“La La Land”: el sentido de la vida… ¡y del cine!

Imagen relacionada

“La La Land” tendría muchas lecturas; pero una de las más interesantes sería ésta: trata de las segundas y de las enésimas oportunidades. Y reflexiona, en realidad y sobre todo, en torno al fracaso. La apariencia es engañosa: el esquivo y ocasional éxito se toma como una, tan solo, de las infinitas opciones posibles. Desde luego, está lejos de ser “naturalista” (el propio género musical es la antítesis del naturalismo), pero su magia no parece incompatible con cierta verosimiltud poética, por así decirlo. Aceptables licencias éstas, concedidas, de manera congruente, a ciertas formas de “fingimiento”.

Por otro lado, al tiempo que subraya la nostalgia por un mundo que se nos va (con el contrapunto del desprecio actual mayoritario hacia las formas clásicas de las artes populares, desbordadas por lo más trivial, y la desaparición de sus templos y aficionados), se muestra un cierto resurgimiento real -algo más que añoranza de pose– del placer que nos aporta lo inmediato, lo auténtico: la emoción de un solo improvisado de piano en directo; o, incluso, la conexión con un pastiche “retro”, eco de una era en la que lo excelente y excitante era compartido por la mayoría, de forma masiva… ¡Y, además, había tiempo para poder saborearlo! En pocas palabras: una suerte de reacción ante el hartazgo por tanta saturación y dispersión tecnológica.

Se recrea “La La Land”, pues, en esos detalles que resaltan el contraste entre lo contemporáneo, con toda su fluidez y dispersión desconcertante, inabarcable, y los discos de vinilo, las viejas películas de Hollywood (que aquí aparecen, incluso, como “momificadas” en forma de “Parque temático”), los coches desmesurados de la ya arruinada industria de Detroit, los “night clubs” a la vieja usanza, los trajes de chaqueta y hasta los sombreros fedora…

A nivel técnico, invoca y homenajea a menudo a los clásicos, por supuesto (los más obvios: Minelli, Donen, Ray… ¡Incluso Hitchcock y Berkeley!); también a lo Clásico… Pero se sirve de lo más avanzado de la tecnología para llevarla a un terreno humano, sensato y honesto (yo diría): las “virguerías” técnicas están al servicio no sólo de sí mismas -como presas de un alarde vácuo en dicho homenaje a lo antiguo-, sino, también, al de los personajes y su propia historia. No se puede negar la magia que de todo ello resulta.

He leído, por otra parte, que la película empieza grande y deslumbrante; y que así termina: ensoñadora, agridulce, serena y mágica. Que en la peripecia central la historia renquea o afloja, más convencional… ¿No es posible que sean así la mayoría de las vidas vividas?… Con todo, algunos podrán decir que de ciertos elementos se podría haber sacado más partido. No estoy muy seguro de que esto fuera necesario: el encanto poético y verosímil me sigue persuadiendo, y caigo rendido… En definitiva, la película nos habla de la vida y de sus retornos y giros: de los ciclos, de los hechos, de las tentativas y estancamientos; de las recaídas y de las recuperaciones; de los sentimientos, frustraciones y dolores recurrentes; de las rutinas, de la claudicación y del ocasional resurgimiento. Nos convence -y nos conmueve, con ello- de que la Vida es una constante maravilla, un milagro: demasiado pegada a nosotros como para poder verla en todo su esplendor y en toda esa inmensidad inabarcable… Y es así, todo ello, a pesar de la privación de metas alcanzadas; gracias, sobre todo (y he aquí lo importante), a todo lo demás: nos sorprende y nos da sentido, al hacer de nosotros lo que somos; incluso con sus carencias y sus ausencias, lo consigue… Carentes como estamos, tan a menudo, ¡y tan ausentes!, de nosotros mismos: ensimismados ante la nada obcecada que solos nos construímos.

Podría destacar varios momentos o secuencias, pero me voy a quedar con una de las más sencillas y conmovedoras: Emma Stone, durante un casting, inicia un relato improvisado, y, por medio de un lento trávelin, la cámara se acerca hasta un primer plano (sólo ella queda iluminada, en medio de un evocador claroscuro). El relato de la actriz se transforma en canción, y en ella se nos hace una reivindicación de las existencias “alocadas”, “sin sentido”: fracasadas, en suma, pero entusiastas del hecho -simple, pero extraordinario- de estar aquí: para zambullirnos en ríos o para renunciar a todas las luchas, sin el peso, demoledor y absurdo, de sentir amargura ni las losas de todas las derrotas, una encima de otra.

