Cáncer (dedicado a Paloma Chamorro y al espíritu de toda una época)

Jesús Ferrero lo ha dicho: el cáncer nos asola. O eso parece. La última ha sido Paloma Chamorro. No la conocí, claro, pero formó parte -una muy importante- de mi vida. Ella lo hizo, como de la mía, de la de muchos “bichos raros” (que entonces no lo éramos tanto: la “rareza” era una suerte de virtud bien entendida y bastante extendida: ¡de poco nos ha servido!). Su programa “La Edad de Oro” duró apenas dos años, pero fueron decisivos e intensos. Por supuesto, las “fuerzas vivas” al timón de lo correcto (aunque la obsesión por la corrección de los que mandaban entonces era de otro tipo, claro está; no obstante, la obcecación y las nefastas consecuencias de la misma aún perviven en diferentes huéspedes, perfectamente fanáticos e intransigentes, con el agravante de “presunto liberalismo”) opinaron que su digno buque no debía consentir cruzarse en el ancho mar con semejante barcaza de dementes, viciosos, iconoclastas, minoritarios y transgresores de todo lo más sagrado, ya fuera ésto civil, religioso o militar.

Por supuesto, no podemos pensar en una “plaga bíblica” que se ceba en España tan solo. Pienso en Bowie y en tantos otros… El útimo ha sido John Wetton. ¿Cáncer?… Lo más probable. Imagino que es un “modo de vida”… Entonces, tal vez, estemos muchos condenados, ¿no es así?… Lo cierto es que lo que dice Jesús Ferrero en El Mundo del 31 de enero de 2017 no suena tan descabellado: creo en la “especificidad” hispana. Por supuesto, se puede englobar en el contexto europeo u occidental; pero algo nos diferencia: el desproporcionado peso de la DESILUSIÓN, del RENCOR y de la CONTRADICCIÓN en la química venenosa de nuestro pasado y de nuestro entorno.

Una vieja amiga (creo que podría añadir: de la infancia) me prestó un libro cuyo autor no consigo recordar, aunque sí podría asegurar que era centroeuropeo; austriaco, creo. El nombre de aquellas memorias (se trataba de un libro autobiográfico) era perfectamente recordable: “Cáncer”… La tesis de aquella obra tremenda era muy simple: el cáncer nos corroe con los ácidos de la infelicidad, el estrés y la tristeza. Ella, mi vieja amiga, padeció, en las carnes de uno de sus más directamente allegados, la maldición de la enfermedad, pero terminó “vacunándose” con el antídoto (cuya eficacia nunca ha sido del todo probada) de un matrimonio pronto y muy ventajoso; espero que, además, haya sido feliz. He perdido el contacto, así que desconozco el resultado de tal “experimento”. Por descontado, les deseo a ambos una larga y fructífera vida… juntos.

Esa tesis (a estas alturas, no creo que la desconozca nadie) me ha rondado la cabeza desde la lectura de aquel libro, bastante próxima en el tiempo a mis momentos vitales culminantes: coincidentes con algunos de los más lamentables y decisivos (no de la misma forma en que “La Edad de Oro” o el “Auambabulubabalambabú”, del ínclito Luís Avín, me afectaron decisivamente) encuentros, decisiones e indecisiones de mi propia vida; valga la redundancia. Casualmente, aquello se desencadenó en Madrid, así que la “Movida” se imbricaba, de algún modo, con lo que me pasaría entonces… Pero la decadencia ya se palpaba en el ambiente: recuerdo a Poch, el cantante de “Derribos Arias”, literalmente demente, con sus gafas rotas por el puente, pegadas con cinta aislante o celo, sentado solo, balbuceando incoherencias y la mirada perdida, en la mesa de una pizzeria de mala muerte en Malasaña. Corría el año 1991. Moriría Poch no muchos años después de aquella visión espectral de una época, entonces ya en pleno desmantelamiento… ¿Os acordáis, viejos e ilusionados votantes de un partido socialista aún vivo? (o eso parecía).

