Nunca se fue… Homenaje al disco de vinilo y otras disquisiciones (Digital Vs. Analógico)

No hace tanto que le leí al muy experto e ilustre D.A.M. (Diego Manrique) una afirmación taxativa: el C.D. suena mejor que el L.P. de vinilo. No se puede poner en duda la vasta acumulación de sabiduría, audiciones, datos y criterio del señor Manrique. Sin embargo… debo confesar que mi corazoncito audiófilo y analógico pegó un brinco entonces. Entiéndase: no un vuelco descomunal, indignado y escandalizado, pero sí lo suficientemente afectado como para preguntarse, la criatura, cómo se llega a esa conclusión con tantas horas de vuelo a la espalda. (N. del A.: El susodicho y recién mencionado -sí, el autor- confirma que se afeita cada mañana; y que, aunque hace ya un tiempo que disfruta de una hermosa bicicleta todo lo que su cuerpo y el tiempo le permiten, no pertenece a ningún “Club Hipster” de la región, ni alrededores).

Semejante falta de “finura”, de sutileza, me confirmó lo que yo ya me temía desde hace tiempo: que ni las élites del medio han llegado a respetar una de las facetas esenciales de la música; ni a profundizar lo suficiente en ella: su grabación, conservación y reproducción. Nada menos… Un poco como si esa “obsesión” denotase ciertas tendencias esnob o burguesas deplorables, “ya que lo esencial de la música es la música misma”…  ¡Como si el sonido de la música no fuera un elemento consustancial de la misma!

Excesos puristas o audiófilos aparte -que los hay y los padecemos, en mayor o menor medida, todos los que amamos la música-, no puede ignorarse que ciertas condiciones técnicas mínimas son imprescindibles a la hora de escuchar, de forma óptima, lo que para muchos es un elemento más: como el agua o el aire lo son, digo aquí sin temor a exagerar.

Así pues, ¿en qué aventaja CON CLARIDAD el C.D -o, si lo prefieren, los formatos digitales- al disco negro?:

  1. Capacidad de almacenaje: Yo no hubiese podido disfrutar de los grandes ciclos clásicos o jazzísticos sin el C.D., reconozcámoslo. Por lo tanto, fuera de mi alcance hubieran permanecido los cuartetos y sonatas de Beethoven, Las Pasiones o las cantatas de Bach, las sinfonías de Mahler o las de Bruckner (son sólo unos pocos ejemplos bastante llamativos), por no hablar de óperas u oratorios de todas las épocas. Tampoco se hubiesen escuchado, a un precio razonable y sin interrupciones, las actuaciones en vivo de John Coltrane en el “Village Vanguard”.
  2. Tamaño: Discos duros aparte, no se ha inventado otro soporte -discreto y dotado de “personalidad”- que ocupe menos espacio. Esto también ha sido de agradecer.
  3. Optimización de la fuente: En general, se puede decir que es más fácil y barato (o, mejor dicho, menos caro) sacarle a una fuente digital todo su potencial sonoro. Todos nos tememos que el vinilo es… ¡bastante más exigente!
  4. Ausencia casi absoluta de ruidos y de “parásitos”: A no ser que las fuentes originales sean analógicas, las grabaciones digitales -y su consiguiente reproducción- carecen de ese inconveniente.
  5. Potencial en las dinámicas sonoras / Distorsión: Por lo general, resulta muy acusado el “poderío” de las fuentes digitales en este aspecto. El resultado audible del mismo es que es posible generar un gran nivel sonoro -y muy rápidos, repentinos y grandes “desniveles” en este parámetro- con muy escasa distorsión. Debo rogar ahora que se regrese al punto 3; de nuevo y sin embargo.
  6. Copiabilidad: ¡Bueno, sí!… ¡También esto! (y que tire la primera piedra el que esté libre de culpa, ¿no?).

