentidos, en nuestros primeros años. También me empuja a preguntarme si la contemporánea insistente obsesión por infantilizar al infante -por “preservarlo” de lo que no le es propio, específico– no será al cabo un bienintencionado, pero excesivamente puritano, error. A no ser que se pretenda con esa tendencia compensar -inundados como estamos, casi todos, de mala conciencia- los horrores y la depravación cierta a la que se está sometiendo a la infancia en este corrompido, interconectado y ultra-violento mundo (además de dar trabajo a miles de médicos, farmacéuticos, pedagogos y psicólogos, claro está).

No obstante… ¿Cuándo me llegó esa tardía oportunidad de redescubrimiento?: aparte de las lecturas de prensa musical o las alusiones al autor canadiense en TVE (¡se emitían programas musicales especializados!) o en la Frecuencia Modulada, creo que fue Ramón Trecet (Radio 3) el que me reconectó con el viejo Leonard, ya en los años 80: una escucha de sobremesa del primer “Long Play” del canadiense -¡completo!- acabó por hacerme entender, por fin, al bardo de voz lánguida y grave… Cierto es que esa obra decisiva es una de las más bellas, rotundas, clásicas, conmovedoras y redondas de Cohen… Poco a poco, la red de referencias, influencias y afinidades (salvando las distancias: parte del “post-punk”, Lou Reed, Peter Hammill, Nick Drake, Richard Thompson o Nick Cave, en especial) fue situando al autor de aquel aburrido tema del 74 en su sitio.

Hace poco se despidió. Creo que ya llevaba años haciéndolo… Son casi figuras paternas las que me están abandonando en este largo y duro año; decisivo, me temo: elementos que me/nos han ayudado a conformarnos; a hacer de nosotros lo que somos, lo que pensamos y sentimos. Ellos no lo sabían (a todos no nos conocían, desde luego), pero así ha sido. El dolor y la nostalgia no pueden hacernos olvidar el agradecimiento y admiración que les debemos.

Por otra parte, ver al “Rubius” (o como se escriba) o a Justin Bieber susituir a los Cohen (o los Coen), los Stones, los Beatles, los Morrison, los Cave, los Clash, los Costello, los Pistols… ¡los Ramones convertidos en iconos de camiseta descontextualizados!… No sé… Es cierto que algunos individuos conservan la llama, el relevo, la pasión y la visión; y yo los he ido conociendo, a lo largo de mis catorce años en la docencia. De ellos depende el futuro; pero, siendo tan pocos, tan aislados, es enorme la responsabilidad con que se les está cargando. Yo esta elegía se la dedico a ellos: para que, cuando me toque decir adiós, como Cohen lo hizo hace sólo unas pocas semanas, pueda sentir al menos que la semilla de una extraña, solitaria, profunda letanía se podrá convertir en la herencia, próspera y decente, de más fuerza: de una fascinación por lo genuinamente humano, lo bello, lo sabio y lo sublime.

Adios, viejo amigo Leonard.

* En los años 70 la disponibilidad en el mercado de discos era bastante reducida. La pobreza cultural (la censura) y la otra no contribuían a que una familia joven de clase media, normal y de nivel cultural medio-bajo, pudiera tener un tocadiscos en casa o una colección de cientos o miles de discos: en aquellos tiempos eso era casi impensable. Así que tener unas pocas decenas de LP´s y otros cuantos “singles” y EP´s ya era algo bastante extraordinario.

Nobilísimo certificado de defunción (Dylan, Bob)

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“Black Star”, David Bowie… Tal vez debería santificar el silencio de mi estudio, mientras trato de escribir algo coherente. Sin embargo, esta música es perfecta para “ilustrar” -¿o ambientar?– las ideas desordenadas y no sé si estúpidas que me quieren brotar. Porque hoy es el día del Nobel de Dylan (también el de la muerte de Darío Fo; aunque él vino de otro universo, fuera de mi jurisdicción), pero es este espíritu como funéreo -recordado, también, por la reciente despedida de Leonard Cohen; que me retrotrae, a su vez, al rostro amostachado y la despejada cabeza de Sábato, cuando pronunciaba, en semipenumbra y junto al Paraninfo de la Magdalena, como un espectro, aquel “adios, amigos, ésta será la útima vez que nos veamos”, anticipándose quizá demasiado a su partida definitiva- el que me impulsa a soltar las desordenadas estupideces que, acaso, algunos os animéis a leer ahora, cuasi-heróicos.

