“Qué difícil es ser un dios” (cuando el cine iguala la realidad)

Alexey German (no entiendo el uso de la grafía “ks”: en español ese sonido es, exactamente, el de la X; que, por cierto, no corresponde a la “ch”. Fdo.: Comité de elusión deliberada de la muy supuestamente mega-trendy y “subversiva” letra K), autor ruso, que falleció antes de ver terminada la película que aquí se comenta (apenas rodó seis, ya que no encajaban demasiado su estilo ni sus puntos de vista con los de la férrea “nomenklatura” soviética), se dejó la piel, y muy probablemente la salud, en este su último proyecto.

El mérito de casi dos décadas de trabajo es encomiable. Y la alegoría, genuinamente rusa, del lodazal al que -no nos engañemos- parece dirigirse toda Europa (otra vez), se entiende mucho mejor si manejamos las claves del gigante del este… No sé si éste es de los que tienen los pies de barro (la Historia nos enseña que son los lodos, la nieve, el frío y los calores extremos, la inmensidad… lo que se pone siempre de su lado), pero se observan ciertos indicios que a toda persona, medio ilustrada y sensible, deben preocupar. En este sentido, resulta sumamente elocuente el documental que se puede ver en esta dirección de “TVE a la carta”.

No deberíamos perdernos tampoco la muy reciente e inquietante “Leviatán”, de Andrei Zvyagintsev: despotismo, crimen, impunidad, abusos de todo poder, desprotección, arbitrariedad, desigualdad galopante y en auge geométrico… muestran una civilización que parece empeñada en precipitarse, UNA VEZ MÁS, hacia una larga “Edad Oscura”.

Como obra cinematográfica, es, sin duda, mucho más disfrutable esta última; si bien, queda lejos de ser una película “fácil”, digamos… Sobre “Qué difícil es ser un dios” he escrito el siguiente comentario, también disponible en “FILMAFFINITY”…

Tras una hora de metraje, el planteamiento estilístico -un hercúleo ejercicio, sin duda- queda de sobra expresado; ¿o, quizá, debiera decir al cabo de quince minutos?… Planos secuencia, en excelente blanco y negro, que -con ópticas especiales, que combinan el primer plano con el hiper-próximo plano de conjunto, frecuentísimos macros y grandes angulares- extienden la profundidad de campo casi de forma ilimitada… Se dan ocasionales excepciones -digamos más convencionales- de este tipo de planificación óptica, pero no son demasiadas. Imagino que los operadores debieron mantener sujeta la cámara, la mayor parte del tiempo, con una steady-cam. Las escenografías rezuman -el verbo no se ha escogido por sus connotaciones metafóricas, ¡ojo!- fluidos: líquidos acuosos y emulsionados; orgánicos e inorgánicos; barro e inmundicia sin cuento. La naturaleza exacta de éstos es difícil de precisar, debido a la fotografía acromática, pero se intuye el realismo; inevitable, en la mayoría de los casos. La lluvia, los vapores insanos y la niebla parecen ubicuos, incluso en los interiores. Se debe observar, pasmado, que los fotógrafos pudieran evitar -yo diría que en todo momento- los salpicones de goterones, esputos y eyaculaciones varias.

Los planos-secuencia oscilan entre lo exquisitamente planificado -esta precisión es la que los autores, Alexey German y sus descendientes, reivindican- y lo improvisado; por no mencionar cierto caos arbitrario. Esta sensación se acrecienta cuando los actores -pocos o ninguno fueron escogidos por ser profesionales- miran al objetivo, como si éste fuese un personaje; es decir: como si se tratase de un plano-subjetivo. En realidad, así es: un plano subjetivo… ¡de casi tres horas!, en el que el personaje inmerso, deambulante, testigo forzoso… es usted mismo: el espectador.