Por lo que respecta al vinilo, se alude mucho, últimamente, a ciertos valores intrínsecos que el propio objeto y su contenedor poseen. Esto es indudable; pero, aunque hayan sido dichos valores, quizá, los que durante décadas me han atado a la inmensa mayoría de mi colección propia y heredada, nunca he dejado de intuir o -según lo he ido confirmando- de SABER que la fuente analógica es más… ¡lógica!: que se acerca más a la naturaleza del sonido, y que lo devuelve a nuestros oídos de una forma más fiel y orgánica. De sobra es sabido, por la mayoría de nosotros, que los “armónicos” de los entornos y fuentes acústicos se pierden en la transcripción digital. Al menos, podría decirse que dichas sutilezas se reducen o se transforman en algo… distinto.

Lo cierto es que un equipo de alta fidelidad analógico bien equilibrado y con componentes de calidad media-superior o superior, adecuadamente ensamblados y montados, en el que se reproduzcan elementos bien grabados y bien prensados… emitirá un sonido de una calidad tal que no podrá ser superada por ninguna fuente digital… Debe reconocerse este inconveniente, tal vez: el nivel de exigencia y de calidad óptimas para un equipo de tales características. Pero creo que es posible tener un equipo analógico, más que digno, por un precio razonable y asequible para la mayoría. Lo que sí que suelen faltar (más que el dinero) es el criterio y la información necesarios para seleccionarlos y adquirirlos… ¡no digamos para instalarlos! De ahí la necesidad de dejarse asesorar por auténticos expertos o, al menos, por usuarios bregados y generosos.

Nada más. He dicho.

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Van Gelder, Hutcherson y otros hitos / Incertidumbres

Las vacaciones de verano del año 2016 terminan. Y lo hacen como Cantabria se merece: con vientos sostenidos del norte y lluvia; en agosto… Lo cierto es que éstos y otros indicios, de cómo podría estar cambiando -por nuestra culpa- el pequeño globo azul en el que tratamos de salir adelante todos, ya serían motivo más que suficiente para reflexionar… ¿y actuar?

Acción veo poca o inútil (mejor no mentar a la “clase política”, ¿verdad?). También por mi parte… Sé que he sugerido -y hasta prometido- continuar por ciertas líneas, y que también he escrito sobre futuros proyectos… Merezco, casi igual que “ellos”, el escepticismo de la mayoría, pero debo explicarme: mi cabeza, como es habitual, ha seguido en funcionamiento, atendiendo dichos asuntos (entre otros muchos, claro está).

Podría enfocar aún mi mirada, acosada por la presbicia, hacia el final de tantos que, con sus muertes, van situando hitos gloriosos -pero negros- por la avenida que nos lleva al páramo en el que las referencias se han difuminado tanto (si no son las del horror y la incertidumbre, ahora tan ciertas) que parecen haber borrado al opresor y al enemigo; también al líder y el ejemplo… Entre las cegueras inducidas y las voluntarias (todas cobardes), ¡vamos apañados! Pero ése es un tema tan vasto como el páramo difuso.

Rudy Van Gelder, por ejemplo: para la mayoría no iniciada en el mundo del jazz este nombre, de evocaciones germanas, no dice nada. Sin embargo, su aportación a la grabación e inmortalización (concepto cuya mera coherencia y vigencia, me temo, empiezan a ponerse en duda; cada vez más) de los sonidos más clásicos y excitantes de la música -principalmente afro-americana, pero no sólo- de la mitad y finales del siglo XX, es abrumadora. Podría decirse que Van Gelder resultó ser uno de los pocos técnicos que creó un sonido peculiar y reconocible. Sus sesiones míticas para Blue Note bastan para certificar lo que digo.