Los fuegos artificiales se han desatado, por fin, cuando al bueno de Zimmerman le han concedido, ¡albricias!, un premio que es mucho más que esto: es un símbolo. Es por ello, precisamente, que se prodiga tan poco -o nada- el Nobel por estas tierras, empeñadas en desprenderse de significación y de entidad, como muy bien pudimos contemplar en el día de ayer. Bueno, y hoy; que tanto da ya un día que otro, correoso o no… ¿Y cuáles son las tierras simbólicas de este Nobel atípico? ¿Las de Duluth, Minnesota? ¿Estados Unidos? ¿Las de la Generación Beat, tal vez? ¿La electricidad hippie de los años 60?… Lo cierto es que el trovador llega más allá: es Miembro Fundador de un país imaginario llamado “Rock & Roll”. Y, como tal, los subditos de este país sin fronteras lo celebran… lo celebramos.

No quisiera aguar fiestas ni deslucir homenajes, pero no me voy a guardar para mí lo que tal vez sea -de todos modos y tan solo- una pobre, desmoralizada, estúpida, desordenada, enmarañada… corazonada: este premio es un acta de defunción; tácita, pero elocuente. Los académicos suecos quizá se lo conceden a Dylan antes de que… ¿sea demasiado tarde?… Los nórdicos son conscientes de su labor universal de “certificadores de símbolos”. Por eso es tan importante, en la práctica, la potencia y la amplificación cultural, política y económica que respalda a la mayoría de los galardonados (por mucho que la Academia, a remolque de esta “globalización” acaso en exceso bendecida, se haya empeñado en extender su horizonte en tiempos recientes), ya que los símbolos y la cultura sólida y apabullante se imponen desde posiciones de preeminencia. Pensar de otro modo es pecar de ingenuidad.

Pero no me inquieta ni me incomoda esta certeza: que Dylan es un símbolo que TAMBIÉN ha ejercido su influencia y ha dejado su huella EN MÍ; en nosotros. Quizá no la misma -ni con la misma potencia y profundidad- que en un nativo norteamericano contemporáneo del propio Dylan, por supuesto… Mas inducida, impuesta, o no, su figura ha sido reverenciada y disfrutada por nosotros, sin duda: aún sin saber qué pronunciaba y contaba el viejo Bob, a través de su a menudo críptico -y siempre muy nasal- “drawl”, ¡claro que lo hicimos!… Eso sin mencionar cierto “himno eclesiástico” (de libérrima traducción al español) que, me temo, todos hemos cantado… ¡Bueno!… Un servidor tuvo la suerte de poder empaparse de sus textos, al fin, a unas edades algo tardías; pero sin profundizar en ellos, debo admitirlo: ha sido siempre, o casi siempre, la música la que se ha impuesto al texto: la “actitud”; por así decirlo.

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Admitido esto, reconozco la trascendencia de su influencia: superficial o no, él -junto al resto de fundadores y seguidores de un país ensoñado, que ya parece en estado de descomposición- ha configurado un “imaginario” que, para bien o para mal, nos ha ido permeando a dos o tres generaciones de habitantes, al menos, en el ámbito universal del “Rock & Roll”… Esto no es -ni lo pretende ser- un estudio pormenorizado de ese proceso larguísimo, ni de esa influencia, tratada a través de una discografía un millón de veces glosada: como ya anuncié, se trata de lanzar la idea de que sólo algunos moribundos de mérito alcanzan la gloria en vida… Y es que, aunque a Robert Allen Zimmerman le resten dos o tres décadas más entre los vivos, no es su muerte la que “anuncia” o vaticina este premio: es la de un modo de ver, escuchar, sentir y vivir un tiempo; y hasta una época entera… En un país ilimitado, que se nutrió de millones de sueños, belleza e ilusiones, por muy absurdos, rotos, extravagantes o decadentes que éstos fueran; igual que lo hizo de dramas, sobresaltos, vacío y decepciones.