“La La Land” es una de las películas más evocadoras y conmovedoras que he visto y gozado en mucho tiempo: una joya que nos recuerda lo que debería ser SIEMPRE (hubo un tiempo en el que esto era más frecuente) el gran CINE. Y es que lo vitalista no debería estar reñido con la más hermosa lucidez; tampoco con la más amarga.

https://i0.wp.com/cinepremiere.impresionesaerea.netdna-cdn.com/trailers/2016/11-noviembre/La-La-Land-trailer-3.jpg

“Qué difícil es ser un dios” (cuando el cine iguala la realidad)

Alexey German (no entiendo el uso de la grafía “ks”: en español ese sonido es, exactamente, el de la X; que, por cierto, no corresponde a la “ch”. Fdo.: Comité de elusión deliberada de la muy supuestamente mega-trendy y “subversiva” letra K), autor ruso, que falleció antes de ver terminada la película que aquí se comenta (apenas rodó seis, ya que no encajaban demasiado su estilo ni sus puntos de vista con los de la férrea “nomenklatura” soviética), se dejó la piel, y muy probablemente la salud, en este su último proyecto.

El mérito de casi dos décadas de trabajo es encomiable. Y la alegoría, genuinamente rusa, del lodazal al que -no nos engañemos- parece dirigirse toda Europa (otra vez), se entiende mucho mejor si manejamos las claves del gigante del este… No sé si éste es de los que tienen los pies de barro (la Historia nos enseña que son los lodos, la nieve, el frío y los calores extremos, la inmensidad… lo que se pone siempre de su lado), pero se observan ciertos indicios que a toda persona, medio ilustrada y sensible, deben preocupar. En este sentido, resulta sumamente elocuente el documental que se puede ver en esta dirección de “TVE a la carta”.

No deberíamos perdernos tampoco la muy reciente e inquietante “Leviatán”, de Andrei Zvyagintsev: despotismo, crimen, impunidad, abusos de todo poder, desprotección, arbitrariedad, desigualdad galopante y en auge geométrico… muestran una civilización que parece empeñada en precipitarse, UNA VEZ MÁS, hacia una larga “Edad Oscura”.

Como obra cinematográfica, es, sin duda, mucho más disfrutable esta última; si bien, queda lejos de ser una película “fácil”, digamos… Sobre “Qué difícil es ser un dios” he escrito el siguiente comentario, también disponible en “FILMAFFINITY”…

Tras una hora de metraje, el planteamiento estilístico -un hercúleo ejercicio, sin duda- queda de sobra expresado; ¿o, quizá, debiera decir al cabo de quince minutos?… Planos secuencia, en excelente blanco y negro, que -con ópticas especiales, que combinan el primer plano con el hiper-próximo plano de conjunto, frecuentísimos macros y grandes angulares- extienden la profundidad de campo casi de forma ilimitada… Se dan ocasionales excepciones -digamos más convencionales- de este tipo de planificación óptica, pero no son demasiadas. Imagino que los operadores debieron mantener sujeta la cámara, la mayor parte del tiempo, con una steady-cam. Las escenografías rezuman -el verbo no se ha escogido por sus connotaciones metafóricas, ¡ojo!- fluidos: líquidos acuosos y emulsionados; orgánicos e inorgánicos; barro e inmundicia sin cuento. La naturaleza exacta de éstos es difícil de precisar, debido a la fotografía acromática, pero se intuye el realismo; inevitable, en la mayoría de los casos. La lluvia, los vapores insanos y la niebla parecen ubicuos, incluso en los interiores. Se debe observar, pasmado, que los fotógrafos pudieran evitar -yo diría que en todo momento- los salpicones de goterones, esputos y eyaculaciones varias.

Los planos-secuencia oscilan entre lo exquisitamente planificado -esta precisión es la que los autores, Alexey German y sus descendientes, reivindican- y lo improvisado; por no mencionar cierto caos arbitrario. Esta sensación se acrecienta cuando los actores -pocos o ninguno fueron escogidos por ser profesionales- miran al objetivo, como si éste fuese un personaje; es decir: como si se tratase de un plano-subjetivo. En realidad, así es: un plano subjetivo… ¡de casi tres horas!, en el que el personaje inmerso, deambulante, testigo forzoso… es usted mismo: el espectador.