Y el vibrafonista Bobby Hutcherson lo supo bien, pues a él Rudy lo grabó en innumerables sesiones… Bobby también nos dejó. En fin… He tendido a dejar reposar un hilo que me inclinaba en exceso a centrarme en el pasado: por razones obvias. Y, aunque no confíe demasiado en el futuro… y además lo que me ancla al mismo es, paradójicamente, un cuasi-supersticioso retorno al pasado (nada que ver con Jacques Tourneur o Bob Mitchum, ni con el milagrosamente vivo Kirk Douglas, ¡ya me gustaría!), más que hablar de los logros de los muchos que nos van dejando, pienso cada vez más en qué podría hacer yo, en lo que me quede aquí, que alguien pudiera considerar, tras de mí, como útil o digno de ser recordado… Lo malo de la mayoría de la existencias es que tienden a desparramarse en la “entropía” más allá de la Gran Nada. Y es una pena: no aprender a cristalizar, de alguna forma, cada uno de nosotros, el gran valor que todo ser humano atesora antes de que nuestra conciencia se esfume.

Me acucia ahora, no obstante, cierta preocupación; bastante trivial, pero específica: resulta que los textos que por aquí se difunden con tanta facilidad, los vierto de forma voluntaria en un medio público que me los arrebata, por así decirlo, en cuanto los hago públicos. De ahí que me plantée otras opciones, entre las que no descarto las más clásicas. Aún no he tenido ni la energía ni la presencia de ánimo para tomar decisión alguna.

Lo cierto es que este proyecto a largo plazo, al que le he dado ya algunas vueltas, implica poner en juego lo más personal e íntimo que poseo: mi experiencia, mi vida. De ahí que no deba tomármelo demasiado a la ligera. Espero que mis escasos seguidores lo entiendan.

Por el momento, me pide el cuerpo un “ensayo” sobre el binomio DIGITAL Vs. ANALÓGICO. No es tan… trascendente, pero se merece unos párrafos. A continuación.

Siempre fiel a la música, autógrafos barrocos en tinta permanente y atractivos aniversarios remotos del otro Elvis -Y segunda parte-

Puede que fuese ese mismo año de 1977, acaso un año después, cuando mi padre, que no era dado a sorpresas ni a dádivas (ciertamente, los discos -de vinilo, por supuesto- aún podía considerarse objetos de lujo por aquella época; y a la familia le sobraban, ya por entonces -y por desgracia-, motivos para no fomentar los dispendios), se paró frente al escaparate de aquella tienda de discos de la calle Rualasal (pienso que debía ser el breve muestrario de la sección de microsurcos de los fenecidos almacenes “Pérez del Molino”).

Yo solía llevar a cabo la infructuosa pero fascinante ceremonia de parar allí e inventariar esas portadas -que solían tardar semanas o hasta meses en renovarse-, pues lo normal es que me conformase con contemplar las ingeniosas carátulas de unos objetos que, parecía, nunca me pertenecerían… Y lo solía hacer, a pesar de que aún me encontraba en una fase muy temprana (cambios muy radicales, en este aspecto, ya eran inminentes) de mi afición por lo más avanzado del pop y el rock. El resto de los géneros -a excepción de la música clásica, ya bastante afianzada desde niño- irían acumulándose poco a poco… Pienso que, si no los llegué a disfrutar y a apreciar antes, tan solo se debió al simple hecho de que eran inasequibles para mí: por motivos sociales, culturales y, sobre todo, económicos.

Dejamos a mi padre parado frente al escaparate de “Pérez del Molino”; año 77 o 78… Para mi sorpresa, como ya he dicho, me aseguró que podía escoger un disco L.P. como regalo de cumpleaños; así que esto debió ocurrir hace casi justo 39 o 38 años… Y no: no fue el de Elvis Costello, sin los Attractions.

De Costello podría haber oído hablar ya en la radio de frecuencia modulada de la época, aún en mantillas. Creo recordar que fue Charly Charlón el que programaba, de vez en cuando, algunas novedades. Y, sin llegar a los excesos del punk, sí que recuerdo que el sello “Stiff” era mencionado a menudo (Ian Dury, sobre todo).

