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Siempre fiel a la música, autógrafos barrocos en tinta permanente y atractivos aniversarios remotos del otro Elvis -Y segunda parte-

Puede que fuese ese mismo año de 1977, acaso un año después, cuando mi padre, que no era dado a sorpresas ni a dádivas (ciertamente, los discos -de vinilo, por supuesto- aún podía considerarse objetos de lujo por aquella época; y a la familia le sobraban, ya por entonces -y por desgracia-, motivos para no fomentar los dispendios), se paró frente al escaparate de aquella tienda de discos de la calle Rualasal (pienso que debía ser el breve muestrario de la sección de microsurcos de los fenecidos almacenes “Pérez del Molino”).

Yo solía llevar a cabo la infructuosa pero fascinante ceremonia de parar allí e inventariar esas portadas -que solían tardar semanas o hasta meses en renovarse-, pues lo normal es que me conformase con contemplar las ingeniosas carátulas de unos objetos que, parecía, nunca me pertenecerían… Y lo solía hacer, a pesar de que aún me encontraba en una fase muy temprana (cambios muy radicales, en este aspecto, ya eran inminentes) de mi afición por lo más avanzado del pop y el rock. El resto de los géneros -a excepción de la música clásica, ya bastante afianzada desde niño- irían acumulándose poco a poco… Pienso que, si no los llegué a disfrutar y a apreciar antes, tan solo se debió al simple hecho de que eran inasequibles para mí: por motivos sociales, culturales y, sobre todo, económicos.

Dejamos a mi padre parado frente al escaparate de “Pérez del Molino”; año 77 o 78… Para mi sorpresa, como ya he dicho, me aseguró que podía escoger un disco L.P. como regalo de cumpleaños; así que esto debió ocurrir hace casi justo 39 o 38 años… Y no: no fue el de Elvis Costello, sin los Attractions.

De Costello podría haber oído hablar ya en la radio de frecuencia modulada de la época, aún en mantillas. Creo recordar que fue Charly Charlón el que programaba, de vez en cuando, algunas novedades. Y, sin llegar a los excesos del punk, sí que recuerdo que el sello “Stiff” era mencionado a menudo (Ian Dury, sobre todo).

El disco finalmente elegido fue “Even in the Quietest Moments”, de Supertramp. Aún lo conservo y goza de una razonable salud, a pesar de la edad y de las miles de veces que esos surcos han sido transitados por agujas no siempre en óptimo estado… Lo sé: no parece una elección muy impresionante, pero téngase en cuenta que, en cuestión de pocos meses, apenas uno o dos años, éste que les habla ya estaba comprando (con cuentagotas, eso sí) o ansiando (de hecho, esto era lo más habitual) vinilos de Bob Marley, Joy Division, David Bowie, Television, Echo & The Bunnymen, Magazine, Pretenders, Associates, Talking Heads, Heaven 17, Pere Ubu, Suicide, The Velvet Underground, Lou Reed o… ¡Elvis Costello, sí!

De Elvis el primero fue “This Year´s Model”, adquirido de oferta (junto a “Facing You”, de Keith Jarret: otro disco, para mí, decisivo) en una fugacísima y muy pequeña tienda de discos, que apenas resistió uno o dos años en la calle Camilo Alonso Vega. El impacto de aquel disco aún se podría considerar trascendental e indeleble… Y téngase en cuenta que todo lo que se nos transmitía a la mayoría de los españolitos de entonces llegaba a través del sonido, pues las letras nos eran inalcanzables y hasta cierto punto, imagino, indiferentes.

A veces, cuando recuerdo estos momentos de mi propia vida, la sensación se difumina tanto que parece la huella apenas imperceptible del recuerdo de una proyección de una joya del cine silente: como si me contemplase a mí mismo y a mi padre en un montaje y planificación que, aunque suelen variar, a veces incluyen trávelins y alguna majestuosa grúa. Me pregunto qué será de estos recuerdos cuando mi mente se nuble tanto -por efecto de la demencia o de otros factores debilitantes- que apenas sepa reconocer lo inmediato, el presente… Se dice a veces que los matices, los detalles y el “contraste” de la imagen de lo muy remoto, paradójicamente, se recuperan a las puertas de Lo Desconocido (me temo que no tendré la oportunidad de confirmárselo).

Lamentablemente, sospecho que los recuerdos se me fueron debilitando y difuminando tanto para así ignorar lo mucho que hubo de insoportable… Podría decirse que fue la música -una suerte de banda sonora para una peripecia que se supo siempre proyecto en vano, aun sin renunciar del todo, no hasta tiempos recientes, a ciertos sueños- la que me sirvió siempre de “hilo conductor” o “bastidor”, más sólida que la realidad misma… De ahí que la naturaleza propiamente etérea de la armonía, los ritmos, las melodías, los timbres y los modos se muestren como lo más vívido -si no es LO ÚNICO- de aquello que sostiene mi memoria.