Hablaba al principio de lo que ocurre al cabo de una hora… Y, bueno: lo cierto es que no ocurre NADA (más bien, se diría que lo que ocurre no acaba de tener ningún sentido), en medio de grupos abigarrados, prietos, casi en permanente trajín y violencia. ¡O sí!: ocurre que el espectador renuncia a esperar que ocurra algo. Como decía, el portentoso ejercicio de estilo ha quedado claro, reconocido su mérito; pero la perspectiva de otras dos horas de, exactamente, lo mismo, hace que uno se revuelva en el asiento y mire el reloj. Varios se levantan de la butaca, pero no van al escusado… Un servidor, cinéfilo recalcitrante, resiste y observa: no quiero marchar sin elevar un veredicto con todas las pruebas bien analizadas.

Y ya que la “línea argumental” (algún nombre habrá que darle) no nos sumerge en una subyugante narración, concepto al que luego volveré, uno se entretiene, desde luego, en la observación de cientos de detalles, por mucho que éstos se recreen en lo redundante, en el hastío, en la náusea; además, terminas por enfrascarte en la constatación de las fuentes iconográficas: son evidentes Pieter Brueghel, El Bosco, Tarkovsky -si bien es cierto que en un solo plano de éste puede sentirse el escalofrío de lo sublime: información y sensación, ambas, con una precisión emocionante-, Elem Klimov, Miklós Jancsó… Pasolini, y también Fellini… Y Béla Tarr, claro; aunque de éste sólo conozca algunas referencias y secuencias.

El mérito -o los méritos- de propuesta tan radical es evidente: coherencia y trabajo ímprobo, impecable, de técnicos, director artístico, maquilladores, encargados de vestuario y demás parafernalias… No puede dejar de admirarse tanta determinación, tanto tesón. El problema es que…

El problema es que una obra abstracta -de tesis: una sola; que el estado natural del mundo es ser un lodazal y un estercolero; y que la Cultura y la Ciencia son logros precarios y muy vulnerables-, la cual le obliga a uno a mantenerse tres horas frente a la misma (al menos, Pollock, Rothko, Palazuelo o Tàpies no me fuerzan a llegar tan lejos; y consiguen emocionarme incluso más), acaba por resultar una tortura. Y, en cuanto a la tesis, uno no podría estar más de acuerdo; pero tres horas de mi vida, a ciertas edades, se cotizan ya a unos precios incalculables… Por otro lado, el cine es TAMBIÉN (creo que debería serlo) un ARTE NARRATIVO, no meramente descriptivo: la sabia y equilibrada combinación de éstos y otros elementos, han convertido al cine en lo que es: fuente de placer, conocimiento, espiritualidad, emoción y fascinación. Todo lo demás, por desgracia, se da en la vida diaria y real con pasmosa y redundante abundancia.

Un último detalle: el uso del doblaje en la sonorización original de la película (imagino imposible una toma directa de sonido en medio de semejante caos de colgajos inmundos) distancia AÚN MÁS al espectador de lo que ve. Lamentablemente, la inexpresividad monótona de la voz protagonista -un célebre, en Rusia, Leonid Yarmolnik-, multiplica este efecto somnífero.

Las películas de una vida

ÚLTIMA ACTUALIZACIÓN: 3 de junio de 2105. Y aún no hay nada ni de Tarantino ni de Almodóvar, lo siento por sus fans. Es que tengo que hacer una revisión (siquiera parcial) de sus cosas. Sobre todo, del primero.

¡Por fin, terminado! Creo que no puedo añadir más que lo que leeréis, si os place, en el documento aquí descargable.

En otro orden de cosas, para los que veis “Saber y ganar”: la solución a la “parte por el todo” es “Carlo Monte en Monte Carlo”, opereta de Jardiel Poncela y Jacinto Guerrero, estrenada en Madrid en 1939. Juraría…

La materia de la que están hechos los sueños (

La materia de la que están hechos los sueños (“El halcón maltés”, de John Huston, 1941)

Siguientes pasos: la edad dorada del cine mudo, la transición a los “talkies” y otros hitos tempranos

Al Jolson junto a una madre embelesada

Para empezar, os remito a varias entradas antiguas en las que se reactivarán, en algunos casos, los enlaces de descarga; como siempre, durante un periodo de tiempo limitado (hasta el 22 de marzo). Lo veréis al final y a lo largo de esta entrada.