Ni siquiera el “imperialismo” nos disuadió; ni tampoco nos desunió a sus siempre voluntarios súbditos, quienes ahora contemplamos, entre atónitos y resignados, el advenimiento de esta nueva “Era Atómica”: atomizada, más bien; atrapada en La Red de Redes: el más absoluto Infinito de la más absoluta Nada… Y es que sólo adquiere sentido (una aspiración a) la ausencia de fronteras cuando existe, al menos, una: esto es una paradoja. Supongo.

Post data y agradecimientos: Gracias, Vincent, Cochran, Cohen, Davies, Reed, Cale, Lennon (& Macca), Simon, Morrison, Morrison, Mitchell, Young, Fogerty, Newman, Wilson, McGuinn, Jagger, Buckley, Walker, Van Vliet, Zappa, Cash, Parsons, Townshend, Bowie, Pop, Thunders, Curtis, Cave, Chilton, Springsteen, Murphy, Thompson, Jansch, Drake, Wyatt, Waits, Barrett, Waters, Gilmour, Martyn, Costello, Gabriel, Hammill, Hell, Verlaine (Tom), Patti, Petty, Strummer, Lowe, Weller, Stipe, Tweedy, Yoakam, Yorke… ¡y tantos otros!, gracias.

Nunca se fue… Homenaje al disco de vinilo y otras disquisiciones (Digital Vs. Analógico)

No hace tanto que le leí al muy experto e ilustre D.A.M. (Diego Manrique) una afirmación taxativa: el C.D. suena mejor que el L.P. de vinilo. No se puede poner en duda la vasta acumulación de sabiduría, audiciones, datos y criterio del señor Manrique. Sin embargo… debo confesar que mi corazoncito audiófilo y analógico pegó un brinco entonces. Entiéndase: no un vuelco descomunal, indignado y escandalizado, pero sí lo suficientemente afectado como para preguntarse, la criatura, cómo se llega a esa conclusión con tantas horas de vuelo a la espalda. (N. del A.: El susodicho y recién mencionado -sí, el autor- confirma que se afeita cada mañana; y que, aunque hace ya un tiempo que disfruta de una hermosa bicicleta todo lo que su cuerpo y el tiempo le permiten, no pertenece a ningún “Club Hipster” de la región, ni alrededores).

Semejante falta de “finura”, de sutileza, me confirmó lo que yo ya me temía desde hace tiempo: que ni las élites del medio han llegado a respetar una de las facetas esenciales de la música; ni a profundizar lo suficiente en ella: su grabación, conservación y reproducción. Nada menos… Un poco como si esa “obsesión” denotase ciertas tendencias esnob o burguesas deplorables, “ya que lo esencial de la música es la música misma”…  ¡Como si el sonido de la música no fuera un elemento consustancial de la misma!

Excesos puristas o audiófilos aparte -que los hay y los padecemos, en mayor o menor medida, todos los que amamos la música-, no puede ignorarse que ciertas condiciones técnicas mínimas son imprescindibles a la hora de escuchar, de forma óptima, lo que para muchos es un elemento más: como el agua o el aire lo son, digo aquí sin temor a exagerar.

Así pues, ¿en qué aventaja CON CLARIDAD el C.D -o, si lo prefieren, los formatos digitales- al disco negro?:

  1. Capacidad de almacenaje: Yo no hubiese podido disfrutar de los grandes ciclos clásicos o jazzísticos sin el C.D., reconozcámoslo. Por lo tanto, fuera de mi alcance hubieran permanecido los cuartetos y sonatas de Beethoven, Las Pasiones o las cantatas de Bach, las sinfonías de Mahler o las de Bruckner (son sólo unos pocos ejemplos bastante llamativos), por no hablar de óperas u oratorios de todas las épocas. Tampoco se hubiesen escuchado, a un precio razonable y sin interrupciones, las actuaciones en vivo de John Coltrane en el “Village Vanguard”.
  2. Tamaño: Discos duros aparte, no se ha inventado otro soporte -discreto y dotado de “personalidad”- que ocupe menos espacio. Esto también ha sido de agradecer.
  3. Optimización de la fuente: En general, se puede decir que es más fácil y barato (o, mejor dicho, menos caro) sacarle a una fuente digital todo su potencial sonoro. Todos nos tememos que el vinilo es… ¡bastante más exigente!
  4. Ausencia casi absoluta de ruidos y de “parásitos”: A no ser que las fuentes originales sean analógicas, las grabaciones digitales -y su consiguiente reproducción- carecen de ese inconveniente.
  5. Potencial en las dinámicas sonoras / Distorsión: Por lo general, resulta muy acusado el “poderío” de las fuentes digitales en este aspecto. El resultado audible del mismo es que es posible generar un gran nivel sonoro -y muy rápidos, repentinos y grandes “desniveles” en este parámetro- con muy escasa distorsión. Debo rogar ahora que se regrese al punto 3; de nuevo y sin embargo.
  6. Copiabilidad: ¡Bueno, sí!… ¡También esto! (y que tire la primera piedra el que esté libre de culpa, ¿no?).

Por lo que respecta al vinilo, se alude mucho, últimamente, a ciertos valores intrínsecos que el propio objeto y su contenedor poseen. Esto es indudable; pero, aunque hayan sido dichos valores, quizá, los que durante décadas me han atado a la inmensa mayoría de mi colección propia y heredada, nunca he dejado de intuir o -según lo he ido confirmando- de SABER que la fuente analógica es más… ¡lógica!: que se acerca más a la naturaleza del sonido, y que lo devuelve a nuestros oídos de una forma más fiel y orgánica. De sobra es sabido, por la mayoría de nosotros, que los “armónicos” de los entornos y fuentes acústicos se pierden en la transcripción digital. Al menos, podría decirse que dichas sutilezas se reducen o se transforman en algo… distinto.

Lo cierto es que un equipo de alta fidelidad analógico bien equilibrado y con componentes de calidad media-superior o superior, adecuadamente ensamblados y montados, en el que se reproduzcan elementos bien grabados y bien prensados… emitirá un sonido de una calidad tal que no podrá ser superada por ninguna fuente digital… Debe reconocerse este inconveniente, tal vez: el nivel de exigencia y de calidad óptimas para un equipo de tales características. Pero creo que es posible tener un equipo analógico, más que digno, por un precio razonable y asequible para la mayoría. Lo que sí que suelen faltar (más que el dinero) es el criterio y la información necesarios para seleccionarlos y adquirirlos… ¡no digamos para instalarlos! De ahí la necesidad de dejarse asesorar por auténticos expertos o, al menos, por usuarios bregados y generosos.

Nada más. He dicho.

Van Gelder, Hutcherson y otros hitos / Incertidumbres

Las vacaciones de verano del año 2016 terminan. Y lo hacen como Cantabria se merece: con vientos sostenidos del norte y lluvia; en agosto… Lo cierto es que éstos y otros indicios, de cómo podría estar cambiando -por nuestra culpa- el pequeño globo azul en el que tratamos de salir adelante todos, ya serían motivo más que suficiente para reflexionar… ¿y actuar?

Acción veo poca o inútil (mejor no mentar a la “clase política”, ¿verdad?). También por mi parte… Sé que he sugerido -y hasta prometido- continuar por ciertas líneas, y que también he escrito sobre futuros proyectos… Merezco, casi igual que “ellos”, el escepticismo de la mayoría, pero debo explicarme: mi cabeza, como es habitual, ha seguido en funcionamiento, atendiendo dichos asuntos (entre otros muchos, claro está).

Podría enfocar aún mi mirada, acosada por la presbicia, hacia el final de tantos que, con sus muertes, van situando hitos gloriosos -pero negros- por la avenida que nos lleva al páramo en el que las referencias se han difuminado tanto (si no son las del horror y la incertidumbre, ahora tan ciertas) que parecen haber borrado al opresor y al enemigo; también al líder y el ejemplo… Entre las cegueras inducidas y las voluntarias (todas cobardes), ¡vamos apañados! Pero ése es un tema tan vasto como el páramo difuso.