No sé si alguien por ahí podrá entender ni media palabra de lo que os digo… Espero no fracasar, como es habitual, con el cien por cien de mis escasísimos lectores. Agradecería, en tal caso, alguna señal: con un “like it” me basta (por supuesto, estoy bromeando: en parte).

Vuelvo al día 6 de agosto de 2016: antes de ayer… Y lo hago antes de que este recuerdo se me licúe, como todos lo hacen, más pronto que tarde… Palacio de Festivales de Santander… Una buena amiga (conviene tenerlas hasta en el infierno) me facilita el privilegio de colarme en las salas más recónditas del edificio, tras las más de tres horas de sublime Pasión.

Llevo conmigo la copia de “Archiv”, importada de los EE.UU., de la misma obra que Sir John y los suyos había editado en 1989. La he poseído durante 24 años (casi la mitad de mi vida), y tengo claro que sería uno de los objetos que llevaría a mi isla desierta.

Veo al director casi en el quicio de una puerta que, imagino, comunica con las zonas más íntimas para músicos y demás artistas. Parece estar hablando con alguien; tal vez esperando. No sé si ya se le ha dicho que un selecto grupo de espectadores se dirigen hacia allá. En concreto, una vistosa mujer de “upper-class” con su aún más vistosa y vertiginosa hija; una pareja de mediana edad, no tan vertiginosa, pero con un evidente encanto, que luego descubrí procedían del sur de Irlanda (él al menos); y un servidor… Resultaba palmario que el único que descendía desde el “gallinero” del teatro era yo mismo (por una vez en la vida, estar más arriba no suponía ningún privilegio). Y el único que no llevaba consigo una copia de “La música en el castillo del cielo”, del propio Gardiner.

Lo que me induce a reflexionar sobre el estado en que está quedando lo que pareció un día tan sublime que resultaba, simplemente, inalcanzable. De ahí que la lectura de “Música ifiel y tinta invisible” de Elvis Costello me resulte en estos momentos tan placentera: sobremanera, su ejercicio desmitificador y ciertamente humanizador de aquéllos y de otros “totems”. Sin embargo, si me pongo en su lugar, no me sorprendería que ellos se estén preguntando cómo ha podido llegar a caer todo tan bajo…

Sea como sea, allá me encontraba yo, con mi micro-discurso en inglés semi-preparado, a tan sólo un metro y medio de Sir John Eliot Gardiner… De repente, detrás de él (de hecho, acabaron saludándose ambos, brevemente), aparece el oboista principal de la orquesta: mi falta de reflejos y mi incomodidad, supongo, me impidieron acercarme a él para felicitarlo, tal como me había rogado mi hija (ya una aventajada estudiante del divino instrumento). Así que podía añadir, a una larga lista, otro fracaso… No obstante, la “pieza mayor” aún no se me había escapado… Tras unos segundos, compruebo que los irlandeses han terminado su breve pero animada conversación con el músico: era mi turno…

Me dirigí a él con la mano tendida y con un “Sir John!” en la boca… No hubo ninguna respuesta que no fuera visual o manual (como ya dije, nos estrechamos ambos las manos). Por lo que se refiere a la primera, se diría que mi precipitada manera de centrar la atención sobre mi copia de la Pasión según San Mateo, así como un indescriptible balbuceo por mi parte (mi semi-preparación resultó poco menos que inútil), disuadieron, de alguna forma, a mi imponente interlocutor. O puede que no considerase de buen gusto que un plebeyo español se dirigiera a él como “Caballero de la Real Orden”… En todo caso, hubo una cierta frialdad en su reacción. Sospecho que el que yo le ofreciera un rotulador permanente rojo para firmar sobre la sagrada imagen del Cristo de Lucas Cranach pudo ser considerado, como mínimo, una frivolidad; si no como una simple blasfemia… Así pues, Sir John procedió, sin mediar palabra, a firmar cuidadosamente sobre el reducido margen superior de la caja de tan eminente grabación. Mientras, creo recordar que aún tuve tiempo de expresarle mi agradecimiento y admiración por tan extraordinario concierto. No sé si el director llegó a musitar algún tipo de sonido gutural en señal de reconocimiento.

Me preocupa que uno, sin ser muy consciente de ello, transmita algún tipo de mensaje que resulte inconveniente, inquietante, tal vez demasiado osado y familiar… ¡ya que no hace ni tres semanas que con el venerable Krzysztof Penderecki sintiese casi la misma gélida distancia!: una especie de paciente cortesía.

Penderecki, Recortada-Provis

Péter Csaba mira de forma compasiva (o eso parece) al fotógrafo de la sesión

Cuando al marchar de allí, guiados todos por mi buena amiga, pasé junto al maestro, aún hubo un momento en el que percibí su recelosa y sostenida mirada, como si aún estuviera preguntándose quién podía ser aquel osado “cazador de trofeos” titubeante… Por el camino hacia la salida, el caballero de Cork y yo mismo mantuvimos una breve pero animada charla. Esta vez en perfecto inglés: con acento irlandés, por supuesto.

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