Creo que no ofenderé a nadie si me permito sacar a colación a otro donostiarra bastante demente (o demencial: buena persona, en todo caso) con el que coincidí en esta “aventura”: el fundador de “Duncan Dhu”, Juanra Viles. Acabo de averiguar que finalizó sus devaneos “artísticos” al encauzar su vida, adecuadamente, a través de los “almamáteres” de Deusto y del Peneuve (sin duda, ¡sentó la cabeza!: ser de buena familia es lo que tiene). Sea como sea, a un pobre cántabro ex-votante socialista, como mucho, se le habrá podido permitir ser testigo de estas fructíferas trayectorias; o, por el contrario, aspirar a más, sí, mas tan solo mediante la venta al diablo y la renuncia de una identidad que parece que no se ha dejado cuajar nunca… Os sacaré de dudas: Juanra y yo compartimos habitación en la misma pensión de Lejona, en la que ambos solíamos ver “La Edad de Oro”; eso cuando Jose Ferreño (más tarde conocido como Andoni Ferreño) y sus secuaces de CC. de la Información nos lo permitían. Con frecuencia le llamaba “Felipe” a Juanra, no sin cierta malicia. Él abandonó los estudios de Bellas Artes. Yo no… Por eso él ahora es político y… yo no (y porque él es ciudadano de la “Perla del Cantábrico”, superpotencia cultural, industrial, playera, paisajística y gastronómica global, claro; yo sólo nací y habito una entelequia, al borde de la consunción y de la más absoluta irrelevancia, llamada Santander: no está mal Santander; lo malo es que ya ni los de aquí lo sabemos… ¡no digamos las oligarquías político-económicas o los de la propia tele, incluida TVE!).

¿Ven cómo salen los “venenos” a relucir?… No es tan difícil adivinarlo: la división, el rencor, la decepción, la desilusión de los buenos: de los que habremos dedicado la vida a esperar que nuestra lealtad y esfuerzos (nuestra buena voluntad) fuesen ALGÚN DÍA premiados, reconocidos… La traición, la mediocridad, la manipulación, la escisión, el maniqueismo, el victimismo consentido y subvencionado, la promesa siempre pospuesta “sine díe”, la acumulación de prebendas y de herencias, el inevitable fracaso: hereditario, contagioso, pero inducido, potenciado… ¡fomentado por los que creen que lo poco que tienen y queda, aún menguante y con todo, ha de ser acaparado!: por ellos.

Cainismo, se dice. Cancerismo, me tomo la libertad de “inventar”: un veneno lento y a muy largo plazo. Aleatorio, pero de incidencia creciente, con los años. Los buitres nos contemplan: los propios y los ajenos… Por eso te debo recordar a ti, Paloma: ave rendentora, que se extingue en todo, salvo en nuestro recuerdo: siempre volarás en él y con los que aún conservamos tu voz y tu imagen, grabadas e indelebles, como símbolos de una época quizá no tan luminosa, después de todo, pero sí esperanzada.

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Nobilísimo certificado de defunción (Dylan, Bob)

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“Black Star”, David Bowie… Tal vez debería santificar el silencio de mi estudio, mientras trato de escribir algo coherente. Sin embargo, esta música es perfecta para “ilustrar” -¿o ambientar?– las ideas desordenadas y no sé si estúpidas que me quieren brotar. Porque hoy es el día del Nobel de Dylan (también el de la muerte de Darío Fo; aunque él vino de otro universo, fuera de mi jurisdicción), pero es este espíritu como funéreo -recordado, también, por la reciente despedida de Leonard Cohen; que me retrotrae, a su vez, al rostro amostachado y la despejada cabeza de Sábato, cuando pronunciaba, en semipenumbra y junto al Paraninfo de la Magdalena, como un espectro, aquel “adios, amigos, ésta será la útima vez que nos veamos”, anticipándose quizá demasiado a su partida definitiva- el que me impulsa a soltar las desordenadas estupideces que, acaso, algunos os animéis a leer ahora, cuasi-heróicos.

Los fuegos artificiales se han desatado, por fin, cuando al bueno de Zimmerman le han concedido, ¡albricias!, un premio que es mucho más que esto: es un símbolo. Es por ello, precisamente, que se prodiga tan poco -o nada- el Nobel por estas tierras, empeñadas en desprenderse de significación y de entidad, como muy bien pudimos contemplar en el día de ayer. Bueno, y hoy; que tanto da ya un día que otro, correoso o no… ¿Y cuáles son las tierras simbólicas de este Nobel atípico? ¿Las de Duluth, Minnesota? ¿Estados Unidos? ¿Las de la Generación Beat, tal vez? ¿La electricidad hippie de los años 60?… Lo cierto es que el trovador llega más allá: es Miembro Fundador de un país imaginario llamado “Rock & Roll”. Y, como tal, los subditos de este país sin fronteras lo celebran… lo celebramos.

No quisiera aguar fiestas ni deslucir homenajes, pero no me voy a guardar para mí lo que tal vez sea -de todos modos y tan solo- una pobre, desmoralizada, estúpida, desordenada, enmarañada… corazonada: este premio es un acta de defunción; tácita, pero elocuente. Los académicos suecos quizá se lo conceden a Dylan antes de que… ¿sea demasiado tarde?… Los nórdicos son conscientes de su labor universal de “certificadores de símbolos”. Por eso es tan importante, en la práctica, la potencia y la amplificación cultural, política y económica que respalda a la mayoría de los galardonados (por mucho que la Academia, a remolque de esta “globalización” acaso en exceso bendecida, se haya empeñado en extender su horizonte en tiempos recientes), ya que los símbolos y la cultura sólida y apabullante se imponen desde posiciones de preeminencia. Pensar de otro modo es pecar de ingenuidad.

