La forma de la Industria (audiovisual)

Es ésta: $. No es un gran descubrimiento. Y, en efecto: aparte del talento, en ese mundillo hay que tener olfato, instinto y -¿por qué no?- sentido de la oportunidad. Imagino que esta virtud se puede convertir en un defecto: el llamado oportunismo. Y una fina línea los separa… Todo ello nos lleva a un elemento FUNDAMENTAL: la rentabilidad. ¡Bienvenidos al Capitalismo!

Del Toro posee ambos: talento y… ¡no estoy muy seguro! Por lo que respecta a la rentabilidad del dinero invertido en él, parece garantizada. Oportuno u oportunista, es un detalle que poco les importa dilucidar a sus productores/inversores ahora.

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La “nueva ola” socio-política en Occidente se dirige en cierta dirección: es evidente. Pero, antes de continuar, debo aclarar un par de cuestiones que me implican: personalmente, siempre he abominado de cierto concepto de “machito” gallo, zafio, agresivo, pendenciero, competitivo a la vez que gregario (lo gregario beneficia al más bruto; y todos parecen aspirar a ser el más bruto, claro está): “futbolero”, bravucón y arrogante. Jamás he sido capaz de halagar de forma fogosa y pública a ninguna de las muchas mujeres hermosas a quienes, sin duda, observo, admiro y -¿por qué no?- deseo; y ser testigo de ello me hace sentir más bien incómodo. Además, y honestamente: de prostitutas, cero (nada que ver con el puritanismo; si acaso, con la higiene: física y mental). Ser contrario a eso -dentro de un contexto perfectamente heterosexual, ¡ojo!- no te pone las cosas demasiados fáciles en ninguna sociedad o cultura, por muy moderna que ésta sea: quiero decir con todo ello que, por supuesto, sé de lo que hablo: por experiencia.

(Una voz interior me dice: “Considera la posibilidad de que tu propia constitución física y circunstancias sociales te hayan llevado a ser como eres; a condicionar tu propia personalidad o mentalidad; es decir: a transformar la necesidad en virtud. ¿No añoras, tal vez y en el fondo, una cierta cuota de predominancia dentro de la tribu?… Sea como sea, son los siglos de evolución cultural, y la sofisticación consiguiente, los que han puesto al hombre-macho en la posición, perfectamente legítima y enriquecedora, de escoger entre la mentalidad de ´manada´ y cierto individualismo, más refinado y empático, que trasciende su pura animalidad”).

Lamentablemente, la deriva histórica (obsérvese, por ejemplo, el caso de Rusia y de otros países eslavos) parece querer devolvernos a un escenario hostil: éste ha sido el tipo secularmente predominante, dadas las características antropológicas de la especie… Que nos dirigimos a una regresión lo indica -entre otras muchas circunstancias, más o menos anecdóticas- el hecho de que no pocas mujeres occidentales han llegado a adoptar esas “formas” para moldear una personalidad; una manera de mostrarse y de autoafirmarse en un sentido “igualitarista”. Contemplen, si no, cómo actúan algunas al volante… En efecto: la “igualdad” ha llegado a las carreteras, y podría existir ya el mismo número de imbéciles irrespetuosos y agresivos que de imbécilas; en resumidas cuentas: el mismo número de maleducadas insolidarias que de maleducados.

Pero pretendo ahora hablar de “La forma del agua”: la nueva, multi-premiada, halagada y brillante película de Guillermo del Toro. Que dicha obra lo reúne todo para ser puesta en cualquier pedestal hoy en día (acata el zeitgeist contemporáneo de forma escrupulosa, sin duda), dejando aquí al margen sus numerosas virtudes, es sobre lo que quisiera ahora reflexionar. Por supuesto, dada la simplificación que asola estos tiempos (¿tal vez todos fueron asolados, alguna vez y en mayor o menor medida, por lo mismo?), no me va a resultar difícil exponer mis hipótesis, trufadas de no pocos reparos.

Veamos… Lo primero será hacer patente la forma en que se dibujan los personajes femeninos frente a los masculinos: éstos son más bien arquetipos de todo lo odioso que se nos reprocha (brillante, como siempre, Michael Shannon en este papel). Competitivos, agresivos, desconsiderados, acosadores, caprichosos, simples, superficiales, holgazanes, primarios, hedonistas, insensibles, impulsivos (en el mal sentido del término), crueles, vendidos, cobardes, pomposos adoradores de la jerarquía, aduladores del poderoso o humilladores del débil, arribistas, sumisos, privados de empatía, racistas, homófobos, sin matices… Por supuesto, se reconocen algunas excepciones: “casualmente”, una fundamental es la de un personaje homosexual: sensible, soñador, culto, encantador, creativo y solidario; pero aislado y maltratado. La otra excepción es, por supuesto, un “monstruo”: un ser que no es siquiera humano; no, desde luego, en un sentido convencional del término humano… ¡Eso no le priva de ser un verdadero macho, como muy bien llegamos a descubrir! Resulta MUY significativo, en este sentido, que se le plasme como a un ser aparentemente asexuado: su “pudor” retráctil o escamoteable lo emparenta más, por lo tanto, con lo femenino que con lo que representa el “tótem” con el que la naturaleza nos dotó, más o menos, a todos nosotros… Podría englobarse en este grupo también al espía ruso -interpretado por Michael Stuhlbarg-, de naturaleza más ambigua: al fin y al cabo, se trata de un profesional de la traición, y se ve adornado por no pocas de las virtudes antes mencionadas.

Las mujeres de este cuento de hadas “vintage” (la nostalgia es otro de los signos de nuestro tiempo; y aquí la “Era Kennedy” no es un icono escogido al azar) son, muy por el contrario, creativas, decididas e impulsivas (en el buen sentido del término); solidarias, empáticas, dialogantes, trabajadoras, sacrificadas, listas, sanas, valientes… Parecen encarnar todos los buenos valores humanos de los que, de modo automático, por condición y nacimiento, nos priva la naturaleza -o la cultura machista- a prácticamente todos los hombres.

Así pues, me parece evidente la clase de discurso que subyace bajo las capas de deslumbrante buen cine y gran oficio de Del Toro. Se podría discutir sobre la necesidad o la legitimidad de esta murga feminista empoderativa; aunque quizá debería recordarse, asimismo, que todo empoderamiento implica un desempoderamiento; que, tal vez, no deberíamos estar hablando de poder, sino de colaboración y fortalecimiento de todos los elementos sociales: fundamentalmente, de TODOS los individuos; y que el sexo (en inglés: gender) no debería ser un factor condicionante: ni a favor ni en contra.

Mencionaba, tan solo hace unas frases, la posible necesidad u oportunidad de todo esto; y es posible que ese machismo que antes he descrito -y con el cual aseguro no simpatizar- se haya ganado a pulso las admoniciones de una gran parte de la Humanidad. Sin embargo, discrepo con los/las que creen poder librarse del lado oscuro de su propia naturaleza por medio, sencilla e ingenuamente, de la construcción de una dicotomía simplista y totalitaria. El Arte (con mayúsculas) muestra los matices y las contradicciones; los conflictos y las pasiones: es universal, y por ello nos conmueve y trasciende a lo largo de los siglos. A su lado, todo esto de dar visibilidad al empoderamiento femenino me parece puro “márquetin”; pero también un artefacto peligroso, perverso y totalitario; y esto es lo más preocupante.

