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Fu Manchú y Ornette han salido juntos de viaje

Debemos decir adiós de nuevo: Christopher Lee y Ornette Coleman. Actor el primero, conocido por todos, imagino (Los “Drácula” de la Hammer y “El Señor de los Anillos”, al menos, me permiten suponerlo); músico de jazz, el segundo.

De Sir Christopher Lee no voy a decir casi nada, ya que le voy a dejar ese privilegio a otro “ilustre de la Serie B”: Jesús Franco (a.k.a. Jess Franco). En este enlace, que os conectará a un artículo de 2004 -Franco ya lleva muerto unos años-, podréis comprobar que los viejos maestros de cierta generación, por muy “B” y cutres que fuesen, sabían narrar; sabían escribir.

¿Lo habéis leído ya?… Poco más se puede añadir, ¿no es cierto?. Excepto que el nombre de Sir John Gielgud está mal escrito; y que, efectivamente, Mr. Lee tenía esa profesionalidad británica, esa presencia carismática, esa planta solemne que pocos poseen. Su físico estaba “diseñado” para representar las figuras en las que, no obstante y -en cierto modo- a su pesar, fue encasillado: vampiros, momias, aristócratas altivos, magos y mil y un “malos malísimos”, en un cine de medio o bajo presupuesto. Por fortuna, al final de su carrera, un blockbuster le compensó, de alguna manera, tanta fatiga en la “Serie B”: la ya mencionada saga, dirigida por Peter Jackson.

De Ornette Coleman (para los entendidos, simplemente Ornette) os diré que descoyuntó el jazz desde finales de los años 50. Él, casi solito -muchos se unirían a esta tendencia, enseguida: su inseparable Don Cherry, John Coltrane, la Escuela de Chicago, Eric Dolphy, Andrew Hill, Cecil Taylor, Jackie McLean y hasta, en cierto modo, los propios Charlie Mingus y Miles Davis, pre-revolucionarios por derecho propio-, desencadenó una onda expansiva, radical y liberadora… ¡Nunca mejor dicho!: el Free Jazz, tan característico de una época (los años 60, sobre todo), equivaldría al informalismo y la abstracción plástica más radicales (Pollock, Rothko, Stella, Rauschsenberg, De Kooning, etc.); de hecho, sería al jazz lo que el atonalismo y el serialismo significaron para la música culta.

Esa anti-música, estridente y desmadrada, tenía, sin embargo, más sentido de lo que la mayoría pudo reconocer en ella. Además, Ornette Coleman poseía un extraño don para la “melodía” (en su caso debiéramos decir, más bien, harmolodía). Baste escuchar esta joya, mil veces versioneada: “Lonely Woman”.

Se nos van ya de dos en dos… Pues eso: que descansen en paz.

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