Estamos, pues, en la culminación industrial y artística de una nueva forma de Arte. Sin embargo, a finales de la década de los 20 del siglo pasado, se desencadena una revolución que, salvando las distancias, podría equivaler a la que vivimos hoy en día: la adición del prefijo “audio” a la tecnología “visual” provocó un terremoto en Hollywood -sobre todo en aquel páramo californiano, pero no de forma tan traumática en Europa-, que arruinó ciertos negocios y no pocas carreras, algunas de las cuales se podían calificar entonces como gloriosas. En mayor o menor medida, nombres tan eminentes y memorables como Gloria Swanson, Erich Von Stroheim o Buster Keaton (¡los tres aparecen en la maravillosa “Sunset Boulevard”, de Billy Wilder!, no por casualidad), empezaron a declinar a partir de 1927… La terrible crisis de 1929 supuso la puntilla para la economía y esperanzas de millones. Imagino que la rutilante “ciudad de los sueños”, Tinseltown, no fue ajena a esto. Todo este proceso, a propósito, lo podréis ver, expuesto de un modo jocoso y magistral, en una indiscutible OBRA MAESTRA: “Cantando bajo la lluvia”, dirigida por un jovencísimo Stanley Donen, entre 1951 y 1952, con la inestimable ayuda del coreógrafo, cantante y actor, Gene Kelly. Ninguno debería dejarla de ver, si aún no lo habéis hecho.

Por supuesto, al tiempo que unos se arruinaban, otros se forraban (es una vieja historia, que se repite y se repite, a lo largo de los siglos). Los grandes estudios, las “Majors” (20th Century Fox, Warner Bros., Columbia, RKO, Metro Goldwyn Mayer…), tuvieron la visión, la potencia económica y tecnológica suficiente para sobrevivir y florecer con la llegada del cine sonoro. Ya en la década de los 30, el color culmina un proceso que sienta las bases definitivas de lo que hoy entendemos por cine.

Sin embargo, el mundo no se para, y tras el terrible “receso” de la Segunda Guerra Mundial, la irrupción paulatina de la televisión en la mayoría de los países económica y tecnológicamente avanzados -empezando por Gran Bretaña y los Estados Unidos-, impone nuevos retos a la industria del entretenimiento masivo. El cine responde con nuevos y espectaculares formatos de proyección y sonido, además de generalizar el uso del color. Así pues, conviene echarle un vistazo a este largo, accidentado (está repleto de sonados, ruinosos fracasos) y fascinante proceso.

OTROS ENLACES:

Mr. Turner

Ya tuve el placer de ver la película de la que os escribí un adelanto, días atrás. En efecto, de un auténtico placer puedo hablar, pues “Mr. Turner” no me ha decepcionado.

Tal vez debiera describirla con un término del que se tiende a abusar, y que puede parecer un tanto cursi: la palabra “fresco”. Pero, si entendemos “fresco” como una obra de grandes dimensiones y con un programa iconográfico y narrativo amplio, entonces puede que ésta sea la palabra que mejor describa la que, después de todo, se trata de la biografía (parcial) de un extraordinario pintor.

Así pues, gran fresco, más descriptivo que narrativo; victoriano, para más señas. Aunque éste va más allá de los tópicos que asociamos a semejante idea -recatada, imperial y altiva-, lo cual se convierte en su gran virtud, pues resulta lo de menos tan habitual afán descriptivo (del mero y susodicho telón de fondo histórico), para resaltar lo que realmente importa: los personajes que lo pueblan.

En este sentido, se podría decir que Leigh reconstruye un escenario de un naturalismo impecable (a veces también implacable), curioso indagador de los seres humanos que pululaban entre las miserias de un mundo duro y real, a pesar de tratarse de la capital del más inmenso y rico imperio de la historia: Londres y alrededores.

El trazo con que dibuja dichos personajes es, como ya he dicho, realista hasta el naturalismo. No renuncia Leigh a la empatía, ni tampoco a la compasión, pues vemos a todos estos personajes atrapados en la enorme red de convenciones y de represiones clasistas, hasta la asfixia. Aquí no hay héroes, sino personas reales, llevando vidas reales; alcanzando, hasta donde pueden y sus propias taras se lo permiten, cierto grado de dignidad… y hasta de libertad.