No puedo terminar esta reflexión sin volver al hombre-macho-monstruo-dios… Este último elemento me inquieta, ya que me hace pensar en que una parte significativa de lo que aquí se expone es que lo humano no es suficiente: como si se aspirase a un ideal inalcanzable (a una creencia en lo sobrenatural, incluso), dando por imposible y descartada la propia fecundidad de lo normal; sobre todo en la parte fálica de la Humanidad… ¿Acaso están más cerca de lo divino las mujeres?; ¿tal vez los diferentes?… ¿Por qué razón? ¿En qué se basa todo esto?… Por cierto: falta un hispano para completar el cuadro perfecto de la reivindicación empoderativa… ¡Pero no está ausente, no!: el “monstruo” viene de Sudamérica. Junto al propio director de la película -que es lo bastante astuto como para no subrayar demasiado este elemento; más en semejante contexto histórico-, el protagonista, con el que todos empatizamos, encarna al otro gran grupo social discriminado en EE. UU.: el monstruo-dios es, en realidad, un migrante forzoso; un “dreamer” esclavizado. Además, y por supuesto, Sally Hawkins no se parece mucho a Julia Adams… Como ven, no se ha dado puntada sin hilo.

Por el contrario: “Lady Bird”, de la actriz y directora Greta Gerwig, sin dejar de ser una película de y sobre mujeres, me ha parecido una obra sensible, inteligente, respetuosa con lo masculino; dotada su narración de un auténtico aliento universal, poético y conmovedor. Éste SÍ es el tipo de cine femenino que me interesa. Los panfletos, más o menos disimulados, prefiero evitarlos.

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Celebración de la decadencia – y III

MuchosHijos Mono, etc

No puedo evitar preguntarme qué le diferencia a la familia de Salmerón de la de tantos: de la mía, sin ir más lejos. Y no resulta tan difícil encontrar una respuesta ajustada y convincente: el “glamour”… Y la exposición, por descontado. No trato de quitarle mérito a una película que, sin duda, lo tiene; pero casi todo él radica en cuatro elementos:

  • 1º/ La “escenografía”, ya mencionada: de ella depende, en gran medida, su atractivo visual. Y es que no se pueden comparar un caserón palaciego o castillo, una nave industrial y una casa -ambos aquejados por el mal de Diógenes- con un pisito de VPO en el suburbio (por ejemplo; aunque, con talento y ALGO que contar, a todo se le puede sacar partido).
  • 2º/ El bagaje acumulado por una familia de clase media-alta, que terminó por conseguir bastantes “posibles”: recuerdo perfectamente cómo una cámara de Super-8, en los 60 y los 70 en España, sólo estaba al alcance de muy pocos; sin ir más lejos.
  • 3º/ El azar de las coyunturas vitales -dramáticas, pero con un tratamiento leve de comedia- de dicha familia; aunque con ese mismo elemento jueguen todos los buenos documentales (al menos, los que parten sin un presupuesto previo bien trazado).
  • 4º/ El cuarto es, por supuesto, la gran protagonista: Julita Salmerón. Sin ella, este “experimento narrativo” se desmoronaría.

No me voy a parar demasiado a hacer un análisis detallado del documental desde un punto de vista cinematográfico-narrativo. Lo que sí diré es que terminé con la sensación de haber contemplado un film al que se le privaba de algunos matices y posibilidades: no sé si por falta de presupuesto o porque el autor, deliberadamente, se centra en ese enfoque ligero, sin duda muy disfrutable y hasta enternecedor.

No faltará quien encomie ESE enfoque, precisamente: por ser bien digerible y por ser, en todos los sentidos, un soporte de la iniciativa: el optimismo, una perseverancia cuasi-heróica, el “revestimiento” anti-trágico de un entorno algo delirante, decadente, pero estimulante. Debo insistir en que, una vez más, el dinero (su sobrada presencia: no como un “problema”, sino como un medio que se da por descontado) desencadena, como circunstancia muy determinante, la narración y su consiguiente realización y producción. La banda sonora de mi paisano Mastretta subraya ese tono algo auto-paródico y desenfadado.

Hechas estas reflexiones, me vuelvo a centrar en mis tesis fundamentales: el cine, como parte esencial de la producción cultural de esta época, se refugia hoy en lo distópico; así como en una cierta certeza (o intuición) del desastre, más o menos inminente… Por eso se valora -y se recibe con alivio, se diría- la irrupción de la comedia en medio de la debacle.

No puedo evitar, en este contexto, intuir una especie de renacimiento de lo picaresco: un género, genuinamente español, que, privado de la mala leche (nunca reñida con el humor, por muy hiriente que éste sea), se empobrece. Por supuesto, la mala leche se da de tortas con la plaga de auto-censura que parecen haber impuesto el neo-puritanismo, la neo-inquisición y toda la plétora de neo-estupideces, no sé si pos-modernas o pos-posmodernas; pero, en todo caso, totalitariamente letales.

Con esto no pretendo afirmar que “Muchos hijos…” se trate de una muestra de ese renacimiento de lo picaresco, ya que los protagonistas están lejos de ser una pandilla de pícaros; pero se intuye en su trasfondo (que nunca se llega a explicar del todo) que este grupo familiar participa o participó, en cierto grado, de aquella desmadrada frivolidad colectiva, hace tan solo unos pocos años, tan nefasta para este país.

Se termina por observar, por cierto, otra de las “virtudes” típicamente hispanas en el documental: el fatalismo, que no es otra cosa sino la resignación sin reacción (no, al menos, una efectiva: si acaso, una que, a la postre, sólo conlleva un empeoramiento así como un incremento de las impunidades). Véase, en este sentido, la exposición del hecho del asalto y robo a la “fábrica”: se diría que era algo esperado, normal, asumido y sin consecuencias. Claro que, en este caso tan específico, se bromea con ello: en un momento dado uno de los hijos dice algo así como que “animaría a los ladrones a llevarse más cosas”, para así librarles de su peso abrumador; de su inutilidad… Un lujo al alcance de sólo unos pocos, ¿no es verdad?.

En cualquier caso, por mucho que sea bien evidente que todos, en mayor o menor medida, nos cargamos de cosas inútiles a lo largo de la vida, me parece procedente destacar la mayor responsabilidad social o colectiva, por así decirlo, de las clases pudientes en todo ello: las más desenfrenadas, caprichosas e irresponsables a lo largo de los años de “fiesta”. ¿El resultado?: la ruina de algunos de ellos, sin duda; pero también la llegada de los oportunistas carroñeros: un 5% que acumula ya el 95% de la riqueza; al tiempo, nos dan lecciones de “sensatez” y “austeridad” al 95% restante, que somos quienes verdaderamente pagamos aquel irresponsable fingimiento de riquezas… Y nunca tuvimos una “Super-8”, ni una cámara digital, ni un mono, ni tantos hermanos, ni un castillo. Nuestras madres suelen ser personas sin rasgos “fotogénicos” ni matices destacables: sin carisma; personas agotadas y privadas de ilusiones o humor, la mayoría.