Rudy Van Gelder, por ejemplo: para la mayoría no iniciada en el mundo del jazz este nombre, de evocaciones germanas, no dice nada. Sin embargo, su aportación a la grabación e inmortalización (concepto cuya mera coherencia y vigencia, me temo, empiezan a ponerse en duda; cada vez más) de los sonidos más clásicos y excitantes de la música -principalmente afro-americana, pero no sólo- de la mitad y finales del siglo XX, es abrumadora. Podría decirse que Van Gelder resultó ser uno de los pocos técnicos que creó un sonido peculiar y reconocible. Sus sesiones míticas para Blue Note bastan para certificar lo que digo.

Y el vibrafonista Bobby Hutcherson lo supo bien, pues a él Rudy lo grabó en innumerables sesiones… Bobby también nos dejó. En fin… He tendido a dejar reposar un hilo que me inclinaba en exceso a centrarme en el pasado: por razones obvias. Y, aunque no confíe demasiado en el futuro… y además lo que me ancla al mismo es, paradójicamente, un cuasi-supersticioso retorno al pasado (nada que ver con Jacques Tourneur o Bob Mitchum, ni con el milagrosamente vivo Kirk Douglas, ¡ya me gustaría!), más que hablar de los logros de los muchos que nos van dejando, pienso cada vez más en qué podría hacer yo, en lo que me quede aquí, que alguien pudiera considerar, tras de mí, como útil o digno de ser recordado… Lo malo de la mayoría de la existencias es que tienden a desparramarse en la “entropía” más allá de la Gran Nada. Y es una pena: no aprender a cristalizar, de alguna forma, cada uno de nosotros, el gran valor que todo ser humano atesora antes de que nuestra conciencia se esfume.

Me acucia ahora, no obstante, cierta preocupación; bastante trivial, pero específica: resulta que los textos que por aquí se difunden con tanta facilidad, los vierto de forma voluntaria en un medio público que me los arrebata, por así decirlo, en cuanto los hago públicos. De ahí que me plantée otras opciones, entre las que no descarto las más clásicas. Aún no he tenido ni la energía ni la presencia de ánimo para tomar decisión alguna.

Lo cierto es que este proyecto a largo plazo, al que le he dado ya algunas vueltas, implica poner en juego lo más personal e íntimo que poseo: mi experiencia, mi vida. De ahí que no deba tomármelo demasiado a la ligera. Espero que mis escasos seguidores lo entiendan.

Por el momento, me pide el cuerpo un “ensayo” sobre el binomio DIGITAL Vs. ANALÓGICO. No es tan… trascendente, pero se merece unos párrafos. A continuación.

Siempre fiel a la música, autógrafos barrocos en tinta permanente y atractivos aniversarios remotos del otro Elvis -Y segunda parte-

Puede que fuese ese mismo año de 1977, acaso un año después, cuando mi padre, que no era dado a sorpresas ni a dádivas (ciertamente, los discos -de vinilo, por supuesto- aún podía considerarse objetos de lujo por aquella época; y a la familia le sobraban, ya por entonces -y por desgracia-, motivos para no fomentar los dispendios), se paró frente al escaparate de aquella tienda de discos de la calle Rualasal (pienso que debía ser el breve muestrario de la sección de microsurcos de los fenecidos almacenes “Pérez del Molino”).

Yo solía llevar a cabo la infructuosa pero fascinante ceremonia de parar allí e inventariar esas portadas -que solían tardar semanas o hasta meses en renovarse-, pues lo normal es que me conformase con contemplar las ingeniosas carátulas de unos objetos que, parecía, nunca me pertenecerían… Y lo solía hacer, a pesar de que aún me encontraba en una fase muy temprana (cambios muy radicales, en este aspecto, ya eran inminentes) de mi afición por lo más avanzado del pop y el rock. El resto de los géneros -a excepción de la música clásica, ya bastante afianzada desde niño- irían acumulándose poco a poco… Pienso que, si no los llegué a disfrutar y a apreciar antes, tan solo se debió al simple hecho de que eran inasequibles para mí: por motivos sociales, culturales y, sobre todo, económicos.