Me gustaría añadir que un conocimiento, más o menos profundo, de las circunstancias, hechos, corrientes ideológicas y artísticas, nombres y personalidades -John Ruskin, John Constable o el desafortunado Benjamin Haydon- que definieron aquella primera mitad del siglo XIX en Gran Bretaña, ayuda a disfrutar de este fresco hermoso y honesto que es “Mr. Turner”, de Mike Leigh.

P. D.: Olvidé mencionar la importancia de disfrutar de esta joya en versión original: imprescindible, creo yo. Lo que me recuerda que Timothy Spall -aunque no sólo él- está realmente sublime. Comprobadlo.

Leigh, Mike / Turner, Joseph Mallord William

En estos días los amantes del buen cine, de los buenos intérpretes y de los grandes artistas, podremos disfrutar (¡¡por fin!!) de una película que, por estos parajes, se ha hecho esperar. Sin embargo, llega con la ventaja de poder ser vista en su versión original con subtítulos -para mí es una bendición, indudablemente; incluso si uno no se maneja en el idioma de Leigh, Mike y de Turner, Joseph Mallord William-. Se trata de “Mr. Turner”, dirigida, como acabo de indicar, por Mike Leigh.

Personalmente, Turner forma parte -tal vez, junto a Francis Bacon y dos o tres candidatos más- de mi personal dúo de pintores británicos modernos favoritos (de acuerdo: ya sé que Bacon nació en Irlanda). Pocos artistas se han adelantado tanto a su tiempo, y, menos aún, han sido capaces de seguir fascinando a través de -o, incluso, ya pasadas- las mil revoluciones que, desde entonces, han sobrevenido (algunos dirán que nos han asolado). Formal y conceptualmente, pocos artistas han aportado tanto y de una manera tan radical.

Por lo tanto, si aún no conocéis a este genio, supone una buena oportunidad que lo hagáis, ahora, gracias a una película de la que dicen que es primorosa en su reconstrucción histórica (marca de la casa: se trata de una producción británica), así como un dechado de arte interpretativo. Su protagonista, Timothy Spall -uno de esos feos gorditos egregios, en la vena de nuestro José Isbert o del extraordinario Charles Laughton-, al parecer (os lo confirmo en las próximas horas) elabora una composición actoral sublime; lo cual no me sorprende, viniendo de ése que fue capaz de conmovernos en la maravillosa “Secretos y mentiras”, del mismo Mike Leigh, estrenada en 1996.

Os enlazo a la página de información de la filmoteca de la calle Bonifaz. Espero que os guste e interese, si os da por hacerme caso… ¡Feliz proyección!.

“PERDIDA” (Gone Girl, by David Fincher)

No es mía la idea, pero es cierta: el Gran Arte es más grande que la vida. Lo vemos en Cervantes, Shakespeare, Tolstoi, Clarín, Conrad, Von Stroheim, John Ford, King Vidor, Orson Welles, Wilder, Fellini, Kurosawa, Minelli, Hitchcock, Nolan… Pero es, además, otra cosa. Sí, precisamente esto: OTRA COSA… Me refiero a que, exponiendo arquetipos, personajes y actos alegóricos, dramatizaciones verosímiles o no, ese Arte grande nos dice más sobre nosotros y sobre lo que nos rodea (y con mayor precisión y concentración) que la vida misma; la cual supera a la ficción, claro está, en su inexorabilidad y en la potencia inmediata de sus efectos, aunque, la mayoría de las veces, sea la rutina diaria mucho más aburrida.

No quisiera divagar demasiado, pero mi introducción se refiere a la forma en la que Fincher y su guionista -Gillian Flynn, autora, a su vez, del libro en el que se basa la película- nos ofrecen, con una nitidez, precisión y fluidez poco comunes, una visión alegórica y compleja de una pareja en concreto, sí (aunque investida ésta con esa universalidad que el Gran Arte posée); pero también acerca de la clase de sociedad y medio en el que vivimos. Además, la calidad del texto (literario, por supuesto, pero también en su traducción a la puesta en escena), es extraordinaria.