Para terminar: puede que lo más importante de esta película sean, después de todo, unos huesos: elementos que funcionan bastante bien como “leit-motif” o “McGuffin”. Al fin y al cabo, se podrían considerar como una especie de metáfora de algo que importa poco pero que pesa demasiado (en esto los españoles somos unos verdaderos expertos); o, por qué no, como una metáfora invertida de lo que nos abruma y lastra: en un país como éste, empeñado en desenterrar, se afanan los protagonistas verídicos de esta historia, por el contrario, en encontrar, sí; pero, sobre todo, en enterrar y en dejar descansar… ¡en paz! Su humor, al menos, se agradece.

Y al final, incluso, ¡les ha salido bien la jugada! Enhorabuena, Gustavo.

 

Celebración de la decadencia – II

Tommy Wiseau

Empiezo por “The Disaster Artist”, que es la primera de las dos películas mencionadas que he visto: en su versión doblada, debo decir. Y lo digo porque, aparte de la evidencia de las mermas intrínsecas que implican traducciones y doblajes, la aportación de James Franco a un personaje tan particular -no ficticio y aún vivo: Tommy Wiseau-, en el específico apartado de dicción, tono, inflexiones y acento, resulta absolutamente decisiva.

No obstante, el doblaje me ha parecido bastante logrado. Por fortuna, en este país se domina un arte tan extraño y espurio. Lo que sí me resulta “inquietante”, desde hace ya unos pocos años, es la tendencia a “respetar” -no sé si de forma caprichosa o aleatoria- determinados títulos originales; pero, claro: sólo los de algunos films producidos en el idioma inglés. Tampoco voy a descubrir nada nuevo si digo que -aún siendo anglo-parlante yo mismo- estamos en una especie de “fase terminal”, tal vez irreversible, de colonización cultural universal. Todo ello forma parte de un proceso masivo, en el que, por descontado, Internet está jugando un papel fundamental. La más humillante y claudicante de las posturas de la mayoría de los Gobiernos del hemisferio occidental, sobre todo, amplifica además unos efectos que lindan con lo genocida… Pero ésta es otra cuestión: demasiado compleja para tratarla aquí y ahora.

Y a pesar de esta renuncia a profundizar en semejantes asuntos, lo cierto es que considero que una fracción, nada desdeñable, de la fascinación suscitada por la película y el “aura” de su personaje debe proceder, precisamente, del influjo “colonizador” proyectado sobre las mentalidades y gustos de las muy interconectadas masas de individuos, quienes sólo parecen encontrar sentido a su vida y personalidad en una gigantesca identificación gregaria (por alguna extraña razón, lo estúpido les fascina). Lo cierto es que esta paradoja (que no es, ni mucho menos, novedosa; pero sí es, hoy en día, más extensa e indiscriminada que nunca) siempre me ha intrigado e inquietado: la de los individuos resituando, a modo de reafirmación y protesta ante lo establecido, su identidad en un nuevo contexto… ¡igualmente gregario!: las “tribus urbanas” son un perfecto ejemplo de lo que digo.

Vuelvo al título de esta “serie”: celebración… Va a ser difícil una explicación clara y lo suficientemente convincente del término, dado que parto de una mera intuición. Consiste ésta en la impresión que tengo de estar en medio de una época que, deslocalizada en un océano de datos conexos pero, no por ello, menos caóticos (que aportan una falsa impresión de seguridad y hasta de sabiduría; o, si se prefiere, de tener a nuestra permanente disposición los secretos del buen criterio; al tiempo que, por lo general, éste se ignora), hiper-individualista y claudicante como sin duda es, se dedica a celebrar el disfrute de lo cerril y vacuo: indiferentes o -peor- satisfechos, la mayoría, ante las manipulaciones más retorcidas y falsarias de la historia de la Humanidad: la gravedad de sus efectos aún está pendiente de ser observada en toda su magnitud, me temo.

Así, ante la personalidad -tarada y trágica, no lo olvidemos- de Wiseau y la de su re-encarnación (la protagonizada por James Franco: sorprendente e irreprochable), se celebran hoy, casi unánimemente, los “valores” aquí ensalzados: ¿cuáles son éstos?… Un inciso: el crítico Carlos Boyero ya dictaminó en su día que la película no le “enganchó” como, por ejemplo, sí lo hizo “Ed Wood”, de Tim Burton. El paralelismo entre ambos films salta a la vista, así que no vamos a subrayarlo. Lo cierto es que ambas obras son muy diferentes: en tono, planificación, textura, contexto, intenciones… Por supuesto, si nos mantenemos en el nivel de “valores artísticos”, creo que Tim Burton supera a Franco. Pero puede que no sea ya, siquiera, éste el prisma a través del cual deberían observarse ambas; no en términos, digamos, de mero cotejo.

Éste que les comenta (y, muy probablemente, hastía) disfrutó la proyección, debo aclarar: no me aburrió, y confieso haber reído a gusto. Lo que no me impide ahora rebuscarle la vueltas a todo ello… La película, como digo, hace patente un mal contemporáneo: la exaltación del “friki”; en español: la del extravagante que linda la imbecilidad o la enfermedad mental. En cierto modo, es como si se nos dijese a todos que, sólo con el empeño, el espíritu más indómito, la perseverancia; y en ausencia absoluta de auto-crítica o de “filtros”, estará a nuestro alcance la “gloria” del ridículo más rentable. Se devalúa, con ello, lo Sublime, lo Clásico: lo Milenario y Universal de los valores más complejos, contradictorios, incómodos, estimulantes, inquisidores e inquietantes de la propia naturaleza humana. La doctrina de lo “políticamente correcto” (muy vinculada a estos gravísimos síntomas de Totalitarismo idiotizante) trata con el mismo rasero y unifica, sin dialéctica, sin sutileza, sin crítica ni inteligencia, a una Humanidad reducida a un mero “mercado de ideas estándar” -¿una especie de decálogo?– impuestas para anular lo disidente y la anomalía del que no se adapta a lo homogéneo ni lo acepta por sistema: extrañamente, imponiendo una visión parcelada de lo Humano como un galimatías caprichoso de infelices que fingen sentirse cómodos en su aislamiento o anomalía.

Vean, si no, cómo se olvida destacar que es, después de todo, la herramienta más decisiva al servicio de la “voluntad” de Wiseau una fortuna de millones de dólares (a propósito: de origen incierto). Pero poco importará esto mientras todos los Wiseau del mundo acaben formando parte, en definitiva, del Sistema: el que nos maneja y posée a todos nosotros… Y cuanto más inconscientes, desubicados, desmotivados y desarraigados nos encontremos (desvinculados, pues, de nuestra propia tradición e inteligencia heredadas: lo que podríamos denominar la “experiencia más acendrada y arraigada de nuestros propios antepasados”, que considero insustituible); atados a las voces y mandatos de un “Gran Hermano” global, mejor aceptaremos la estupidez entusiasta como el “valor” más encomiable.

¡Y luego habrá quien se extrañe de que la democracia corra peligro!

 

Celebración de la decadencia – I

Compruebo que ha transcurrido casi un año desde mi último “parto”: se mencionaba el cáncer, y poco bueno evoca dicha palabra. Lo cierto es que no ha sido este año un periodo nada inocuo (me refiero a mí mismo), pero la mera supervivencia ya ha de ser celebrada.