Pero no me inquieta ni me incomoda esta certeza: que Dylan es un símbolo que TAMBIÉN ha ejercido su influencia y ha dejado su huella EN MÍ; en nosotros. Quizá no la misma -ni con la misma potencia y profundidad- que en un nativo norteamericano contemporáneo del propio Dylan, por supuesto… Mas inducida, impuesta, o no, su figura ha sido reverenciada y disfrutada por nosotros, sin duda: aún sin saber qué pronunciaba y contaba el viejo Bob, a través de su a menudo críptico -y siempre muy nasal- “drawl”, ¡claro que lo hicimos!… Eso sin mencionar cierto “himno eclesiástico” (de libérrima traducción al español) que, me temo, todos hemos cantado… ¡Bueno!… Un servidor tuvo la suerte de poder empaparse de sus textos, al fin, a unas edades algo tardías; pero sin profundizar en ellos, debo admitirlo: ha sido siempre, o casi siempre, la música la que se ha impuesto al texto: la “actitud”; por así decirlo.

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Admitido esto, reconozco la trascendencia de su influencia: superficial o no, él -junto al resto de fundadores y seguidores de un país imaginario, que ya parece en estado de descomposición- ha configurado un “imaginario” que, para bien o para mal, nos ha ido permeando a dos o tres generaciones de habitantes, al menos, en el ámbito universal del “Rock & Roll”… Esto no es -ni lo pretende ser- un estudio pormenorizado de ese proceso larguísimo, ni de esa influencia, tratada a través de una discografía un millón de veces glosada: como ya anuncié, se trata de lanzar la idea de que sólo algunos moribundos de mérito alcanzan la gloria en vida… Y es que, aunque a Robert Allen Zimmerman le resten dos o tres décadas más entre los vivos, no es su muerte la que “anuncia” o vaticina este premio: es la de un modo de ver, escuchar, sentir y vivir un tiempo, y hasta una época entera… En un país ilimitado, que se nutrió de millones de sueños, belleza e ilusiones, por muy absurdos, rotos, extravagantes o decadentes que éstos fueran; igual que lo hizo de dramas, sobresaltos, vacío y decepciones.

Ni siquiera el “imperialismo” nos disuadió; ni tampoco nos desunió a sus siempre voluntarios súbditos, quienes ahora contemplamos, entre atónitos y resignados, el advenimiento de esta nueva “Era Atómica”: atomizada, más bien; atrapada en La Red de Redes: el más absoluto Infinito de la más absoluta Nada… Y es que sólo adquiere sentido (una aspiración a) la ausencia de fronteras cuando existe, al menos, una: esto es una paradoja. Supongo.

Post data y agradecimientos: Gracias, Vincent, Cochran, Cohen, Davies, Reed, Cale, Lennon (& Macca), Simon, Morrison, Morrison, Mitchell, Young, Fogerty, Newman, Wilson, McGuinn, Jagger, Buckley, Walker, Van Vliet, Zappa, Cash, Parsons, Townshend, Bowie, Pop, Thunders, Curtis, Cave, Chilton, Springsteen, Murphy, Thompson, Jansch, Drake, Wyatt, Waits, Barrett, Waters, Gilmour, Martyn, Costello, Gabriel, Hammill, Hell, Verlaine (Tom), Patti, Petty, Strummer, Lowe, Weller, Stipe, Tweedy, Yoakam, Yorke… ¡y tantos otros!, gracias.

Homenaje a nosotros mismos (para variar) / A June Tabor, en realidad

¿Por dónde empiezo?… A ver… Desde hace sólo unos pocos días cuento con sendas copias de CD´s: “Ashore” (2011) y “Freedom & Rain” (1990), ambos obra y gracia de una mujer de la que la mayoría de ustedes no ha oído hablar en su vida: JUNE TABOR.

Luego, si cuadra, explico desde cuándo y por qué conozco a la que, con el tiempo, se convirtío en uno de mis vicios más confesables: escuchar la voz profunda y conmovedora, las interpretaciones inconfundibles de esta inglesa. Por allí, por las tierras del “brexit”, Tabor es una especie de “monumento nacional viviente” del folk. En España (sé que un buen número de los que kortan el bakalao en esto del folk hubiesen preferido la “expresión” Estado Español, pero… ¡qué quieren!: ¡hoy celebramos Santiago!)… en España, decía, el club de fans de la Tabor lo formamos unos cinco; o por ahí. Me siento muy orgulloso de ello, pero es una pena.