Dejamos a mi padre parado frente al escaparate de “Pérez del Molino”; año 77 o 78… Para mi sorpresa, como ya he dicho, me aseguró que podía escoger un disco L.P. como regalo de cumpleaños; así que esto debió ocurrir hace casi justo 39 o 38 años… Y no: no fue el de Elvis Costello, sin los Attractions.

De Costello podría haber oído hablar ya en la radio de frecuencia modulada de la época, aún en mantillas. Creo recordar que fue Charly Charlón el que programaba, de vez en cuando, algunas novedades. Y, sin llegar a los excesos del punk, sí que recuerdo que el sello “Stiff” era mencionado a menudo (Ian Dury, sobre todo).

El disco finalmente elegido fue “Even in the Quietest Moments”, de Supertramp. Aún lo conservo y goza de una razonable salud, a pesar de la edad y de las miles de veces que esos surcos han sido transitados por agujas no siempre en óptimo estado… Lo sé: no parece una elección muy impresionante, pero téngase en cuenta que, en cuestión de pocos meses, apenas uno o dos años, éste que les habla ya estaba comprando (con cuentagotas, eso sí) o ansiando (de hecho, esto era lo más habitual) vinilos de Bob Marley, Joy Division, David Bowie, Television, Echo & The Bunnymen, Magazine, Pretenders, Associates, Talking Heads, Heaven 17, Pere Ubu, Suicide, The Velvet Underground, Lou Reed o… ¡Elvis Costello, sí!

De Elvis el primero fue “This Year´s Model”, adquirido de oferta (junto a “Facing You”, de Keith Jarret: otro disco, para mí, decisivo) en una fugacísima y muy pequeña tienda de discos, que apenas resistió uno o dos años en la calle Camilo Alonso Vega. El impacto de aquel disco aún se podría considerar trascendental e indeleble… Y téngase en cuenta que todo lo que se nos transmitía a la mayoría de los españolitos de entonces llegaba a través del sonido, pues las letras nos eran inalcanzables y hasta cierto punto, imagino, indiferentes.

A veces, cuando recuerdo estos momentos de mi propia vida, la sensación se difumina tanto que parece la huella apenas imperceptible del recuerdo de una proyección de una joya del cine silente: como si me contemplase a mí mismo y a mi padre en un montaje y planificación que, aunque suelen variar, a veces incluyen trávelins y alguna majestuosa grúa. Me pregunto qué será de estos recuerdos cuando mi mente se nuble tanto -por efecto de la demencia o de otros factores debilitantes- que apenas sepa reconocer lo inmediato, el presente… Se dice a veces que los matices, los detalles y el “contraste” de la imagen de lo muy remoto, paradójicamente, se recuperan a las puertas de Lo Desconocido (me temo que no tendré la oportunidad de confirmárselo).

Lamentablemente, sospecho que los recuerdos se me fueron debilitando y difuminando tanto para así ignorar lo mucho que hubo de insoportable… Podría decirse que fue la música -una suerte de banda sonora para una peripecia que se supo siempre proyecto en vano, aun sin renunciar del todo, no hasta tiempos recientes, a ciertos sueños- la que me sirvió siempre de “hilo conductor” o “bastidor”, más sólida que la realidad misma… De ahí que la naturaleza propiamente etérea de la armonía, los ritmos, las melodías, los timbres y los modos se muestren como lo más vívido -si no es LO ÚNICO- de aquello que sostiene mi memoria.

No sé si alguien por ahí podrá entender ni media palabra de lo que os digo… Espero no fracasar, como es habitual, con el cien por cien de mis escasísimos lectores. Agradecería, en tal caso, alguna señal: con un “like it” me basta (por supuesto, estoy bromeando: en parte).

Vuelvo al día 6 de agosto de 2016: antes de ayer… Y lo hago antes de que este recuerdo se me licúe, como todos lo hacen, más pronto que tarde… Palacio de Festivales de Santander… Una buena amiga (conviene tenerlas hasta en el infierno) me facilita el privilegio de colarme en las salas más recónditas del edificio, tras las más de tres horas de sublime Pasión.

Llevo conmigo la copia de “Archiv”, importada de los EE.UU., de la misma obra que Sir John y los suyos había editado en 1989. La he poseído durante 24 años (casi la mitad de mi vida), y tengo claro que sería uno de los objetos que llevaría a mi isla desierta.