No obstante, las reflexiones, más o menos profundas, sobre el transcurso demoledor del tiempo y sus efectos, las dejaré para otro momento y otro lugar. Ahora sólo pretendo escribir una breve disquisición sobre cine; o sobre los “vapores” que he visto exhalar de, al menos, un par de películas muy recientes: “The Disaster Artist” y “Muchos hijos, un mono y un castillo”.

Lo de los vapores, tal vez, no sea tan solo una metáfora; más o menos caprichosa, más o menos afortunada: lo cierto es que ambas películas celebran ciertas suertes -incluso desviaciones– de decadencias y fracasos; e intuyo que parte de sus éxito -o “post-éxito”, no sé si me explico- deriva de esa fascinante exaltación funérea. Podría incluso decirse que, si me dejase llevar del todo por mis tendencias más cínicas, llegaría a asegurar que es ése factor, y no otro, el que ha arrastrado a los expertos a dictaminar, casi con total unanimidad, que ambas obras son sendos triunfos artísticos.

Yo de hermenéutica, semiótica y demás nigromancias de la razón y del estudio de los lenguajes, mensajes y signos, sé lo justo. Por eso no me voy a meter en berenjenales en los que me perdería, de todos modos, tras meses de indiferencia (me aqueja mi propia decadencia, me temo), por falta de entrenamiento.

No descarto, sin embargo, ampliar esta idea y profundizar, más adelante, en lo que creo de alguna trascendencia e interés: en lo que no es otra cosa que el mero proceso de claudicación de una Civilización y Cultura decadentes. Es como si lo único que les quedase a estas, durante siglos, gloriosas entidades, fuera la constatación -por medios artísticos y creativos, al menos- de su propio derrumbe.

Continuará.

 

 

“La La Land”: el sentido de la vida… ¡y del cine!

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“La La Land” tendría muchas lecturas; pero una de las más interesantes sería ésta: trata de las segundas y de las enésimas oportunidades. Y reflexiona, en realidad y sobre todo, en torno al fracaso. La apariencia es engañosa: el esquivo y ocasional éxito se toma como una, tan solo, de las infinitas opciones posibles. Desde luego, está lejos de ser “naturalista” (el propio género musical es la antítesis del naturalismo), pero su magia no parece incompatible con cierta verosimiltud poética, por así decirlo. Aceptables licencias éstas, concedidas, de manera congruente, a ciertas formas de “fingimiento”.

Por otro lado, al tiempo que subraya la nostalgia por un mundo que se nos va (con el contrapunto del desprecio actual mayoritario hacia las formas clásicas de las artes populares, desbordadas por lo más trivial, y la desaparición de sus templos y aficionados), se muestra un cierto resurgimiento real -algo más que añoranza de pose– del placer que nos aporta lo inmediato, lo auténtico: la emoción de un solo improvisado de piano en directo; o, incluso, la conexión con un pastiche “retro”, eco de una era en la que lo excelente y excitante era compartido por la mayoría, de forma masiva… ¡Y, además, había tiempo para poder saborearlo! En pocas palabras: una suerte de reacción ante el hartazgo por tanta saturación y dispersión tecnológica.

Se recrea “La La Land”, pues, en esos detalles que resaltan el contraste entre lo contemporáneo, con toda su fluidez y dispersión desconcertante, inabarcable, y los discos de vinilo, las viejas películas de Hollywood (que aquí aparecen, incluso, como “momificadas” en forma de “Parque temático”), los coches desmesurados de la ya arruinada industria de Detroit, los “night clubs” a la vieja usanza, los trajes de chaqueta y hasta los sombreros fedora…

A nivel técnico, invoca y homenajea a menudo a los clásicos, por supuesto (los más obvios: Minelli, Donen, Ray… ¡Incluso Hitchcock y Berkeley!); también a lo Clásico… Pero se sirve de lo más avanzado de la tecnología para llevarla a un terreno humano, sensato y honesto (yo diría): las “virguerías” técnicas están al servicio no sólo de sí mismas -como presas de un alarde vácuo en dicho homenaje a lo antiguo-, sino, también, al de los personajes y su propia historia. No se puede negar la magia que de todo ello resulta.

He leído, por otra parte, que la película empieza grande y deslumbrante; y que así termina: ensoñadora, agridulce, serena y mágica. Que en la peripecia central la historia renquea o afloja, más convencional… ¿No es posible que sean así la mayoría de las vidas vividas?… Con todo, algunos podrán decir que de ciertos elementos se podría haber sacado más partido. No estoy muy seguro de que esto fuera necesario: el encanto poético y verosímil me sigue persuadiendo, y caigo rendido… En definitiva, la película nos habla de la vida y de sus retornos y giros: de los ciclos, de los hechos, de las tentativas y estancamientos; de las recaídas y de las recuperaciones; de los sentimientos, frustraciones y dolores recurrentes; de las rutinas, de la claudicación y del ocasional resurgimiento. Nos convence -y nos conmueve, con ello- de que la Vida es una constante maravilla, un milagro: demasiado pegada a nosotros como para poder verla en todo su esplendor y en toda esa inmensidad inabarcable… Y es así, todo ello, a pesar de la privación de metas alcanzadas; gracias, sobre todo (y he aquí lo importante), a todo lo demás: nos sorprende y nos da sentido, al hacer de nosotros lo que somos; incluso con sus carencias y sus ausencias, lo consigue… Carentes como estamos, tan a menudo, ¡y tan ausentes!, de nosotros mismos: ensimismados ante la nada obcecada que solos nos construímos.

Podría destacar varios momentos o secuencias, pero me voy a quedar con una de las más sencillas y conmovedoras: Emma Stone, durante un casting, inicia un relato improvisado, y, por medio de un lento trávelin, la cámara se acerca hasta un primer plano (sólo ella queda iluminada, en medio de un evocador claroscuro). El relato de la actriz se transforma en canción, y en ella se nos hace una reivindicación de las existencias “alocadas”, “sin sentido”: fracasadas, en suma, pero entusiastas del hecho -simple, pero extraordinario- de estar aquí: para zambullirnos en ríos o para renunciar a todas las luchas, sin el peso, demoledor y absurdo, de sentir amargura ni las losas de todas las derrotas, una encima de otra.

“La La Land” es una de las películas más evocadoras y conmovedoras que he visto y gozado en mucho tiempo: una joya que nos recuerda lo que debería ser SIEMPRE (hubo un tiempo en el que esto era más frecuente) el gran CINE. Y es que lo vitalista no debería estar reñido con la más hermosa lucidez; tampoco con la más amarga.

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“El hijo de Saúl”: la muerte no es el final

Hijo de Saúl-Nemes, 2015-Reduc

Dicen de la persona ética que no espera recompensa de su postura y acción moral. Sin embargo, esto no es exacto: la persona ética confía en que los demás acuerden con ella (o con él) la coherente reciprocidad de sus acciones u omisiones. Este acuerdo es la esencia del Contrato Social; y éste, a su vez, el cimiento de la propia Civilización.

Lo que pone a la persona ética en un punto de perplejidad, primero, y de planteamiento de renuncia a sus propios principios, a la postre (con un sentido último realmente utilitario para éstos, no necesariamente moral), es la proliferación de una crisis: la del propio modelo social que se basa en el Contrato Social.