¡Y hablando de penas!… Iré al grano en cuestión: esos dos discos, ya mencionados, contienen la versión original y otra, más tardía, de cierta canción: “Finisterre”. Se preguntarán ustedes qué tiene de particular… Verán…

No, no son imaginaciones suyas: “Santander!”… ¡Varias veces! Por supuesto, su autor, Ian Telfer, violín multinstrumentista y compositor de la “Oyster Band”, algo tuvo por estas tierras, que mencionó, de forma tan evocadora, en una hermosa canción. Por cierto: aún faltaban casi un par de décadas para que este toponímico resultase ciertamente familiar a casi todo británico; pero no por lo que a la mayoría de nosotros nos hubiese gustado, ¿no es cierto?… ¡Aunque menos da una piedra! (generosas éstas, si las comparamos con un banco, en verdad).

Por supuesto, la escena uno no se la imagina en un ferry llamado “Pride of Santander” (la empresa francesa Britanny Ferries, a pesar de llevar operando desde Santander más de cuarenta años, no cuenta entre su flota ni con un sólo buque que aluda o mencione, siquiera remotamente, a estas tierras de Cantabria; ahora abundo en estas cosas), pero es evidente que cierto amor se urdió y se esfumó a partir de una o varias travesías, entre Santander y Plymouth, hace ya unos cuantos años. Todo esto me lleva, inevitablemente, a imaginar la letra de esta hermosa balada con la palabra “Bilbao” en sus estrofas… O, incluso, La Coruña… ¿Lo imaginan ustedes?: una calle del Kasko Biejo ya llevaría el nombre de Miss June Tabor. Y la E Street Band la habría versioneado en su gira de las “Seeger Sessions”… ¡lo menos! Y existiría una delicatessen llamada Tábor-pintxo; y, por descontado, ella habría cantado en el Euskalduna la canción “bilbotarra” cinco o diez veces. ¡No sé si me explico!…

Entonces, uno, que a lo mejor es un poco raro y obsesivo, se pone a reflexionar y a preguntarse… ¿¿¡¡¡QUÉ COJ… NOS PASA!!!??… ¡Ahí lo dejo! Porque es que, me temo, ya todos nos sabemos la respuesta y toda esta vieja historia de memoria. ¿No es verdad?…

La Tabor -y aquí desvelo el origen de todo esto- es otro de los regalos, vitalicios e imborrables, que Irlanda (y Gran Bretaña, seamos justos) me hizo entre los años 92 y 94 del pasado siglo: a partir de un hermoso y completísimo recopilatorio, la fascinación sólo creció con los años: era merecido e inevitable. Luego descubrí que otro de mis ídolos (entre otros mucho, claro está), un tipo con el suficiente buen gusto como para casarse con Diana Krall, Elvis Costello, la adoraba. ¡Normal!

Termino… Me apuesto, lo que ustedes prefieran, que esta ya madura e imponente mujer, si nos hace una visita, será antes vista y escuchada en el “Euskalduna” que en el “Palacio de Festivales”… Si yo supiera qué hacer -¡y por dónde empezar!-, me pondría a trabajar para perder la apuesta (si es por dinero, ¡lo mejor será que me atenga a ella!). Aunque… puede que ya haya empezado a hacerlo: de alguna manera, tal vez. Ojalá…

Un último regalo (Love you, June!):

 

Alan Vega (siguen las necrológicas) y coincidencias evocadoras / Cullum, Jamie

Ha querido el destino que Alan Vega muriera, al parecer, mientras un servidor pasaba unas horas en la ciudad en la que, siquiera por unos instantes, nuestras coordenadas espacio-temporales coincidieran. Lo cierto es que debe andar por alguna parte, entre mi caótico “patrimonio” vital, una foto que da fe de aquel encuentro. Lamentablemente, en esos años yo aún no me podía comunicar en inglés.

Martin Rev and  Alan Vega

Martin Rev & Alan Vega (a la derecha): “Suicide” / Ebet Roberts, Redferns. Otro día, cuando la encuentre, os pongo ésa en la que Vega y yo nos saludamos

Podría indagar y concluir en qué fecha exacta pudo acontecer, pero lo que es indudable es que tuvo que ser entre los años 1987 y 1989. Le debo esta anécdota a un amigo mío de entonces: un vizcaíno que, si no recuerdo mal, estaba estrechamente vinculado a la empresa “La herencia de los Munster”, aún en activo por los madriles (juraría). Mi memoria es un desastre, pero creo recordar que él se llamaba Chema. También conservo de aquellos prometedores años un par de ejemplares de su “fanzine”; y dos cassettes: en uno de ellos aparecián varias canciones del primer LP de un grupo bastante prometedor: NIRVANA. Sea como sea (ahora no me voy a poner a rebuscar entre tanto bagaje), a él le debo, como decía, este singular encuentro con Alan Vega en Vitoria, años 80.