El disco finalmente elegido fue “Even in the Quietest Moments”, de Supertramp. Aún lo conservo y goza de una razonable salud, a pesar de la edad y de las miles de veces que esos surcos han sido transitados por agujas no siempre en óptimo estado… Lo sé: no parece una elección muy impresionante, pero téngase en cuenta que, en cuestión de pocos meses, apenas uno o dos años, éste que les habla ya estaba comprando (con cuentagotas, eso sí) o ansiando (de hecho, esto era lo más habitual) vinilos de Bob Marley, Joy Division, David Bowie, Television, Echo & The Bunnymen, Magazine, Pretenders, Associates, Talking Heads, Heaven 17, Pere Ubu, Suicide, The Velvet Underground, Lou Reed o… ¡Elvis Costello, sí!

De Elvis el primero fue “This Year´s Model”, adquirido de oferta (junto a “Facing You”, de Keith Jarret: otro disco, para mí, decisivo) en una fugacísima y muy pequeña tienda de discos, que apenas resistió uno o dos años en la calle Camilo Alonso Vega. El impacto de aquel disco aún se podría considerar trascendental e indeleble… Y téngase en cuenta que todo lo que se nos transmitía a la mayoría de los españolitos de entonces llegaba a través del sonido, pues las letras nos eran inalcanzables y hasta cierto punto, imagino, indiferentes.

A veces, cuando recuerdo estos momentos de mi propia vida, la sensación se difumina tanto que parece la huella apenas imperceptible del recuerdo de una proyección de una joya del cine silente: como si me contemplase a mí mismo y a mi padre en un montaje y planificación que, aunque suelen variar, a veces incluyen trávelins y alguna majestuosa grúa. Me pregunto qué será de estos recuerdos cuando mi mente se nuble tanto -por efecto de la demencia o de otros factores debilitantes- que apenas sepa reconocer lo inmediato, el presente… Se dice a veces que los matices, los detalles y el “contraste” de la imagen de lo muy remoto, paradójicamente, se recuperan a las puertas de Lo Desconocido (me temo que no tendré la oportunidad de confirmárselo).

Lamentablemente, sospecho que los recuerdos se me fueron debilitando y difuminando tanto para así ignorar lo mucho que hubo de insoportable… Podría decirse que fue la música -una suerte de banda sonora para una peripecia que se supo siempre proyecto en vano, aun sin renunciar del todo, no hasta tiempos recientes, a ciertos sueños- la que me sirvió siempre de “hilo conductor” o “bastidor”, más sólida que la realidad misma… De ahí que la naturaleza propiamente etérea de la armonía, los ritmos, las melodías, los timbres y los modos se muestren como lo más vívido -si no es LO ÚNICO- de aquello que sostiene mi memoria.

No sé si alguien por ahí podrá entender ni media palabra de lo que os digo… Espero no fracasar, como es habitual, con el cien por cien de mis escasísimos lectores. Agradecería, en tal caso, alguna señal: con un “like it” me basta (por supuesto, estoy bromeando: en parte).

Vuelvo al día 6 de agosto de 2016: antes de ayer… Y lo hago antes de que este recuerdo se me licúe, como todos lo hacen, más pronto que tarde… Palacio de Festivales de Santander… Una buena amiga (conviene tenerlas hasta en el infierno) me facilita el privilegio de colarme en las salas más recónditas del edificio, tras las más de tres horas de sublime Pasión.

Llevo conmigo la copia de “Archiv”, importada de los EE.UU., de la misma obra que Sir John y los suyos había editado en 1989. La he poseído durante 24 años (casi la mitad de mi vida), y tengo claro que sería uno de los objetos que llevaría a mi isla desierta.

Veo al director casi en el quicio de una puerta que, imagino, comunica con las zonas más íntimas para músicos y demás artistas. Parece estar hablando con alguien; tal vez esperando. No sé si ya se le ha dicho que un selecto grupo de espectadores se dirigen hacia allá. En concreto, una vistosa mujer de “upper-class” con su aún más vistosa y vertiginosa hija; una pareja de mediana edad, no tan vertiginosa, pero con un evidente encanto, que luego descubrí procedían del sur de Irlanda (él al menos); y un servidor… Resultaba palmario que el único que descendía desde el “gallinero” del teatro era yo mismo (por una vez en la vida, estar más arriba no suponía ningún privilegio). Y el único que no llevaba consigo una copia de “La música en el castillo del cielo”, del propio Gardiner.