Es la Ley -el acuerdo entre todos de un corpus legal, que se ha de acatar- la expresión de este contrato; pero resulta inútil la redacción de ésta, por muy exhaustiva que sea, si se propaga un empeño anti-ético entre una mayoría indolente o hasta esforzada en pervertir y manipular el significado de no importa que meridianas prescripciones y coerciones. Ya que, si se busca y aplica la trampa incluso antes que la Ley; y si la propia Ley se retrae, como enredada en sus propias contradicciones garantistas, entonces descubren los tramposos que la rentabilidad del respeto al Contrato es escasa o nula. El proceso así iniciado es como una reacción en cadena, con un repentino e imparable punto de no retorno, que sólo a los incautos o a los estúpidos puede sorprender.

Otra expresión (más bien reacción) ante este caos, reino de los ventajistas y de los más fuertes, es otra suerte de contrato: se parece mucho al primero -que históricamente es, en realidad, el último-, pero se distingue del mismo en que su naturaleza no es negociada, sino impuesta. Una minoría muy amplia, por lo general -a menudo avalada por un consenso mayoritario: por aclamación o, siquiera, tácito-, declara una especie de “estado de excepción”, que se pretende, en realidad, generalizar y perpetuar. A menudo se llama a esto “fascismo”; o totalitarismo. Lo cierto es que el fascismo es tan antiguo como la propia Historia, muy anterior a la segunda década del siglo XX. Sea como sea, es producto de la propia Civilización, y acude al rescate de los distintos contratos sociales con una cierta frecuencia: más bien, para imponer el suyo. A los disidentes los convierte en prescindibles -o, directamente, en cadáveres- y a los predadores en héroes.

Goya acuñó la misteriosa e inquietante frase que dice: “El sueño de la Razón produce monstruos”. La verdad es que es la puesta en práctica de ciertas razones la que desata los monstruos más atroces, salidos de las más cotidianas -y francamente HUMANAS- cajas de Pandora. Se trata de ese submundo terrorífico, incómodo y siempre latente, que permanece controlado por las fuerzas de la ética y la tensión aceptable de los contratos y las creencias morales, el cual bien podría ser llamado “subconsciente social”: todo un infierno, que hemos sometido tras el esfuerzo de millones a lo largo de milenios. ¿O hemos creído hacerlo?… Al fin y al cabo, son los más terribles, de todos aquellos monstruos, los que contemplamos al mirar en un espejo.

Así, entretenidos en este ejercicio de miradas, tras un somero vistazo al mundo que nos acoge, ¡en estos días!… se nos podría venir abajo tan optimista premisa: la de que la Civilización ha superado la tentación al Horror; su capacidad, en definitiva, de dejarse llevar por los más espantosos e irreversibles sumideros.

En fin, este preámbulo, tan extenso como poco riguroso, responde hoy a una necesidad: la de reflexionar en torno a una película. Se trata de “El hijo de Saúl”, de László Nemes, autor húngaro debutante (lo cual no quiere decir que sea un mero aprendiz en el medio audiovisual: sus credenciales incluyen la asistencia en la dirección a su paisano Béla Tarr), que recibe actualmente los más distinguidos parabienes y premios por esta su primera película larga de ficción.

No pretendo profundizar ni ser demasiado minucioso; al menos, no en principio. Pero me acucia el impulso de expresar -sin necesidad de entrar a fondo en el riguroso y extremo planteamiento técnico-narrativo de la planificación de esta película- la sensación de horror que transmite. Esta necesidad tiene que ver con lo que evoca, más que con lo que muestra “El hijo de Saúl”. Tal contención ya define uno de sus principales méritos. De hecho, es tan radical su propuesta, que se podría encuadrar en cierto tipo de relato audiovisual, más próximo al llamado vídeo-arte que al lenguaje creado por Griffith y tantos otros. Lo cual no quiere decir que no se trate de un film narrativo y, en este sentido, perfectamente legible.

Entonces, ¿qué es lo que distingue a “El hijo de Saúl” de “La lista de Schindler”, por ejemplo?… No seré el primero en apuntar esto: la película de Nemes nos sumerge en el infierno. ¿Por qué lo consigue?… Toda narrativa convencional obliga a adoptar una cierta distancia: ya sea por la familiaridad con que la percibimos, o porque es una de las premisas que la naturaleza semiótica del relato impone. De alguna manera, Nemes anula o acorta esa distancia al mínimo posible. El “truco” es sencillo: la cámara se “pega” a un personaje, el protagonista (rara vez busca el enfoque más allá de él), y la óptica reduce su profundidad de campo a poco más de un metro. Además, la planificación de cámara en mano (steady-cam, más bien, doy por hecho) se prolonga en tomas de planos-secuencia.

Dicho así, parece fácil; o, quizá y por el contrario, se nos antoja difícil que tantas limitaciones funcionen. Lo cierto es que lo logran. Quiero pensar que lo que hace que esto sea así es la obsesiva persecución a la que se nos obliga como espectadores: nos convertimos en esclavos de esa mirada, como si estuviéramos atados al protagonista y éste tirase de nosotros: ¡esclavos, pues, de otro esclavo!… Lo que me recuerda otra extraordinaria película de Elem Klimov, precisamente llamada Idi i Smotri: “Ven y mira” (1985). Es indudable que Nemes es consciente de este precedente; y que, de forma deliberada, se ha inspirado en él.

Así pues, resulta que hay ciertas películas que, con escasos elementos, parcas y de elocuencia limitada, diálogos escuetos o casi nulos, logran transmitir algo más. En este caso concreto, lo que me resulta sumamente inquietante y perturbador es la sensación casi inmediata que obtengo de la frialdad industrializada con la que el más atroz de los horrores se puede llevar a cabo. Asimismo, el efecto devastador de la deshumanización del Humano. Todo esto se palpa en “El hijo de Saúl”.

Y resulta tan próxima esta inmediatez que, además, me perturba con otra certeza más, aún más devastadora: toda realidad es posible; y toda circunstancia y hecho son, por tanto, repetibles. Incluso los más espantosos… Las coartadas para los miserables siempre han sido -y son- infinitas. Ignorarlo es muy peligroso… Pero vivimos en unos tiempos en los que todo es ignorancia, la cual ¡incluso! se premia: con dinero, con estupidez gozosa, con paz de espíritus ciegos y con estupefacientes para cerebros de trépano voluntario.

Para terminar, quisiera añadir que ese “hijo” de Saúl -resistente, “superviviente”- constituye, para mí, un símbolo: el que el propio Saúl sublima, al empeñarse en recuperar una fracción de Dignidad y de Humanidad, en medio de la anulación de su espíritu y del de sus semejantes, aún peor que la aniquilación de sus cuerpos (del que éstos son tan solo una apariencia contingente de esa esencia): una especie de búsqueda de cierta trascendencia, mucho más allá de parentescos o de convenciones genéticas. En definitiva, ese hijo representa a todo un pueblo; a la Humanidad entera… Una representación del propio Dios, si lo entendemos a Éste, siquiera, como una idea de lo Absoluto, empeñado en no morir: en redimirse y en redimirnos, después de todo.