Veo al director casi en el quicio de una puerta que, imagino, comunica con las zonas más íntimas para músicos y demás artistas. Parece estar hablando con alguien; tal vez esperando. No sé si ya se le ha dicho que un selecto grupo de espectadores se dirigen hacia allá. En concreto, una vistosa mujer de “upper-class” con su aún más vistosa y vertiginosa hija; una pareja de mediana edad, no tan vertiginosa, pero con un evidente encanto, que luego descubrí procedían del sur de Irlanda (él al menos); y un servidor… Resultaba palmario que el único que descendía desde el “gallinero” del teatro era yo mismo (por una vez en la vida, estar más arriba no suponía ningún privilegio). Y el único que no llevaba consigo una copia de “La música en el castillo del cielo”, del propio Gardiner.

Lo que me induce a reflexionar sobre el estado en que está quedando lo que pareció un día tan sublime que resultaba, simplemente, inalcanzable. De ahí que la lectura de “Música ifiel y tinta invisible” de Elvis Costello me resulte en estos momentos tan placentera: sobremanera, su ejercicio desmitificador y ciertamente humanizador de aquéllos y de otros “totems”. Sin embargo, si me pongo en su lugar, no me sorprendería que ellos se estén preguntando cómo ha podido llegar a caer todo tan bajo…

Sea como sea, allá me encontraba yo, con mi micro-discurso en inglés semi-preparado, a tan sólo un metro y medio de Sir John Eliot Gardiner… De repente, detrás de él (de hecho, acabaron saludándose ambos, brevemente), aparece el oboista principal de la orquesta: mi falta de reflejos y mi incomodidad, supongo, me impidieron acercarme a él para felicitarlo, tal como me había rogado mi hija (ya una aventajada estudiante del divino instrumento). Así que podía añadir, a una larga lista, otro fracaso… No obstante, la “pieza mayor” aún no se me había escapado… Tras unos segundos, compruebo que los irlandeses han terminado su breve pero animada conversación con el músico: era mi turno…

Me dirigí a él con la mano tendida y con un “Sir John!” en la boca… No hubo ninguna respuesta que no fuera visual o manual (como ya dije, nos estrechamos ambos las manos). Por lo que se refiere a la primera, se diría que mi precipitada manera de centrar la atención sobre mi copia de la Pasión según San Mateo, así como un indescriptible balbuceo por mi parte (mi semi-preparación resultó poco menos que inútil), disuadieron, de alguna forma, a mi imponente interlocutor. O puede que no considerase de buen gusto que un plebeyo español se dirigiera a él como “Caballero de la Real Orden”… En todo caso, hubo una cierta frialdad en su reacción. Sospecho que el que yo le ofreciera un rotulador permanente rojo para firmar sobre la sagrada imagen del Cristo de Lucas Cranach pudo ser considerado, como mínimo, una frivolidad; si no como una simple blasfemia… Así pues, Sir John procedió, sin mediar palabra, a firmar cuidadosamente sobre el reducido margen superior de la caja de tan eminente grabación. Mientras, creo recordar que aún tuve tiempo de expresarle mi agradecimiento y admiración por tan extraordinario concierto. No sé si el director llegó a musitar algún tipo de sonido gutural en señal de reconocimiento.

Me preocupa que uno, sin ser muy consciente de ello, transmita algún tipo de mensaje que resulte inconveniente, inquietante, tal vez demasiado osado y familiar… ¡ya que no hace ni tres semanas que con el venerable Krzysztof Penderecki sintiese casi la misma gélida distancia!: una especie de paciente cortesía.

Penderecki, Recortada-Provis

Péter Csaba mira de forma compasiva (o eso parece) al fotógrafo de la sesión

Cuando al marchar de allí, guiados todos por mi buena amiga, pasé junto al maestro, aún hubo un momento en el que percibí su recelosa y sostenida mirada, como si aún estuviera preguntándose quién podía ser aquel osado “cazador de trofeos” titubeante… Por el camino hacia la salida, el caballero de Cork y yo mismo mantuvimos una breve pero animada charla. Esta vez en perfecto inglés: con acento irlandés, por supuesto.