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Otro adiós (ya anunciado): Cohen

“Nuestros éxitos del año: CBS 1974”. Hago cuentas, muy sencillas: nueve años tenía. España se encontraba arrastrando su enésima crisis (a la par que el resto del mundo, cierto, pero con ese especial talento para profundizarlas y prolongarlas más que ningún otro pueblo). Aún no había llegado la peor de todas, no obstante: la de mi propia familia… Vuelvo al viejo vinilo, parte de la digna y relativamente numerosa* colección “lounge” que habían ido reuniendo mis padres, ya desde su noviazgo. Junto a Garfunkel, Juán Carlos Calderón, The Three Degrees, Las Grecas, Vicente Fernández “El Rey”, Roberto Carlos… una canción de un tal Leonard Cohen: “Lover, lover, lover”. El niño Carlos, ya con patente para manipular el plato “Dual-Bettor” y el novísimo ampli estéreo (negada a mis jóvenes hermanas), solía saltarse esa canción extraña, adornada con esa especie de estribillo-letanía, de sonido algo mate, turbio, “adornado” por una voz poco agraciada… Este fue mi primer contacto con Leonard Cohen.

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Ésta es la foto, justamente, que aparece en aquel viejo vinilo: mi primera visión de Cohen

Lo curioso es que esa canción -que mucho tiempo después descubrí que no era, ni mucho menos, la mejor del autor; ni tampoco la más sublime del disco que la contenía, “New Skin for the Old Ceremony”-, de alguna manera, pudo intrigar al niño que, por lo general, prefería no escucharla. Imagino que podría decirse que “Lover, lover, lover” fue como una “semilla” plantada en época temprana, pero que terminó por germinar, muchos años después.

Por descontado, a un artista así no lo podía entender, ni remotamente, un pobre chaval español de nueve añitos… Pero ello me hace reflexionar acerca de la importancia decisiva de lo que nos ocurre, en todos los sentidos, en nuestros primeros años. También me empuja a preguntarme si la contemporánea insistente obsesión por infantilizar al infante -por “preservarlo” de lo que no le es propio, específico– no será al cabo un bienintencionado, pero excesivamente puritano, error. A no ser que se pretenda con esa tendencia compensar -inundados como estamos, casi todos, de mala conciencia- los horrores y la depravación cierta a la que se está sometiendo a la infancia en este corrompido, interconectado y ultra-violento mundo (además de dar trabajo a miles de médicos, farmacéuticos, pedagogos y psicólogos, claro está).

No obstante… ¿Cuándo me llegó esa tardía oportunidad de redescubrimiento?: aparte de las lecturas de prensa musical o las alusiones al autor canadiense en TVE (¡se emitían programas musicales especializados!) o en la Frecuencia Modulada, creo que fue Ramón Trecet (Radio 3) el que me reconectó con el viejo Leonard, ya en los años 80: una escucha de sobremesa del primer “Long Play” del canadiense -¡completo!- acabó por hacerme entender, por fin, al bardo de voz lánguida y grave… Cierto es que esa obra decisiva es una de las más bellas, rotundas, clásicas, conmovedoras y redondas de Cohen… Poco a poco, la red de referencias, influencias y afinidades (salvando las distancias: parte del “post-punk”, Lou Reed, Peter Hammill, Nick Drake, Richard Thompson o Nick Cave, en especial) fue situando al autor de aquel aburrido tema del 74 en su sitio.

Hace poco se despidió. Creo que ya llevaba años haciéndolo… Son casi figuras paternas las que me están abandonando en este largo y duro año; decisivo, me temo: elementos que me/nos han ayudado a conformarnos; a hacer de nosotros lo que somos, lo que pensamos y sentimos. Ellos no lo sabían (a todos no nos conocían, desde luego), pero así ha sido. El dolor y la nostalgia no pueden hacernos olvidar el agradecimiento y admiración que les debemos.

Por otra parte, ver al “Rubius” (o como se escriba) o a Justin Bieber susituir a los Cohen (o los Coen), los Stones, los Beatles, los Morrison, los Cave, los Clash, los Costello, los Pistols… ¡los Ramones convertidos en iconos de camiseta descontextualizados!… No sé… Es cierto que algunos individuos conservan la llama, el relevo, la pasión y la visión; y yo los he ido conociendo, a lo largo de mis catorce años en la docencia. De ellos depende el futuro; pero, siendo tan pocos, tan aislados, es enorme la responsabilidad con que se les está cargando. Yo esta elegía se la dedico a ellos: para que, cuando me toque decir adiós, como Cohen lo hizo hace sólo unas pocas semanas, pueda sentir al menos que la semilla de una extraña, solitaria, profunda letanía se podrá convertir en la herencia, próspera y decente, de más fuerza: de una fascinación por lo genuinamente humano, lo bello, lo sabio y lo sublime.

Adios, viejo amigo Leonard.

* En los años 70 la disponibilidad en el mercado de discos era bastante reducida. La pobreza cultural (la censura) y la otra no contribuían a que una familia joven de clase media, normal y de nivel cultural medio-bajo, pudiera tener un tocadiscos en casa o una colección de cientos o miles de discos: en aquellos tiempos eso era casi impensable. Así que tener unas pocas decenas de LP´s y otros cuantos “singles” y EP´s ya era algo bastante extraordinario.

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