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“Minorías” neo-tiránicas: por una recuperación de la AUTÉNTICA esencia del Arte

G. del Valle fue mi profesora de Dibujo en BB. AA. Casi aleatoriamente, lo fue. G. del Valle podría llamarse ahora del Balle; o Aranak. G. del Valle era una encantadora y muy pizpireta señorita, desenfadada e inconfundiblemente vinculada a cierta “corriente de opinión” en el País Vasco: la misma que, sin gobernar del todo, manda y decide allí hoy en día; y, por lo que a mi vida restante respecta, lo hará ya para siempre.

G. del Valle, al ver mi dibujo a lápiz de un panecillo del comedor de la U. P. V., ya mordisqueado, y de una manzana roja, exclamó: “¡Es Realismo Madrileño!”… Yo por entonces no tuve claro a qué se refería, pero ahora comprendo que me estaba insultando; o, como mínimo, desprestigiando. Después de todo, mi fidelidad fotográfica y mi propia cántabro-españolidad tenían que asociarme a cierta superficialidad e irrelevancia consustancial a casi todo lo hispano; sobremanera, al ser cotejada esta inmanencia con la muy arraigada y telúrica profundidad de la tradición vasca, siempre tan relevante y trascendental: siempre tan moderna… ¡Sublime tosquedad!

Podría discutirse si esto es así o no; pero lo que sí que es evidente es que esa postura de lo vasco y ante lo vasco -subrayada, promocionada, subvencionada, amplificada, desmesurada y deificada hasta el punto de que la baba de toda la intelectualidad cómplice, de allá y de aká, nos empapa a todos- es una inconfundible POSTURA POLÍTICA de cierto “mainstream”, ampliamente consensuado; y por muy sorprendente que esto parezca.

Dibujar bodegones hiperrealistas, a modo de forzado testimonio compensatorio, también habrá de devenir en una forma de manifestación política… ¡O eso está empezando a parecer!

Aquéllos que piensan “ce qu´il faut” en el mundo del Arte se alarman hoy en día ante los serios indicios de una inquietante presencia: la de una renovada tiranía, expresada en forma de censura. Modestamente, creo que yerran el tiro (en todo caso, ellos mismos, como todo poder bien afianzado, han terminado por hacer brotar su propio tipo de tiranía).

Los poderosos actuales -los presuntos censores, de naturaleza política- resultan inofensivos: a un nivel de inmanencia relevante y trascendental, quiero decir, lo son… Su juego es demasiado evidente, rancio, ignorante y burdo. Su poder sólo sirve para especular, engañar, estafar y robar; no sólo dinero: esperanza, ímpetu y futuro son los más decisivos y afectados intangibles víctimas de su desvergüenza… ¡Pero se les ve venir a mil leguas!

(No hace mucho escuchaba a Juán José Millás confirmar, en Santander, mi ciudad, en donde ya sabemos mucho de ello, que nos han arrebatado hasta el futuro, que es la esperanza. Que Millás se pudiera considerar parte del “mainstream” -la corriente dominante: disculpen el anglicismo- sólo constituye una nimia incongruencia en el actual contexto: todo el mundo tiene derecho a pensar con lucidez y a ganarse la vida, dos coyunturas AÚN compatibles).

La “oposición” es MUCHO más peligrosa: estos anticuerpos sociales, aparte de disgregados y, en consecuencia, débiles, carecen de una finalidad clara; a no ser que la “deconstrucción” de todo pueda ser considerada como una finalidad. No pocos lo estiman así, imbuídos por un espíritu neorrevolucionario y “líquido”, cuya principal incongruencia y debilidad es esa disgregación anti-todo y, básicamente, pro-nada: en esta falta de solidez se apoyan todos los demás, los auténticos revolucionarios en la sombra: aquéllos poseedores de, al menos, un paradigma; casi siempre totalitario.

Espero que se me entienda (mi propio agnosticismo es sólido y coherente: al menos, parte del conocimiento de La Creencia) cuando diga que veo la situación actual como un nuevo y muy ufano periodo de paganismo, aún no desaforado: sus rituales, a veces desquiciados y sangrientos, se refrenan aún por el “lastre” de la Civilización; pero son muchas ya las que se han esfumado a lo largo de la Historia: a menudo en procesos de neo-paganismo como éste de hoy en día. Internet sólo está acelerándolo: esta endiablada y supersónica dialéctica -que, no nos engañemos, es un mero juego de Poder: como siempre lo fue- empezó por una contemplación beatífica (¿New Age?) de la propia heterogeneidad humana: hoy en día, atomizada, la naturaleza humana tiende, como siempre ha hecho, a la radicalización de las posturas y al control de los individuos y de las sociedades. Por ello, SECTARISMO es la palabra clave: perfecta para identificar y describir este virus.

Se diría que las sociedades modernas, multifacéticas, se re-constituyen en SECTAS (tan líquidas y volátiles como queramos, pero igual de peligrosas: su movilidad, intangibilidad e indefinición las convierten aún en más letales). Las neo-religiones se sostienen, entre otros y sin duda, en los nuevos dogmas de la política “correcta”. Sin embargo, éstos dogmas, así como las “sectas” que los proclaman, son la parte más conspicua del neo-paganismo. Me atrevería a decir, incluso, que esta “herramienta” disgregadora tal vez le sirve a otros poderes, más elevados: éstos sí, con una definición de objetivos muy clara. El principio, tal vez, sea algo tan antiguo, simple y eficaz como que “la división deviene en victoria” (y en control; es decir: en PODER).

Añoro el tiempo en que el Arte fue subversivo sin ser abiertamente político; brutal, sin dejar de ser sutil; incómodo, sin renunciar a su propia independencia; eficaz, sin dejar de mostrar las contradicciones: las ajenas y las propias; sublime o procaz en su coherencia incoherente, sin dejar de abominar de los panfletos; Humano, ¡tan Humano!, sin tolerar la cobardía de la censura auto-impuesta; incisivo e implacable, sin abandonar la compasión; exigente, sin descartar, ante todo, la auto-exigencia… Consciente de lo inaprensible, y ajeno, siempre, a los dogmas: al menos, a su propia naturaleza inamovible.

El “mitin” del Arte no está en las explanadas repletas ni en las grandes Ferias de “consagrados”, perfectamente pertrechados por los que les aseguran sus ganancias: su mensaje podría consistir en un dibujo hiperrealista de un panecillo y de una manzana. ¡O tal vez no!… A lo que nunca deberíamos renunciar es a la duda y a una ABSOLUTA Y DESOLADA ausencia de respuestas, en cuyo ejercicio anida la independencia más radical; la más desesperada, inasequible y profunda de todas (para mí, la única posible).

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