Lo que me induce a reflexionar sobre el estado en que está quedando lo que pareció un día tan sublime que resultaba, simplemente, inalcanzable. De ahí que la lectura de “Música ifiel y tinta invisible” de Elvis Costello me resulte en estos momentos tan placentera: sobremanera, su ejercicio desmitificador y ciertamente humanizador de aquéllos y de otros “totems”. Sin embargo, si me pongo en su lugar, no me sorprendería que ellos se estén preguntando cómo ha podido llegar a caer todo tan bajo…

Sea como sea, allá me encontraba yo, con mi micro-discurso en inglés semi-preparado, a tan sólo un metro y medio de Sir John Eliot Gardiner… De repente, detrás de él (de hecho, acabaron saludándose ambos, brevemente), aparece el oboista principal de la orquesta: mi falta de reflejos y mi incomodidad, supongo, me impidieron acercarme a él para felicitarlo, tal como me había rogado mi hija (ya una aventajada estudiante del divino instrumento). Así que podía añadir, a una larga lista, otro fracaso… No obstante, la “pieza mayor” aún no se me había escapado… Tras unos segundos, compruebo que los irlandeses han terminado su breve pero animada conversación con el músico: era mi turno…

Me dirigí a él con la mano tendida y con un “Sir John!” en la boca… No hubo ninguna respuesta que no fuera visual o manual (como ya dije, nos estrechamos ambos las manos). Por lo que se refiere a la primera, se diría que mi precipitada manera de centrar la atención sobre mi copia de la Pasión según San Mateo, así como un indescriptible balbuceo por mi parte (mi semi-preparación resultó poco menos que inútil), disuadieron, de alguna forma, a mi imponente interlocutor. O puede que no considerase de buen gusto que un plebeyo español se dirigiera a él como “Caballero de la Real Orden”… En todo caso, hubo una cierta frialdad en su reacción. Sospecho que el que yo le ofreciera un rotulador permanente rojo para firmar sobre la sagrada imagen del Cristo de Lucas Cranach pudo ser considerado, como mínimo, una frivolidad; si no como una simple blasfemia… Así pues, Sir John procedió, sin mediar palabra, a firmar cuidadosamente sobre el reducido margen superior de la caja de tan eminente grabación. Mientras, creo recordar que aún tuve tiempo de expresarle mi agradecimiento y admiración por tan extraordinario concierto. No sé si el director llegó a musitar algún tipo de sonido gutural en señal de reconocimiento.

Me preocupa que uno, sin ser muy consciente de ello, transmita algún tipo de mensaje que resulte inconveniente, inquietante, tal vez demasiado osado y familiar… ¡ya que no hace ni tres semanas que con el venerable Krzysztof Penderecki sintiese casi la misma gélida distancia!: una especie de paciente cortesía.

Penderecki, Recortada-Provis

Péter Csaba mira de forma compasiva (o eso parece) al fotógrafo de la sesión

Cuando al marchar de allí, guiados todos por mi buena amiga, pasé junto al maestro, aún hubo un momento en el que percibí su recelosa y sostenida mirada, como si aún estuviera preguntándose quién podía ser aquel osado “cazador de trofeos” titubeante… Por el camino hacia la salida, el caballero de Cork y yo mismo mantuvimos una breve pero animada charla. Esta vez en perfecto inglés: con acento irlandés, por supuesto.

Siempre fiel a la música, autógrafos barrocos en tinta permanente y atractivos aniversarios remotos del otro Elvis (a.k.a. Declan Patrick) -Primera parte-

Elvis Costello y los Attractions actuaban el día 7 de agosto de 1977 en la sala “The Nashville Rooms”, que, al contrario de lo que podría sugerir tal nombre, está (o estaba: no me consta, de momento) en la zona metropolitana de Londres: West Kensington, al parecer. Quise hacer ayer una glosa del momento, con el obvio motivo del aniversario en curso: 39 añazos. En algún momento volveré sobre ello.