Y es en esta ciudad (tengo la amargura de haber nacido -y aún vivir- en una en la que las décadas sólo me la han ofrecido en un lento, pero irremisible, languidecer) donde, como en una metafórica y vivificante entrega de cierto testigo, acabo de experimentar otra anécdota que, salvando la distancias (para empezar, ya no veo estos tiempos como demasiado prometedores; no para mí, al menos), se asemeja a aquélla. En este caso ha sido mi hija la que, con diecinueve años, ha estado muy cerca de su ídolo, Jamie Cullum. Por mi parte, el cambio de guardia, su sincronía con la desaparición de Vega, no deja de evocar ciertas nostálgicas connotaciones, que a la mayoría os resultarán bastante obvias.

Felicito, por cierto, al ya no tan joven y menudo Cullum su versatilidad, su profesionalidad y entrega; hago extensiva esta felicitación a los cuatro miembros de la banda. Es la segunda vez que los veo en directo y ofrecen, sin duda, un excelente espectáculo. Gracias a todos ellos.

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Thanks, Jamie!

Por lo que respecta al fallecido, creo que poco puedo añadir yo a lo que van a decir de él miles de exégetas; con permiso de Martin Rev, su imprescindible colaborador: tan sólo por su devastador e inquietante “Suicide”, de 1977, y que se adelantaba a varias tendencias e “ismos” del Pop&Rock electrónico, Mr. Alan Vega merece un hueco en el Panteón de los grandes.

Novedades en torno al caso “reguladores de frecuencia”

Creo de justicia difundir -por medio de este enlace– lo que se podría considerar una suerte de desagravio para una de las partes implicadas; seguramente, la más importante de todas (véase # 110).

No obstante, no voy a renunciar a anteponer a cualquier otra consideración la exposición de HECHOS contrastados y, por encima de todo, de la verdad.

Escribid en el buscador: Interferencias con ruidos de alta frecuencia causadas por los reguladores de frecuencia de los ascensores en los equipos de sonido, micrófonos e instrumentos analógicos

El título de esta entrada es bastante elocuente y descriptivo. Además, ahora que me despido de la asignatura que he impartido durante dos cursos (Cultura Audiovisual), quizá sea oportuno recordar a mis antiguos alumnos de qué forma tan molesta y evidente se colaban esos MISMOS malditos ruidos -otros también, para ser honestos- en los altavoces de las aulas… Recordaréis que, de hecho, esos equipos debían mantenerse desconectados, la mayoría del tiempo, para evitarnos el dolor de cabeza.

Bien… ¿Y qué es un “regulador de frecuencia”? ¿Qué aspecto tiene?… Pues se trata de un aparato electrónico que sirve para controlar varias funciones de los elevadores, así como las de otros aparatos: entre otras, la velocidad a la que se mueven los susodichos. Su aspecto, bastante diverso, según las marcas, precios y modelos, puede ser éste:

Regulador de frecuencia-II

Su llegada a la industria de ascensores (adivinad de dónde nos vienen casi todos… Empieza por Chi… ¡Bingo!) es relativamente reciente, así que es posible que la mayoría de vosotros no tenga en su casa ningún aparato regulado por estos chismes. ¡No sabéis de lo que os estáis librando!… Pero podéis averiguarlo: AQUÍ.

Considero necesario y legítimo exponer este problema en un blog que se gestiona con vocación divulgativa; convencido de la necesidad de hacer perdurar el disfrute cabal, con criterio, exhaustivo y de calidad, de una valiosísima tradición sonora musical, así como visual, en el propio hogar, si así uno lo decide; dentro de las posibilidades de cada cual, claro está.

El caso es que, mucho antes de la invasión electrónica que padecemos, ya existían los televisores, los amplificadores, los micrófonos y los equipos de alta fidelidad. Son todos éstos, ahora, las víctimas de esa invasión, al ser interferidos con ruidos molestísimos, sin aparente control, por aparatos de uso masivo y -resulta evidente- no lo suficientemente supervisados.

¿Inconvenientes?: olvidaos de un disfrute pleno durante la escucha de vuestros vinilos, si tenéis uno de éstos trastos cerca (en realidad, emiten su endiablada señal a decenas de metros, si no son centenares); olvidaos de esto mismo con unos auriculares puestos, ya que el ruido os taladrará, de forma inopinada y aleatoria, el cerebro; olvidaos de grabar con un micrófono, en vuestro estudio casero, sin la inoportuna comparecencia de esa maldición a 10 kHz; olvidaos, tal vez, de escuchar en el equipo de HI-FI de casa ese DVD o Bluray sin la dichosa interferencia, de cuando en cuando, por encima de efectos especiales o diálogos; olvidaos, en definitiva, de disfrutar de cualquier tipo de altavoz en vuestras casas. Sólo ciertas fuentes digitales -en mi caso, el CD- “filtran” o paran, de alguna manera, la plaga… Esto explicaría que la mayoría de los usuarios -los “analógicos” suponemos ya una  muy “refinada minoría”- no haya presentado queja… sin olvidarnos de los que, simplemente, son indiferentes a lo que genere cualquier membrana vibratoria (no todos son sordos, ¡ojo!).

