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CUADERNOS DE CINE / LA NUEVA OLA / LO QUE EL CINE NOS TRANSMITE (¿QUÉ ES?)

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Antoine Doinel tras la verja (“Los 400 golpes”, F. Truffaut)

Fundada en 1951. “Cahiers du cinéma”: una de esas cosas que distinguen a Francia (de España, desde luego). El caso es que, en ella, crecieron Truffaut, Godard, Rivete, Resnais, Rohmer, Chabrol… Y estos críticos, jóvenes y osados (por supuesto, eran otros tiempos, no sólo otro país), se tiraron al ruedo a rodar; pero no por los suelos, sino con película de 16 o de 35 mm. ¡Y bien orgullosos, seguros de lo que hacían!: con criterio (distinto del habitual, casi siempre) y mucha honestidad. El resultado no podría haber sido mejor, pues casi ellos solos (además, Jacques Demy o Agnès Varda, por ejemplo) pusieron al cine francés a la vanguardia del lenguaje: la Nouvelle Vague.

No es que surgieran de la nada absoluta, claro (¡estamos hablando de Francia, pour l´amour de Dieu!), pues venían de Melies, Gance, Vigo, Renoir, Carné, Clouzot, Bresson, Tati, Cocteau, Melville, Becker, Tourneur, Ophüls (no, éste no era francés, pero “Madame de…” es puro charme)… No está mal, ¿no?. Sin embargo, su muy moderna y específica influencia aun perdura en su país, es indudable. Aunque también se deja sentir en el resto del mundo; sobre todo, en Europa (piénsese en el “Dogma” danés).

Un aspecto algo irónico de su carrera, y de su posterior influencia, es que todos ellos admiraban a grandes creadores norteamericanos (o europeos nacionalizados estadounidenses): Hitchcock, Lang, Ford, Lubitsch, Ray, Huston, Capra, Hawks, Walsh, Dassin, Mann, Sturges (ambos), Preminger, Wilder, Mankiewicz, Sirk, Peckinpah… No renegaban del clasicismo bien entendido, ni del concepto de “género” (nada que ver con los sexos). Lo curioso de sus planteamientos es que, habiendo profundizado como nadie en el MODO DE REPRESENTACIÓN INSTITUCIONAL (véase Nöel Burch), eran capaces de subvertirlo y de renovarlo, sin destruirlo; o no del todo.

De entre ellos, los dos que llegaron más lejos, quizá, en ese ansia de renovación y de “desguace” de las convenciones, fueron Godard y Resnais. No dejen de ver (es una debilidad mía, lo reconozco) “El año pasado en Marienbad”, del segundo. Godard, tal vez (y me lo temo), sea más un cineasta para cineastas; o, lo que es peor, para críticos. Su radicalidad, encomiable y lúcida, es política, retórica: como un tratado, bien y ostentosamente denotado (pero no un tratado de montaje, sino de des-montaje del cine).

Por lo general, un servidor se decanta más por la poesía de un verso bien narrado y bien fluído, aunque sean versos en prosa. Y si la visión me estremece, entonces es que la receta misteriosa que nos engulle desde la pantalla ha sido bien ensamblada: algo más, mucho más que la suma de las partes. Y, si no, fijaos en Jane Darwell, en “Las uvas de la ira” (John Ford) probarse sus pendientes frente al espejo, poco antes de abandonar su casa… Si no sentís nada, es que estáis muertos.

TO BE CONTINUED

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No hace falta decir nada

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