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Rosalía y su “fenomenología” (y bastante más allá)

Dice Fernando Navarro en “El País”… (aquí).

Veamos… El artículo es taaaaaaaaaan largo que apenas puede disimular que el autor y su medio están al servicio de la potente industria AUDIOVISUAL (subrayo ambas palabras) catalana, que no española; ya que ésta cumple el papel de sierva rendida, ahogada en pleitesías, de aquélla; y de la vasca, claro, cada vez más potente y autónoma, aunque siempre lo fuera.

Plantearse si fue primero el talento (el huevo) o el poderío hegemónico (el buitre), nos aboca a un debate “retórico” y, por lo tanto, superfluo: como todo lo que se refiere, en este “país”, a la dicotomía “Ellos-resto de España”. Es de lamentar -y, para mí, muy obvio- que el desequilibrio a su favor se acrecienta tanto, día a día, que, si no fuera por el gran foco central y contrapeso relativo que representa Madrid (¿como crisol?: Madrid está plagado de creativos/técnicos/periodistas catalanes y vascos, por si alguien no se había percatado), la presencia de lo español en España sería apenas residual… ¡Y que nadie se precipite a asociar la cuasi-proscrita España, la pobre, con un sesgo nacionalista superficial y despretigiado en sí mismo!… casi siempre, auto-denigrado.

Sea como sea, y por lo tanto, el hecho es que es en Barcelona donde surge una chiquita hermosa y de talento; con formación y con la cabeza bien amueblá (el “acento” aquí no es baladí); con todas las “pintas” y los atributos típicos de ser charnega, pero sin serlo; y apoyada por creadores que conocen la potencia evocadora y universal (¡ahí es nada y ahí les duele a algunos!) de la iconografía hispana: la de la buena y hasta la de la mala, que es la más kitsch y cutre: el talento LIBRE sabe manejar todos los registros a su antojo, incluídas las paradojas.

 

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La puesta en escena de Rosalía responde, pues, a un concepto global (e internacionalista) bien planificado, no me cabe duda; pero sospecho que en ningún otro sitio más que en Barcelona habría sido posible este fenómeno… Igual que lo fue, en su momento (¡qué mala memoria se tiene en este país, sea lo que sea “este” país!), el cine de Bigas Luna. Funcionaba éste como sublimación y destilación de lo jamónico, del aroma a burdel de carretera o de los vicios más exaltados -bajos y brutos, pero también fatalistas- de cierta alma irremediable y trágica: la española. La “distancia” con que se contempla ésta desde Barcelona juega, supongo (tampoco deberíamos olvidar a Vicente Aranda, por supuesto), a su favor… Con todo, se diría que vivimos unos tiempos en los que a ellos les ha cansado la manipulación constante de un juguetito tan rentable y fructífero… ¡pero no!: véase Rosalía.

Por tanto… Lo que me resulta curioso e irónico (no tanto sorprendente) es que, una vez más, sea Cataluña el foco de otro fenómeno comercial “español” -como lo fue la rumba, en su momento-, que se afianza por sus propios méritos y solidez indudables.

La ironía, claro, surge del contexto histórico específico actual… Por si aún no había quedado claro: Rosalía -nombre español, ¡ojo!; como el del “BilbAo Exhibition Centre” *se nutre de y se lucra con elementos de lo más puramente hispano, en medio de un proceso de humillación y desprestigio galopante, precisamente, de tales elementos icónicos y culturales, así como de su propia raíz social “charnega”.

Uno se pregunta si la fuerza de dicho substrato es auténtico; arraigado en la CATALUÑA REAL con la suficiente fuerza como para permitirnos el lujo de vivir todos despreocupados, como si de un proceso “normal” de reequilibrio de fuerzas, por así decirlo, se tratase; o si, por el contrario, asistimos una vez más, impotentes y desmoralizados, al expolio interesado y avieso (malintencionado) de una mera imagen tópica, que vende más abroad que cierta idea de lo catalán, aislada y autónoma de lo español… Me pregunto si las tensiones a las que ahora se somete, con brutalidad, a esta simbiosis secular y lógica serán lo bastante devastadoras como para que los catalanes renieguen, algún día y del todo, a los beneficios que ellos, muy fundamentalmente, han obtenido y aún obtienen de esa idea de España.

Rosalía parece haber surgido en esta coyuntura histórica para ofrecernos, humildemente, una respuesta disfrutable y de estilo internacional. ¿No lo creen?… Decidan ustedes qué tipo de respuesta es ésta… Sobre las consecuencias insoslayables que nos aguardan, a la vuelta de la esquina, yo ya tengo mis propias ideas; pero ése es otro cantar… ¡que no me resisto a desarrollar en mi Reflexión ulterior!

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* Resulta llamativo que las denominaciones en castellano de ciertas localidades periféricas del “estado español” sólo parezcan válidas fuera del mismo; al tiempo, se tiende a imponer -o, de hecho, así se hace- el uso indiscriminado de los toponímicos vernáculos, reales o inventados, a todos los maketos… ¡Al fin y al cabo, como creo que ya he dicho antes tantas veces, “Bilbao” es una especie de trade-mark cuyo valor no conviene despreciar!… A propósito: ¡¿qué clase de imbécil ha consentido que, dentro de las fronteras españolas, se gaste el dinero en cambiar TODAS las indicaciones en las que se rotulaba Burdeos por otras en las que se indica el camino a Bordeaux?!… Como ven, el grado de delirio auto-denigrativo aquí alcanzado supera todos los límites tolerables de oprobio y humillación.

P.D.: La temática “conceptual” de “El mal querer”, por descontado, se regodea en las doctrinas o alusiones de cierta corriente de pensamiento contemporánea, con lo que se asegura la atención y las simpatías del “mainstream”; de la océana inmensidad de lo más puramente gregario. Y no digo más.

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REFLEXIÓN ULTERIOR: Me atrevo a sugerir la necesidad de un impulso nuevo: el de OTRA España cogiendo su propio toro por los cuernos; el de una España distinta -¡pero más auténtica, y con mayor respeto por sus raíces!- que se atreva a no dejar en manos de los que la desprecian su regeneración (espiritual y cultural) y su reconstrucción (material y demográfica, incluso); a hacerlo así, como novedad histórica, porque siempre la desidia o la impotencia le han impulsado a ceder a los que no creen en ella los instrumentos y el poder para elaborar tan solo componendas y trampas, diseñadas para su desprecio y empeñadas en su entierro.

Que España ha de cambiar (a mejor, a diferente: se entiende) debería ser asumido por los propios españoles le-a-les; y son ellos, precisamente, los que habrían de acometer ese proyecto: sin el paternalismo y arrogancia demostrada por unos “amos” que fomentan cada día entre nosotros (desde medios, políticas y educación) una mentalidad de siervos, despreocupados, indulgentes e individualistas.

Habrá quien piense que me empeño en tomar el rábano por unas hojas absurdas; que no se sabe muy bien de qué hablo o a qué me refiero… ¡¿Rosalía?!… ¡¿Humillación o “deconstrucción” de España?!… Será que yo veo síntomas, indicios por todos lados: pero es que los hay, ¡y los ha habido siempre!

No es la primera vez (y no será la última, me temo) que yo señale estos indicios y síntomas. Creo que ya es hora de dejar de ignorarlos… ¡Pero gracias por la música y por el talento, gracias!… Es sólo que a los demás también nos gustaría tener la oportunidad y los medios para hacerlos crecer: de, por y entre nosotros; sin ofender a nadie.

 

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