Declaración de amor a Maureen O´Hara

Se menciona un homenaje (sin duda merecido) en la anterior entrada de este blog; pero lo cierto es que, ahora que caigo, veo que todo en él quizá haya sido tan solo un prolongado homenaje: a los que se nos han ido muriendo, por supuesto; pero también dedicado a un ámbito de creatividad y Arte que -como todo hoy en día- parece esfumarse, poco a poco… O, al menos, la forma en que los de mi generción y aún mayores lo hemos conocido y apreciado.

Así, no sería lógico que un blog concebido con estas trazas -este humilde “cuaderno de bitácora”- se olvidase de Maureen O´Hara, a quien he debido amar desde que pude verla, aún en el paupérrimo y titubeante blanco y negro de aquel televisor “ÍNTER”, deslumbrante en alguna película de John Ford, casi con toda seguridad. Lo cierto es que ahora lo que me pide la nostalgia es hablarle a ella, ya que…

“¿Sabes, Maureen?: me acordé de ti el día en que debías morir, ¡sabe Dios por qué!… Quizá tú representabas el último resto de un mito que aún pervive, pero que se agota. Yo era tan sólo un niño, que apenas empezaba a conoceros, cuando vosotros ya descansábais o “decaíais” -la mayoría, o una cosa u otra-, tras décadas de gloria y adoración global: ¡estrellas de Hollywood!… Me pregunto cómo se ve una vida tan larga cuando se ha pasado por ella así y, sin embargo, el sentido de esto -como a todos nos ocurrirá- se va reduciendo a una franja cada vez más estrecha, hasta la disolución completa del tiempo y de la consciencia… No obstante, al recordar tus ojos y todo tu rostro, sólo me los puedo imaginar firmes, determinados y dulces hasta el final: un intenso revuelo de complejidades, matices y franqueza.

Lo cierto, Maureen, es que a veces uno se plantea si no acabará por ser más real la vida que yo vi en esa sombra de ti como Esmeralda, cuando sube ella a la picota y le da de beber al monstruo; o en medio del verdor y la grisalla de Irlanda, a los que, quién sabe si impulsado en parte por tu visión, yo acabaría acudiendo y habitando… Más real acaso, como decía, la huella de tu sombra en mi frágil memoria, que la vida que yo palpo y vivo (a menudo, a mi pesar; ¡y ya privada de tantos sueños!). Es por ello -me aventuro a conjeturar- que una parte de mi impulso restante se apoya en vosotros, los “mitos”, que sois como sueños soñados con los ojos bien abiertos y fascinados… Tú siempre fuiste uno de los más admirables y conmovedores; hasta cierto punto (sé que te vas a reir), REAL.

Y es que no pude ver una imagen de la compasión y de la piedad más bella y conmovedora que en esa plaza medieval, parisina, idealizada y casi onírica, que orquestó el gran Dieterle: ese agua que le dabas al jorobado Laughton aún moja y alivia: no se puede decir más; excepto, tal vez, que se sentía en ese gesto y en toda la secuencia, al mismo tiempo, una estremecedora carnalidad, difícil de explicar… Tampoco hay otro contrapicado de medio perfil, una salida de plano en profundidad de campo más prometedora que la de Mary Kate Danaher, cuando mira de soslayo al recién llegado de los “States”… ¡Por no hablar de esas portentosas coreografías de besos, tormentas y mamporros!… Ya antes, en un blanco y negro deslumbrante (¡Arthur Miller!), tu velo describió un vuelo mágico al ritmo de un bello himno galés y de uno de los más delicados “trávelins” de este arte sublime llamado cine… ¡Y te emocionaste sinceramente al recordar al viejo Jack (John Ford) en aquella entrevista para el documental de Lindsay Anderson!: inolvidable…

En fin, Maureen: hay ausencias que nos hacen un poco más pequeños y nos recuerdan nuestra propia insignificancia. Pero hay -¡aún queda!- una parte dentro de este precario ser que se sustenta en ti: en tu pelo rojo y en tus ojos verdes, maravillosamente expresivos; en la línea delicada y perfectamente definida de todos los encuadres posibles de tu rostro; en una voz de timbre y modulación recios y, al tiempo, delicados. Te echaremos de menos… hasta el día en que nos encontremos en las praderas de Tír na nÓg”.

“Qué difícil es ser un dios” (cuando el cine iguala la realidad)

Alexey German (no entiendo el uso de la grafía “ks”: en español ese sonido es, exactamente, el de la X; que, por cierto, no corresponde a la “ch”. Fdo.: Comité de elusión deliberada de la muy supuestamente mega-trendy y “subversiva” letra K), autor ruso, que falleció antes de ver terminada la película que aquí se comenta (apenas rodó seis, ya que no encajaban demasiado su estilo ni sus puntos de vista con los de la férrea “nomenklatura” soviética), se dejó la piel, y muy probablemente la salud, en este su último proyecto.

El mérito de casi dos décadas de trabajo es encomiable. Y la alegoría, genuinamente rusa, del lodazal al que -no nos engañemos- parece dirigirse toda Europa (otra vez), se entiende mucho mejor si manejamos las claves del gigante del este… No sé si éste es de los que tienen los pies de barro (la Historia nos enseña que son los lodos, la nieve, el frío y los calores extremos, la inmensidad… lo que se pone siempre de su lado), pero se observan ciertos indicios que a toda persona, medio ilustrada y sensible, deben preocupar. En este sentido, resulta sumamente elocuente el documental que se puede ver en esta dirección de “TVE a la carta”.

No deberíamos perdernos tampoco la muy reciente e inquietante “Leviatán”, de Andrei Zvyagintsev: despotismo, crimen, impunidad, abusos de todo poder, desprotección, arbitrariedad, desigualdad galopante y en auge geométrico… muestran una civilización que parece empeñada en precipitarse, UNA VEZ MÁS, hacia una larga “Edad Oscura”.

Como obra cinematográfica, es, sin duda, mucho más disfrutable esta última; si bien, queda lejos de ser una película “fácil”, digamos… Sobre “Qué difícil es ser un dios” he escrito el siguiente comentario, también disponible en “FILMAFFINITY”…

Tras una hora de metraje, el planteamiento estilístico -un hercúleo ejercicio, sin duda- queda de sobra expresado; ¿o, quizá, debiera decir al cabo de quince minutos?… Planos secuencia, en excelente blanco y negro, que -con ópticas especiales, que combinan el primer plano con el hiper-próximo plano de conjunto, frecuentísimos macros y grandes angulares- extienden la profundidad de campo casi de forma ilimitada… Se dan ocasionales excepciones -digamos más convencionales- de este tipo de planificación óptica, pero no son demasiadas. Imagino que los operadores debieron mantener sujeta la cámara, la mayor parte del tiempo, con una steady-cam. Las escenografías rezuman -el verbo no se ha escogido por sus connotaciones metafóricas, ¡ojo!- fluidos: líquidos acuosos y emulsionados; orgánicos e inorgánicos; barro e inmundicia sin cuento. La naturaleza exacta de éstos es difícil de precisar, debido a la fotografía acromática, pero se intuye el realismo; inevitable, en la mayoría de los casos. La lluvia, los vapores insanos y la niebla parecen ubicuos, incluso en los interiores. Se debe observar, pasmado, que los fotógrafos pudieran evitar -yo diría que en todo momento- los salpicones de goterones, esputos y eyaculaciones varias.