Hablaba al principio de lo que ocurre al cabo de una hora… Y, bueno: lo cierto es que no ocurre NADA (más bien, se diría que lo que ocurre no acaba de tener ningún sentido), en medio de grupos abigarrados, prietos, casi en permanente trajín y violencia. ¡O sí!: ocurre que el espectador renuncia a esperar que ocurra algo. Como decía, el portentoso ejercicio de estilo ha quedado claro, reconocido su mérito; pero la perspectiva de otras dos horas de, exactamente, lo mismo, hace que uno se revuelva en el asiento y mire el reloj. Varios se levantan de la butaca, pero no van al escusado… Un servidor, cinéfilo recalcitrante, resiste y observa: no quiero marchar sin elevar un veredicto con todas las pruebas bien analizadas.

Y ya que la “línea argumental” (algún nombre habrá que darle) no nos sumerge en una subyugante narración, concepto al que luego volveré, uno se entretiene, desde luego, en la observación de cientos de detalles, por mucho que éstos se recreen en lo redundante, en el hastío, en la náusea; además, terminas por enfrascarte en la constatación de las fuentes iconográficas: son evidentes Pieter Brueghel, El Bosco, Tarkovsky -si bien es cierto que en un solo plano de éste puede sentirse el escalofrío de lo sublime: información y sensación, ambas, con una precisión emocionante-, Elem Klimov, Miklós Jancsó… Pasolini, y también Fellini… Y Béla Tarr, claro; aunque de éste sólo conozca algunas referencias y secuencias.

El mérito -o los méritos- de propuesta tan radical es evidente: coherencia y trabajo ímprobo, impecable, de técnicos, director artístico, maquilladores, encargados de vestuario y demás parafernalias… No puede dejar de admirarse tanta determinación, tanto tesón. El problema es que…

El problema es que una obra abstracta -de tesis: una sola; que el estado natural del mundo es ser un lodazal y un estercolero; y que la Cultura y la Ciencia son logros precarios y muy vulnerables-, la cual le obliga a uno a mantenerse tres horas frente a la misma (al menos, Pollock, Rothko, Palazuelo o Tàpies no me fuerzan a llegar tan lejos; y consiguen emocionarme incluso más), acaba por resultar una tortura. Y, en cuanto a la tesis, uno no podría estar más de acuerdo; pero tres horas de mi vida, a ciertas edades, se cotizan ya a unos precios incalculables… Por otro lado, el cine es TAMBIÉN (creo que debería serlo) un ARTE NARRATIVO, no meramente descriptivo: la sabia y equilibrada combinación de éstos y otros elementos, han convertido al cine en lo que es: fuente de placer, conocimiento, espiritualidad, emoción y fascinación. Todo lo demás, por desgracia, se da en la vida diaria y real con pasmosa y redundante abundancia.

Un último detalle: el uso del doblaje en la sonorización original de la película (imagino imposible una toma directa de sonido en medio de semejante caos de colgajos inmundos) distancia AÚN MÁS al espectador de lo que ve. Lamentablemente, la inexpresividad monótona de la voz protagonista -un célebre, en Rusia, Leonid Yarmolnik-, multiplica este efecto somnífero.

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Strand, Paul / Zurbarán / Sol Lewitt / Public Image Ltd. / Bares castizos / ETC. (no necesariamente en este orden)

Comentaba hace unas semanas que se celebraba una exposición extraordinaria en la Fundación Mapfre de Madrid: lo confirmo. Paul Strand: composición, visión, abstracción y profundización en el objeto y en la presencia humana. Uno de los auténticos pioneros de una forma nueva de entender la fotografía, aún vigente (aunque naciera lo bastante pronto como para pasar por las fases más “académicas” de este arte).

Es una de las cosillas que me han mantenido estimulado en la brevedad del estío, en medio de este paulatino marasmo en que -nos guste reconocerlo o no- deviene la vida. Bien… Lo cierto es que la “rifa” de vacantes para profesores interinos, que empieza mañana (en Cantabria), no forma parte ya de ese posible repertorio de estremecimientos… ¡Qué se le va a hacer!