Las temáticas involucradas, aludidas, implicadas y hasta diseccionadas, son intrincadas y múltiples; y, por tanto, múltiples las lecturas:

  • La bifurcación que separa los ideales y la feliz perfección de las ficciones, del terrible, despiadado e imperfecto mundo real ** (téngase en cuenta ese hábil truco narrativo que convierte a Amy –un auténtico ángel, encarnado por Rosamund Pike– en inspiradora de un personaje de ficción, maravilloso y admirable).
  • La relatividad de la visión/percepción y, por tanto, de la verdad o la mentira.
  • El papel de los medios de comunicación en esta sociedad afectada por serias y profundas patologías (la ceguera por “deslumbramiento” o “exceso de información”, podría ser una de ellas. En este sentido, resulta muy elocuente el hecho de que decenas de cámaras, en una mansión hiper-tecnológica, no pueden evitar que la verdad se oculte -que se finja, más bien- delante de sus propias “narices”… por no hablar del resto de los acontecimientos, con cientos de periodistas siempre al acecho).
  • La naturaleza de la “tela de araña” de convenciones y conveniencias que, inevitablemente, nos suele atrapar… y en la que nos acomodamos.
  • La posibilidad de que alguien -claramente una psicópata, en este caso- sea capaz de maquinar, difamar, asesinar y manipular a sus más allegados, así como a la totalidad de su entorno y comunidad, con tal de amainar los efectos del orgullo herido, al tiempo que satisface sus ansias de poder y bienestar… y hacerlo impunemente (por supuesto, la mayoría de los “psicópatas” que nos rodean -suponiendo que no lo seamos todos, de alguna forma- nunca llegan a rebanarnos el gaznate, ya que casi nunca resulta necesario llegar tan lejos: supongo que basta con que nos roben, nos arruinen o, simplemente, nos hagan la vida imposible o muy desagradable).

La película es como un tremendo mural; o, tal vez, una especie de sinfonía, sin apenas estridencias o extravagancias (nada parecido a “El club de la lucha” o “La habitación del pánico”, por ejemplo), que indaga en la sofisticación del cinismo y la mentira, apoyado en el propio cinismo más lúcido y más mordaz. Su efecto se hace notar poco a poco, pero llega muy lejos; y lo hace de un modo devastador… Hablando de “sinfonías”: la música de Atticus Ross y Trent Reznor, viejos y muy efectivos colaboradores de Fincher, acompaña las imágenes como una especie de suave corriente, siempre inquietante. Si le hemos de achacar algún defecto, es que suele evocar escenarios ético-psico-mentales demasiado homogéneos; y su consiguiente y relativa previsibilidad.

En fin, podría rebuscar más y más en las entretelas de esta película, cuyo guión, al menos, va a ir de cabeza a la nominación anual de ya sabéis qué premios. Por tanto, si se me ocurre alguna otra idea, prometo desarrollarla y añadirla a lo ya publicado. Excelente el “casting” (insisto: esa especie de blanca belleza celestial de la Pike es un acierto absoluto), en el que incluso Ben Affleck nos convence. La fotografía es más que correcta, sin grandes exhibiciones (Jeff Cronenweth).

** Por mucho que el mundo real que la película muestra sea, igualmente, ficticio. Pero tiene su narración el mérito de “envolvernos” en esa ficción: de hacernos partícipes de ella.

MUY recomendable

MUY recomendable

El futuro… ¿ya está aquí?

¡Pasen y vean, oh maravilla, oh asombro!… Pues de eso se trata, ¿no?. ¡Más veloz, más alto, más intenso, más difícil todavía!

No tengo nada en contra de lo sorprendente. Me preocupa lo efectista… ¿Una opinión personal, si se me permite?: lo esencial, lo importante, suele ser MUY SIM-PLE. Pero, claro: ésta es la típica opinión de un pobre viejo…

¡Que el espectáculo continúe!…

Los deslumbró, claro…

 

La Grande Bellezza (Paolo Sorrentino, 2013) / Toni Servillo

Confieso que he tardado en verla. Y, lo que es aun peor, que la he visto en una copia “ilegal”, de esas de internet. Esto, por pura definición, va en contra de mi religión, que es el laicismo ilustrado católico (orgulloso de sus raices, a pesar del agnosticismo más escéptico). En fin, y sea como sea, que a nadie le importa lo que pienso -yo debería seguir el ejemplo de la mayoría, y hacerme caso omiso-, la película, vista en esas condiciones vergonzantes y precarias (no: la copia, dadas las circunstancias, era excelente), me deslumbró, me enganchó, me retó el intelecto -a través de una visión inteligentísima de la ESTUPIDEZ y de la vanalidad- y, en más de un momento, llegó a conmoverme.