Los planos-secuencia oscilan entre lo exquisitamente planificado -esta precisión es la que los autores, Alexey German y sus descendientes, reivindican- y lo improvisado; por no mencionar cierto caos arbitrario. Esta sensación se acrecienta cuando los actores -pocos o ninguno fueron escogidos por ser profesionales- miran al objetivo, como si éste fuese un personaje; es decir: como si se tratase de un plano-subjetivo. En realidad, así es: un plano subjetivo… ¡de casi tres horas!, en el que el personaje inmerso, deambulante, testigo forzoso… es usted mismo: el espectador.

Hablaba al principio de lo que ocurre al cabo de una hora… Y, bueno: lo cierto es que no ocurre NADA (más bien, se diría que lo que ocurre no acaba de tener ningún sentido), en medio de grupos abigarrados, prietos, casi en permanente trajín y violencia. ¡O sí!: ocurre que el espectador renuncia a esperar que ocurra algo. Como decía, el portentoso ejercicio de estilo ha quedado claro, reconocido su mérito; pero la perspectiva de otras dos horas de, exactamente, lo mismo, hace que uno se revuelva en el asiento y mire el reloj. Varios se levantan de la butaca, pero no van al escusado… Un servidor, cinéfilo recalcitrante, resiste y observa: no quiero marchar sin elevar un veredicto con todas las pruebas bien analizadas.

Y ya que la “línea argumental” (algún nombre habrá que darle) no nos sumerge en una subyugante narración, concepto al que luego volveré, uno se entretiene, desde luego, en la observación de cientos de detalles, por mucho que éstos se recreen en lo redundante, en el hastío, en la náusea; además, terminas por enfrascarte en la constatación de las fuentes iconográficas: son evidentes Pieter Brueghel, El Bosco, Tarkovsky -si bien es cierto que en un solo plano de éste puede sentirse el escalofrío de lo sublime: información y sensación, ambas, con una precisión emocionante-, Elem Klimov, Miklós Jancsó… Pasolini, y también Fellini… Y Béla Tarr, claro; aunque de éste sólo conozca algunas referencias y secuencias.

El mérito -o los méritos- de propuesta tan radical es evidente: coherencia y trabajo ímprobo, impecable, de técnicos, director artístico, maquilladores, encargados de vestuario y demás parafernalias… No puede dejar de admirarse tanta determinación, tanto tesón. El problema es que…

El problema es que una obra abstracta -de tesis: una sola; que el estado natural del mundo es ser un lodazal y un estercolero; y que la Cultura y la Ciencia son logros precarios y muy vulnerables-, la cual le obliga a uno a mantenerse tres horas frente a la misma (al menos, Pollock, Rothko, Palazuelo o Tàpies no me fuerzan a llegar tan lejos; y consiguen emocionarme incluso más), acaba por resultar una tortura. Y, en cuanto a la tesis, uno no podría estar más de acuerdo; pero tres horas de mi vida, a ciertas edades, se cotizan ya a unos precios incalculables… Por otro lado, el cine es TAMBIÉN (creo que debería serlo) un ARTE NARRATIVO, no meramente descriptivo: la sabia y equilibrada combinación de éstos y otros elementos, han convertido al cine en lo que es: fuente de placer, conocimiento, espiritualidad, emoción y fascinación. Todo lo demás, por desgracia, se da en la vida diaria y real con pasmosa y redundante abundancia.

Un último detalle: el uso del doblaje en la sonorización original de la película (imagino imposible una toma directa de sonido en medio de semejante caos de colgajos inmundos) distancia AÚN MÁS al espectador de lo que ve. Lamentablemente, la inexpresividad monótona de la voz protagonista -un célebre, en Rusia, Leonid Yarmolnik-, multiplica este efecto somnífero.

TESLA (y otras ocurrencias)

Las “ocurrencias” son, como ya viene siendo habitual, defunciones: nos han dejado Laura Antonelli (una de las mujeres más bellas, desbordantemente sensuales y desgraciadas de la historia del cine europeo), Marujita Díaz (que en su estilo y circunstancias -española y en aquella época- también tuvo lo suyo; y, además, no creo que fuera nunca demasiado desgraciada) y James Horner, que así mencionado, pues igual no os dice mucho, pero si digo “Avatar”, “Titanic” o “Braveheart” puede que ya os quiera sonar… Y nunca mejor dicho, pues fue él el compositor (repárese en la importancia de un acento) de los fondos sonoros, espectaculares y resultones, de una profesionalidad irreprochable (si bien, en términos estrictamente musicales, poco originales), de esas películas de Hollywood y de otras muchas; con Oscars incluídos.

Y acabo de ver, para terminar, este artículo en El País (digital) sobre uno de los grandes genios de la física y de la tecnología del cambio de siglos, entre el XIX y el XX. En vida de Nikola Tesla, que de él se trata, lamentablemente, sus hallazgos y trabajo no se reconocieron como hubiese sido de justicia, pero esto es el planeta Tierra, habitado por humanos, y ya se sabe…

Vicente Aranda

Hace unos días nos dejaba Vicente Aranda, un catalán que, hasta donde a mí me alcanza, nunca fue mucho de ello (significativo que nunca alterase su nombre). De hecho, su película más memorable exuda ese tipo de castellanidad, algo claustrofóbica, tan característica del mejor Bardem, por ejemplo: me refiero a “Amantes”. Otras obras suyas dignas de destacar serían “Fanny Pelopaja”, la “bilogía” de El Lute o su aportación a la serie de TVE, “La huella del crimen”, que se llamó “El crimen del Capitán Sánchez”. Parte de su muy literaria identidad -se ha repetido bastante estos días que siempre quiso ser escritor- residió en un especial interés por dirigir a sus actores (a sus actrices sobremanera), a los que solía exigir registros e interpretaciones al límite. En este sentido, si de pasiones se trataba, lo suyo no eran las elegantes elipsis, sino una estética indisimulada de indagación en la intimidad más escabrosa; en los instintos más básicos, por así decirlo.

El “tradicional” juego del pañuelo

Por desgracia, su indudable profesionalidad y pericia, en los últimos años de su carrera, no nos ofrecieron resultados muy atinados. Y de lo poco que tengo visto de esta época suya, apenas nada se puede considerar a la altura del “pathos” y del drama conmovedor que se desencadena a los nevados pies de las agujas góticas de la catedral de Burgos (“Amantes”). Para terminar: como venimos repitiendo, demasiado a menudo en estas páginas, recientemente: descanse en paz, Don Vicente Aranda.

El tío de Nicolas

!El Horror!

¡El Horror!

Cage… Es una broma, claro. Además, supongo que muchos de vosotros ni siquiera sabréis que Francis Ford Coppola (al que, eso sí, la mayoría conocerá por “El Padrino”) es el tío de Nicolas Cage. Pero no estamos aquí para hablar del bueno de Nick, que hace ya tiempo que no hace demasiado honor al nombre de su saga familiar, sino del más reciente Premio “Princesa de Asturias” (¡Vaya chollo cinéfilo y mitómano que tenéis, amigos asturianos, por cierto!).

De Francis, el tío, el más valioso creativo de los Coppola (el padre, Carmine, compositor; la hermana, Talia Shire, actriz; la hija, Sofia, aceptable sucesora), tampoco se puede decir que haya destacado mucho en el nuevo milenio; pero cualquier día nos sorprende con otra joya… Al menos, yo no pierdo la esperanza.