Una anécdota, bastante significativa: no encuentro referencia alguna a este problema en los buscadores -al menos, me está resultando difícil hacerlo- cuando tecleo en inglés… Saquen sus conclusiones. Me pregunto, por cierto, qué clase de perjuicios gravísimos pueden estar causando los reguladores, tal vez, en estudios profesionales de grabación. ¿Sabe alguien de algún caso parecido?… Sería interesante dar con ello.

Os adjunto un documento en el que se cuenta mi lamentable experiencia. Lo divulgo porque espero y deseo que ayude, modestamente, a resolver, poco a poco, un problema que se extiende y que debe ser solventado. Ya sabemos por parte de quién… Cuanto más trascienda y más presión de usuarios, afectados e insatisfechos, llegue a la industria y a la Administración (mi reclamación a la Delegación Cántabra de Industria ya ha sido tramitada), antes se pondrán manos a la obra; y así evitaremos, además, que se siga procediendo a la instalación de más aparatos sin las suficientes garantías. Gracias por vuestro interés.

“Qué difícil es ser un dios” (cuando el cine iguala la realidad)

Alexey German (no entiendo el uso de la grafía “ks”: en español ese sonido es, exactamente, el de la X; que, por cierto, no corresponde a la “ch”. Fdo.: Comité de elusión deliberada de la muy supuestamente mega-trendy y “subversiva” letra K), autor ruso, que falleció antes de ver terminada la película que aquí se comenta (apenas rodó seis, ya que no encajaban demasiado su estilo ni sus puntos de vista con los de la férrea “nomenklatura” soviética), se dejó la piel, y muy probablemente la salud, en este su último proyecto.

El mérito de casi dos décadas de trabajo es encomiable. Y la alegoría, genuinamente rusa, del lodazal al que -no nos engañemos- parece dirigirse toda Europa (otra vez), se entiende mucho mejor si manejamos las claves del gigante del este… No sé si éste es de los que tienen los pies de barro (la Historia nos enseña que son los lodos, la nieve, el frío y los calores extremos, la inmensidad… lo que se pone siempre de su lado), pero se observan ciertos indicios que a toda persona, medio ilustrada y sensible, deben preocupar. En este sentido, resulta sumamente elocuente el documental que se puede ver en esta dirección de “TVE a la carta”.

No deberíamos perdernos tampoco la muy reciente e inquietante “Leviatán”, de Andrei Zvyagintsev: despotismo, crimen, impunidad, abusos de todo poder, desprotección, arbitrariedad, desigualdad galopante y en auge geométrico… muestran una civilización que parece empeñada en precipitarse, UNA VEZ MÁS, hacia una larga “Edad Oscura”.

Como obra cinematográfica, es, sin duda, mucho más disfrutable esta última; si bien, queda lejos de ser una película “fácil”, digamos… Sobre “Qué difícil es ser un dios” he escrito el siguiente comentario, también disponible en “FILMAFFINITY”…

Tras una hora de metraje, el planteamiento estilístico -un hercúleo ejercicio, sin duda- queda de sobra expresado; ¿o, quizá, debiera decir al cabo de quince minutos?… Planos secuencia, en excelente blanco y negro, que -con ópticas especiales, que combinan el primer plano con el hiper-próximo plano de conjunto, frecuentísimos macros y grandes angulares- extienden la profundidad de campo casi de forma ilimitada… Se dan ocasionales excepciones -digamos más convencionales- de este tipo de planificación óptica, pero no son demasiadas. Imagino que los operadores debieron mantener sujeta la cámara, la mayor parte del tiempo, con una steady-cam. Las escenografías rezuman -el verbo no se ha escogido por sus connotaciones metafóricas, ¡ojo!- fluidos: líquidos acuosos y emulsionados; orgánicos e inorgánicos; barro e inmundicia sin cuento. La naturaleza exacta de éstos es difícil de precisar, debido a la fotografía acromática, pero se intuye el realismo; inevitable, en la mayoría de los casos. La lluvia, los vapores insanos y la niebla parecen ubicuos, incluso en los interiores. Se debe observar, pasmado, que los fotógrafos pudieran evitar -yo diría que en todo momento- los salpicones de goterones, esputos y eyaculaciones varias.