Y ya que estamos de confesiones, no me reprimiré: los dardos que lanza, en especial, al mundo del arte más moderno, así como al circo mediático y especulativo que lo rodea, me ponen de modo especial: una especie de Marina Abramovic, que sale casi al principio de la película, estampándose desnuda contra un viaducto romano; o la “wonder girl”, multimillonaria y explotada, que, llena de ira (¿o de soberbia?), arroja litros de pintura sobre un enorme lienzo…

Creo, sin embargo, que la secuencia culminante es la de esa tertulia en la terraza -¡qué terraza, con vistas directas sobre el Coliseo!- que termina en un monólogo perfecto y lúcido del super-cool Jep Gambardella -Toni Servillo, ¡grande!-, al replicar a una pobre y desgraciada rica (Galatea Ranzi), llena de contradicciones y de miseria moral. Lo cierto es que, en ese momento, no podemos dejar de pensar en lo mucho que se parece a esa mujer cada uno de nosotros… (aunque no nos guste reconocerlo). En definitiva, una película que escarba en temas mayores y serios; pero con una apariencia de levedad y como de “desapego” que se agradece: en un entorno eterno -permítaseme el tópico romano-, bello y tristemente decadente, de una forma extraña, nos fascina y perturba al mismo tiempo.

¿Y esto a qué venía?… Pues a que Toni Servillo ha estado por aquí, en Madrid. Un hombre brillante, cultísimo: un tipo del que sólo he leído un par de entrevistas, y ya me tiene admirado; un gran artista que nos devuelve la figura del humanista italiano que, por motivos ajenos a toda la gente inteligente que puebla esa península de belleza abrumadora, había decaído hasta niveles de pura chufla.

No os podría recomendar lo bastante la película -cargada con los premios más importantes, por si no lo había mencionado-, pero tampoco cualquier cosa que diga o interprete este genio de la escena: podríais aprender mucho de él… ¡Ah, y por cierto!: nada de esto se improvisa, nada.

P.D.: Dos hermosos cortes conectados (matched-cuts) adornan, al menos, esta exquisita fábula audiovisual, además. Uno es de posición (del actor); otro enlaza la extraordinaria forma de San Pietro in Montorio de Bramante con la de un… ¡exprimidor de diseño!. Sutil, cool y muuuuy irónico…

 

Turner en Cannes

Nada que ver con el canal temático TCM (“Turner Classic Movies”), se trata de uno de mis pintores favoritos, lo que, si habéis visto algunos de mis vanos intentos por alcanzar la gloria (disculpad mi auto-cita), no debería extrañaros.

Sin título

Los elementos, a priori, pintan bien… ¡nunca mejor dicho!: una exquisita película inglesa concebida por uno de sus más personales cineastas, Mike Leigh. Se ha presentado en Cannes y ha gustado bastante, al parecer. Yo creo que iré a verla.

Triste coincidencia

Hoy en clase salía a colación este creador, precisamente: Malik Bendjelloul. Ha fallecido ayer. A pesar del nombre, se trataba de un ciudadano sueco. Tenía 36 años.

En 2012. Foto: Anders Wiklund (AP)

Bendjelloul había dirigido “Searching for Sugar Man” (V.O.S. en francés), que ganó un Oscar, hace un par de años. La película cuenta una historia bastante sorprendente (será mejor que la veáis para descubrir de qué se trata), lo que ya sería suficiente para tenerla en consideración; pero es que, además, es un excelente documental.

Os sugiero, ya de paso y si os pica la curiosidad, que escuchéis uno de los (pocos) discos míticos en Sudáfrica durante muchos años…

En fin, una pena.

MIYAZAKI: LA DESPEDIDA, PRESUNTAMENTE

Confieso que, en mi infancia, la muy ternurista “Heidi” me irritaba un poco con ese amor infinito, con esa bondad infinita, con ese paraíso infinito, con esos espacios inabarcables que no parecían tener límites en su inmensa pulcritud. Tan infinito todo como las cuerdas del columpio de Heidi; o como los ojos y las bocas (luego volveré sobre eso) de esos personajes infantiles en fascinación permanente; o como los ríos de lágrimas que surgían de esos mismos ojos trémulos… El paroxismo de estas premisas estéticas -y hasta éticas- llegaron con “Marco”: y aun debo confesar que la infinitud de la búsqueda argentina, en combinación con mi incipiente adolescencia, acabaron, de forma definitiva, con mi paciencia. Fue ese agotamiento el que me separó definitivamente -así lo creí entonces- de la animación nipona.