Desde aquí le felicitamos y nos felicitamos, al tiempo que le deseamos al orondo italo-americano que reuna pronto la financiación suficiente para abandonar, por unos meses, los viñedos de California, y así poder realizar la próxima obra maestra; tal vez su última y definitiva… Al fin y al cabo, alguien que pudo parir cosas tan grandes, tan decisivas y visionarias como “The Godfather” y “Apocalypse Now”, obras que nos han fascinado y marcado a millones, bien podría recuperar su vena más creativa algún día; a pesar de que, por lógica, ya le falten esa energía y bríos de sus años de juventud y apogeo.

Para finalizar, os enlazo a los artículos que hoy se le dedican:

“Un hombre y su sueño” (Javier Ocaña)

“Coppola el bárbaro” (Vicente Domínguez)

“Produciendo a un genio” (Gerardo Herrero)

“Coppola, la tragedia de un genio” (F. Marín Bellón)

“Leyendo el Quijote” (O. Rdguez. Marchante)

“La obra de arte total” (Fernando R. Lafuente)

“El último de los Borgia” (Rodrigo Cortés)

“Ya no se hacen películas” (Luís Martínez)

“El suicidio como bello arte” (Luís Martínez)

“Ni que fuéramos abogados” (Lorenzo Silva)

“El mayor ´fracaso´ de la historia” (Luís Martínez)

Hace poco lo recordaba, pero hoy cumpliría 100 años: Welles

Por este motivo, en diversos medios hoy le dedican al precoz Orson una serie de artículos que os permitirán conocerlo mejor.

“Todo en él era grande” (Carlos Boyero)

“Dirigir es el trabajo más sencillo del mundo” (Gregorio Belinchón)

Fotogalería (El País)

“El mejor contrapicado de la historia” (Oti Rdguez. Marchante)

“The Other Side Of The Wind”

Citas

Por supuesto, la mejor manera de entender la trascendencia de su genio es ver sus películas. En la filmoteca de Cantabria -que, para el que no lo sepa, está en la calle Bonifaz de Santander- le han estado dedicando un ciclo, lo cual se os mencionó en su momento, si no recuerdo mal.

Aprovecho para reiterar que le cojáis afición a la “filmo”. Ahora tocan ciclos dedicados al western clásico, al cine asiático más reciente, al no tan reciente (Guru Dutt) y a Miklós Jancsó, entre otras ofertas. Con meses mejores o peores, la programación siempre propone la oportunidad de ver cine distinto, interesante, clásico o genial; en versión original y a un precio muy razonable (subvencionado, claro: que así siga).

“Pauerpoin” que conviene revisar

Ilustra el susodicho PPS algo que, sorprendentemente, muchos parecen no tener claro: la ley del semicírculo (que debería llamarse, más bien, “del semiplano”). Lo podréis ver tratado desde la página 15, en adelante y hasta el final.

A vuestra disposición hasta el día 3 de mayo, domingo.

Plano / Contraplano (“Angel Face”, Otto Preminger. 1953). El “eje de acción” enlaza las miradas de Jean Simmons y Robert Mitchum. ¿Qué

Plano / Contraplano (“Angel Face”, Otto Preminger. 1953). El “eje de acción” enlaza las miradas de Jean Simmons y Robert Mitchum. ¿Qué “semi-espacio diegético” no invade la cámara? Es decir: ¿desde dónde no “mira” a los actores?

Los primeros formatos panorámicos del cine

Aquí me tenéis de nuevo para profundizar un poco en un asunto que me parece bastante interesante: el de los formatos panorámicos. Es evidente que la idea ha tenido éxito a lo largo de la historia del audiovisual, ya que aún perdura su uso: ello se hace bien patente en los todavía recientes formatos anchos -y planos- de la televisión en alta definición. Sin embargo, conviene puntualizar que no es en la década de los 50 -en Hollywood, claro está- cuando se patentan los primerísimos procesos de filmación y proyección en pantallas panorámicas. Sorprendentemente esto ocurre en… ¡1895! (sí: es el año en que, oficialmente, se da por inventado el cine), cuando Woodville Latahn patenta el EIDOLOSCOPE, originalmente llamado PANOPTIKON, que carga una película de 51 mm. y genera imágenes con un extraordinario ratio de 1,85. Lathan, por cierto, se hizo más famoso por otro sencillo invento: el “Lathan Loop”, un pequeño “lazo” o bucle de película, que destensaba ésta antes de pasar justo a través de los mecanismos de arrastre y obturación (no obstante, conviene echarle un vistazo a este artículo de la WIKI, en inglés, sobre Eugene Agustin Lauste; o a este otro).

El Loop de Lathan

El Loop de Lathan

A propósito: al parecer, es con este equipamiento, el del EIDOLOSCÓPIO, con el que se lleva a cabo el 21 de abril de 1895, en Nueva York, la que sería la PRIMERA PROYECCIÓN PÚBLICA -aunque sólo asistieran miembros de la prensa- de una imagen en movimiento en los Estados Unidos (motion picture), por lo que se puede considerar ésta como una de las primeras exhibiciones cinematográficas de la historia del cine.

Sencilla representación de una proyección con el Panoptikon

Sencilla representación de una proyección con el Panoptikon

Posteriormente, en Italia, en el año 1914, Filoteo Alberini patenta el PANORAMICO, ¡con un increíble ratio de 2,52 y en película de 70 mm.! (“Il sacco de Roma”). Conviene recordar que estos inventos nos los podemos tomar casi como curiosidades historicas, ya que no suelen implicar más allá del estreno de uno o de escasísimos títulos, ya que su viabilidad técnica, industrial y comercial resulta imposible o improbable. Hay que esperar al año 1925 para ver alguna novedad en EE.UU. (NATURAL VISION, 63,5 mm. y un ratio de 1,84); pero, sobre todo, es a partir de 1927 cuando se desata una auténtica fiebre panorámica. Todo empieza con la POLYVISION, de Abel Gance, de tres pantallas (cuya proyección no es permanente; es decir: no es una suerte de “cinerama” a la francesa), con el que rueda su obra maestra, “Napoleón”. Destaca, no obstante, en el mismo año (otras fuentes mencionan el año previo de 1926), el ANAMORPHOSCOPE / HYPERGONAR, de Henri Chrétien: un AUTÉNTICO PREDECESOR DEL CINEMASCOPE. Fijaos: 35 mm., anamórfico y con un ratio de 2,66. Así que ya sabéis de dónde obtuvo la idea, veinticinco años después, la gran industria del entretenimiento en Hollywood (Twentieth Century Fox). Enseguida, aparecen el MAGNAFILM, el FOX GRANDEUR, el FEARLESS SUPER PICTURES, el FOX VITASCOPE, el REAL LIFE… Todos éstos con ratios de 2 o superiores. La fiebre termina en 1930 con el 50 MM., de la FOX, que utlizaba una película de 50 mm. (es evidente) y tenía un ratio en anchura de 1,80. Llega la Gran Depresión, luego la Segunda Gran Guerra, así que hay que esperar a 1952, como ya sabéis, para que resurjan con fuerza, y a consecuencia de otra gran crisis -esta vez en la industria del cine americana, por culpa de la televisión-, los formatos gigantes y panorámicos.