Los planos-secuencia oscilan entre lo exquisitamente planificado -esta precisión es la que los autores, Alexey German y sus descendientes, reivindican- y lo improvisado; por no mencionar cierto caos arbitrario. Esta sensación se acrecienta cuando los actores -pocos o ninguno fueron escogidos por ser profesionales- miran al objetivo, como si éste fuese un personaje; es decir: como si se tratase de un plano-subjetivo. En realidad, así es: un plano subjetivo… ¡de casi tres horas!, en el que el personaje inmerso, deambulante, testigo forzoso… es usted mismo: el espectador.

Hablaba al principio de lo que ocurre al cabo de una hora… Y, bueno: lo cierto es que no ocurre NADA (más bien, se diría que lo que ocurre no acaba de tener ningún sentido), en medio de grupos abigarrados, prietos, casi en permanente trajín y violencia. ¡O sí!: ocurre que el espectador renuncia a esperar que ocurra algo. Como decía, el portentoso ejercicio de estilo ha quedado claro, reconocido su mérito; pero la perspectiva de otras dos horas de, exactamente, lo mismo, hace que uno se revuelva en el asiento y mire el reloj. Varios se levantan de la butaca, pero no van al escusado… Un servidor, cinéfilo recalcitrante, resiste y observa: no quiero marchar sin elevar un veredicto con todas las pruebas bien analizadas.

Y ya que la “línea argumental” (algún nombre habrá que darle) no nos sumerge en una subyugante narración, concepto al que luego volveré, uno se entretiene, desde luego, en la observación de cientos de detalles, por mucho que éstos se recreen en lo redundante, en el hastío, en la náusea; además, terminas por enfrascarte en la constatación de las fuentes iconográficas: son evidentes Pieter Brueghel, El Bosco, Tarkovsky -si bien es cierto que en un solo plano de éste puede sentirse el escalofrío de lo sublime: información y sensación, ambas, con una precisión emocionante-, Elem Klimov, Miklós Jancsó… Pasolini, y también Fellini… Y Béla Tarr, claro; aunque de éste sólo conozca algunas referencias y secuencias.

El mérito -o los méritos- de propuesta tan radical es evidente: coherencia y trabajo ímprobo, impecable, de técnicos, director artístico, maquilladores, encargados de vestuario y demás parafernalias… No puede dejar de admirarse tanta determinación, tanto tesón. El problema es que…

El problema es que una obra abstracta -de tesis: una sola; que el estado natural del mundo es ser un lodazal y un estercolero; y que la Cultura y la Ciencia son logros precarios y muy vulnerables-, la cual le obliga a uno a mantenerse tres horas frente a la misma (al menos, Pollock, Rothko, Palazuelo o Tàpies no me fuerzan a llegar tan lejos; y consiguen emocionarme incluso más), acaba por resultar una tortura. Y, en cuanto a la tesis, uno no podría estar más de acuerdo; pero tres horas de mi vida, a ciertas edades, se cotizan ya a unos precios incalculables… Por otro lado, el cine es TAMBIÉN (creo que debería serlo) un ARTE NARRATIVO, no meramente descriptivo: la sabia y equilibrada combinación de éstos y otros elementos, han convertido al cine en lo que es: fuente de placer, conocimiento, espiritualidad, emoción y fascinación. Todo lo demás, por desgracia, se da en la vida diaria y real con pasmosa y redundante abundancia.

Un último detalle: el uso del doblaje en la sonorización original de la película (imagino imposible una toma directa de sonido en medio de semejante caos de colgajos inmundos) distancia AÚN MÁS al espectador de lo que ve. Lamentablemente, la inexpresividad monótona de la voz protagonista -un célebre, en Rusia, Leonid Yarmolnik-, multiplica este efecto somnífero.

TESLA (y otras ocurrencias)

Las “ocurrencias” son, como ya viene siendo habitual, defunciones: nos han dejado Laura Antonelli (una de las mujeres más bellas, desbordantemente sensuales y desgraciadas de la historia del cine europeo), Marujita Díaz (que en su estilo y circunstancias -española y en aquella época- también tuvo lo suyo; y, además, no creo que fuera nunca demasiado desgraciada) y James Horner, que así mencionado, pues igual no os dice mucho, pero si digo “Avatar”, “Titanic” o “Braveheart” puede que ya os quiera sonar… Y nunca mejor dicho, pues fue él el compositor (repárese en la importancia de un acento) de los fondos sonoros, espectaculares y resultones, de una profesionalidad irreprochable (si bien, en términos estrictamente musicales, poco originales), de esas películas de Hollywood y de otras muchas; con Oscars incluídos.