Chihiro

Confieso, pues, que el mismo artesano japonés, pasados muchos años, se llevara de calle a los miembros del jurado berlinés me descolocó del todo: “El viaje de Chihiro”, en 2002, ganaba el Oso de Oro; y era la primera vez que una película de animación lo hacía, si no estoy muy equivocado. Además, se llevaba ese año el “Oscar” a la mejor película de animación. Ya en 1997, “La princesa Mononoke” había deslumbrado a una mayoría de espectadores y críticos, por igual.

Podéis leer en estos enlaces de El País un par de artículos con motivo del estreno de “El viento se levanta”, que Miyazaki asegura es su testamento artístico (aunque ya haya amenazado antes con retirarse). Dicen que es su película menos espectacular y una de las más personales y sutiles. Sea como sea, nos podemos esperar ese trabajo primoroso en los fondos, así como en los detalles de los objetos, de la vegetación y de la arquitectura; la habitual representación super-dinámica del movimiento y de las perspectivas.

Y, para terminar, si se me permite, propongo una tesis sobre ese tamaño desmesurado de los ojos de los personajes manga; y hasta sobre la esbeltez de sus extremidades: imagino que esa estilización japonesa responde a una profunda e inconfesada insatisfacción  de todo un pueblo que, por lo que se ve, asume e interioriza como “ideal” otro tipo de paradigmas o cánones de belleza, muy diferentes a los de su propio físico. No sé si es una expresión de la predominancia universal de Occidente en ese aspecto, o si los pueblos orientales lo “acatan”, de forma más o menos voluntaria. Sé que para muchos lo que planteo no debe ser más que una mera “cuestión retórica”, quizá intrascendente: puede… En fin, ahí lo dejo caer.

Sin embargo -y esto es lo importante-, nadie debería dejar de fascinarse por la creatividad deslumbrante de un artista único que, al parecer, deja los trastos; trastos casi totalmente manuales, por cierto: lápices, acuarelas, tinta, témperas… No os perdáis las ya mencionadas; o “Ponyo”, “El castillo ambulante” y “Mi vecino Totoro”. Son todas ellas joyas del cine animado.

RECUPERACIÓN

Escuchadas todas la partes, y considerado que aun no ha sido alcanzado un acuerdo unánime y claro (insisto en un detalle importante: ambos grupos deben comparecer en el mismo lugar, fecha y hora), debo anunciaros que la fecha y hora de celebración del susodicho examen de recuperación (el lugar ya se vería), deben ser reconsideradas y, por lo tanto, pospuestas (se habló de este martes, 25). Así pues, advierto a todos los afectados que se ha de decidir entre todos qué día y hora os conviene u os perjudica menos; ya sea por la mañana o por la tarde.

Procurad llegar a una decisión cuanto antes. De lo contrario, la tomaré yo mismo; y la fecha no sería demasiado lejana, os advierto. Os ruego que me vayáis manteniendo al corriente de vuestras deliberaciones. Hasta pronto.

A este Señor Juez ya lo hemos visto antes en este blog (en cierto modo: con un montón de globos), el 15 de enero de 2013. A ver qué avispado/a alumno/a me dice el nombre del susodicho, el título de la película y el director de la misma. Una pista: buscad por Alemania…

LOS OFICIOS DEL CINE (“LA NUIT AMÉRICAINE”)

¡Luces, motor, cámara… acción!…

Son las palabras clásicas pronunciadas por el director. Pero ya todos sabéis que el director (o directora) no es el único, ni mucho menos, implicado en la realización de un audiovisual. El equipo, de hecho, puede reducirse a menos miembros de los que contaría una mano, pero en una super-producción llegan a trabajar miles de personas.

Os remito a un blog que me ha parecido bien hecho y ajustado a lo que nosotros necesitamos, para empezar: AQUÍ. Si enredáis un poco en sus enlaces, veréis que tiene un montón de material interesante.

En estos otros enlaces encontraréis, asimismo, bastante material, de aceptable calidad, sobre el tema:

http://cinecam.wordpress.com/profesiones-de-cine/

http://www.slideshare.net/evamarch/las-profesiones-del-cine (¡¡OJO!!… Este enlace tiene alguna errata: consultadme)

http://www.areavisual.com/formacion/index.html