Pero no hubiese caído en la cuenta de tal coincidencia de no ser porque me encontraba en pleno proceso de recuperación de las grabaciones del evento, que se adjuntaron a la edición “Deluxe” del “My Aim Is True”. En ese disco -el primero del nuevo Elvis– de hecho no tocaban los Attractions, sino un grupo americano llamado “Clover”, alguno de cuyos miembros terminarían siendo célebres y millonarios; no gracias a Costello, sino a un tal Huey Lewis (& The News, yes). Las grabaciones en el “Nashville” muestran a un grupo apenas recién formado.

Costello

El caso es que lo del gozoso primer disco de Costello, y las grabaciones en vivo, es casi tan sólo una excusa para:

  • A/ Elaborar una reflexión sobre lo que uno podía estar haciendo, pensando y sintiendo hace casi 40 años; y sí: algo acerca del demoledor paso del tiempo.
  • B/ Comentar mi lectura de “Unfaithful Music & Disappearing Ink”, las memorias del propio Elvis Costello (Declan Patrick MacManus).

De estas últimas puedo decir que las estoy gozando: el personaje y sus circunstancias son contemplados con ironía, inteligencia, una memoria que a mí se me antoja prodigiosa (¡y envidiable!), así como con una descacharrante y distanciada sorna. Todo ello lo ordena y orquesta un narrador con talento y evidentes aptitudes en el manejo del lenguaje y la peripecia. Y eso es algo que ni siquiera los muy frecuentes gazapos de la traducción -evidentemente elaborada a presión y sin las necesarias revisiones; por traductores sin unos mínimos e imprescindibles conocimientos musicales *- pueden mancillar u ocultar.

Desde luego, si se admira al músico y al personaje: a ambos; si se conoce aquel tiempo, su música y sus protagonistas, el placer es incluso mayor. Pero quiero pensar que cualquiera podría leer estas memorias y descubrir una especie de “fresco”, desmitificador pero nunca demasiado cínico (es decir: atento al detalle, pero sin llegar al hiperrealismo obsceno), para una época y un ambiente que -ya todos los que alcanzamos cierta edad lo tememos- parece irrepetible… Además, Declan Patrick describe sus raíces con una precisión, profundidad, sabiduría y ternura a veces, incluso, conmovedoras (sin abandonar nunca la ironía y hasta el sarcasmo). ¡Por no hablar de lo que supone crecer en Liverpool o Londres, durante los años 60, con un músico profesional en casa!

Lo que me lleva a mí mismo; otra vez: a mis propias anécdotas, a lo que la vida le depara a un insignificante aficionado a la música, “disperso” entre gustos universales, español de mediana edad, enraizado en una también mediana (me temo que, asimismo, mediocre) ciudad del norte de lo que un día hubo en llamarse España, por mucho que la propia June Tabor nos haya cantado ¡hasta dos veces!, siquiera de soslayo y como de telón circunstancial de fondo para una epopeya de amores fallidos, allá por los postreros años 80… (y nosotros, claro, ¡ni nos habíamos enterado!).

Ayer me di la mano con Sir John Elliot Gardiner. El majestuoso encuentro duró unos segundos. Mañana daré más detalles (y sí: el concierto, la versión de los English Baroque y el Monteverdi de la Gran Pasión del Gigante Bach estuvieron a la sublime altura de su reputación).

Pasión Mateo Bach, Monteverdi

 

* Piénsese en que, por ejemplo, a Dusty Springfield la han cambiado de sexo: creo que una de mis heroínas de la infancia (sobre todo gracias a “I Only Want To Be With You”) no se merecía que se llegase tan lejos con ella, a pesar de que numerosos -y, ciertamente, nada insignificantes- detalles de su vida personal no la encuadrasen, precisamente, en una perfecta y convencional heterosexualidad… ¡Pero de ahí a llamarla “el héroe local”!