Pero hay más… La última es mi repentina, inesperada, inopinada recuperación del “Metal Box” -o del “Second Edition”, en EE. UU.-, de Public Image Ltd. Escuchado en una grabación hecha en cinta cromo de cassette (repito: ¡en cassette!), el minimalismo radical y fructífero de Lydon, a.k.a. Rotten, Wobble et al (lo sé: se diría taaaaaan a menudo que minimalismo y fructífero resultan ser pareja de antónimos tan perfectos, que se disculpa el comprensible respingo de muchos), a mis 50 años, aún me inquieta; aún me provoca y me inyecta sensaciones… ¡que parecían dormidas, sí!; o, como mínimo, atenuadas: mientras haya vida, habrá esperanza… Lo cierto es que ese disco de 1979 -su posesión- siempre se me resistió; pero es lo normal, consideradas su relativa rareza y carestía.

En definitiva, física e intelectualmente, como ya he apuntado, me asalta el gozoso estímulo REAL de una de las cumbres de la última corriente sólida y potente, definitoria de aquello que, ya extinguido, supuso un semillero de talento, pero también una industria y un negocio; por lo tanto, un fenómeno cultural: la música Pop-Rock, popular, o como se quiera llamar. Más en concreto: el POST-PUNK.

Lo digo consciente de clamar acerca de una cresta muy crecida y luminosa… ¡oh, infelice, desde la contemporánea hondonada del valle más lóbrego!, si bien convencido éste de ser llanura abierta. Sí, tal vez: como un enorme desierto de trillones de Giga-bits.

Por lo tanto: escúchense “Poptones”, “Careering”, “Socialist” o el machaque demoledor de “Chant”. Creo que son los mejores antídotos frente a una idiotización generalizada de auto-tune y reguetón. Probadlo.

Y ya que he mencionado el MINIMALISMO… Acabo de ver la exposición de murales de Sol Lewitt en la Fundación Botín de Santander. Creo que aclara que talento, pensamiento (¡creativo!), coherencia y GEOMETRÍA… ¡NO ESTÁN REÑIDOS!… Les dedico esta breve y deslavazada reflexión a mis alumnos de Dibujo Técnico; pasados y futuros. Sobremanera, a los muy radicales y concienciados aspirantes a artistas. Os deseo suerte; y lucidez; y empuje.

ZURBARÁN: en el Thyssen de Madrid. Buena oportunidad para ver obras que los que no viajamos no veríamos jamás… Me sigue conmoviendo el ascetismo no ultra-rrealista del extremeño. Y la luz en sus tejidos; ésta sí, más bien, hiperrealista.

De otro tipo de obra maestra quisiera hablar ahora: la del bar castizo y más español. Difícil resulta encontrar mejores ejemplos que en Madrid; de hecho, empieza a ser difícil ya, INCLUSO, encontrarlos en Madrid, donde ya he detectado, en mi breve viaje de julio, algún deceso trágico (El “Mesón Sancho”, de la calle León, me temo, si no estoy muy confundido)… Y aunque no sea una “novedad”, lo es, sin duda, para mí: “El Palentino”, de la calle del Pez. A estos lugares, bares, buenos para conversar -y para tomarse un gazpacho en copa-, les brindo mi más sincero homenaje… ¡antes de que sea demasiado tarde!

Panorámica entrañable

Otra cosa que se detecta en la prensa nacional de presunto primer orden es la presencia de “articulistas”, temibles, que no habrían aprobado el examen de “redacción” de una reválida de las de antaño; ni tan siquiera una sencilla prueba escrita -incluso al dictado- del Bachillerato de los tiempos de la Ley Villar Palasí… ¡Y no exagero ni un ápice!… Desde aquí, ruego humildemente a Ray Davies que los perdone, porque no saben lo que hacen (literal… literariamente).