Y acabo de ver, para terminar, este artículo en El País (digital) sobre uno de los grandes genios de la física y de la tecnología del cambio de siglos, entre el XIX y el XX. En vida de Nikola Tesla, que de él se trata, lamentablemente, sus hallazgos y trabajo no se reconocieron como hubiese sido de justicia, pero esto es el planeta Tierra, habitado por humanos, y ya se sabe…

Fu Manchú y Ornette han salido juntos de viaje

Debemos decir adiós de nuevo: Christopher Lee y Ornette Coleman. Actor el primero, conocido por todos, imagino (Los “Drácula” de la Hammer y “El Señor de los Anillos”, al menos, me permiten suponerlo); músico de jazz, el segundo.

De Sir Christopher Lee no voy a decir casi nada, ya que le voy a dejar ese privilegio a otro “ilustre de la Serie B”: Jesús Franco (a.k.a. Jess Franco). En este enlace, que os conectará a un artículo de 2004 -Franco ya lleva muerto unos años-, podréis comprobar que los viejos maestros de cierta generación, por muy “B” y cutres que fuesen, sabían narrar; sabían escribir.

¿Lo habéis leído ya?… Poco más se puede añadir, ¿no es cierto?. Excepto que el nombre de Sir John Gielgud está mal escrito; y que, efectivamente, Mr. Lee tenía esa profesionalidad británica, esa presencia carismática, esa planta solemne que pocos poseen. Su físico estaba “diseñado” para representar las figuras en las que, no obstante y -en cierto modo- a su pesar, fue encasillado: vampiros, momias, aristócratas altivos, magos y mil y un “malos malísimos”, en un cine de medio o bajo presupuesto. Por fortuna, al final de su carrera, un blockbuster le compensó, de alguna manera, tanta fatiga en la “Serie B”: la ya mencionada saga, dirigida por Peter Jackson.

De Ornette Coleman (para los entendidos, simplemente Ornette) os diré que descoyuntó el jazz desde finales de los años 50. Él, casi solito -muchos se unirían a esta tendencia, enseguida: su inseparable Don Cherry, John Coltrane, la Escuela de Chicago, Eric Dolphy, Andrew Hill, Cecil Taylor, Jackie McLean y hasta, en cierto modo, los propios Charlie Mingus y Miles Davis, pre-revolucionarios por derecho propio-, desencadenó una onda expansiva, radical y liberadora… ¡Nunca mejor dicho!: el Free Jazz, tan característico de una época (los años 60, sobre todo), equivaldría al informalismo y la abstracción plástica más radicales (Pollock, Rothko, Stella, Rauschsenberg, De Kooning, etc.); de hecho, sería al jazz lo que el atonalismo y el serialismo significaron para la música culta.

Esa anti-música, estridente y desmadrada, tenía, sin embargo, más sentido de lo que la mayoría pudo reconocer en ella. Además, Ornette Coleman poseía un extraño don para la “melodía” (en su caso debiéramos decir, más bien, harmolodía). Baste escuchar esta joya, mil veces versioneada: “Lonely Woman”.

Se nos van ya de dos en dos… Pues eso: que descansen en paz.

Vicente Aranda

Hace unos días nos dejaba Vicente Aranda, un catalán que, hasta donde a mí me alcanza, nunca fue mucho de ello (significativo que nunca alterase su nombre). De hecho, su película más memorable exuda ese tipo de castellanidad, algo claustrofóbica, tan característica del mejor Bardem, por ejemplo: me refiero a “Amantes”. Otras obras suyas dignas de destacar serían “Fanny Pelopaja”, la “bilogía” de El Lute o su aportación a la serie de TVE, “La huella del crimen”, que se llamó “El crimen del Capitán Sánchez”. Parte de su muy literaria identidad -se ha repetido bastante estos días que siempre quiso ser escritor- residió en un especial interés por dirigir a sus actores (a sus actrices sobremanera), a los que solía exigir registros e interpretaciones al límite. En este sentido, si de pasiones se trataba, lo suyo no eran las elegantes elipsis, sino una estética indisimulada de indagación en la intimidad más escabrosa; en los instintos más básicos, por así decirlo.

El “tradicional” juego del pañuelo

Por desgracia, su indudable profesionalidad y pericia, en los últimos años de su carrera, no nos ofrecieron resultados muy atinados. Y de lo poco que tengo visto de esta época suya, apenas nada se puede considerar a la altura del “pathos” y del drama conmovedor que se desencadena a los nevados pies de las agujas góticas de la catedral de Burgos (“Amantes”). Para terminar: como venimos repitiendo, demasiado a menudo en estas páginas, recientemente: descanse en paz, Don Vicente Aranda.

Hace poco lo recordaba, pero hoy cumpliría 100 años: Welles

Por este motivo, en diversos medios hoy le dedican al precoz Orson una serie de artículos que os permitirán conocerlo mejor.

“Todo en él era grande” (Carlos Boyero)

“Dirigir es el trabajo más sencillo del mundo” (Gregorio Belinchón)

Fotogalería (El País)

“El mejor contrapicado de la historia” (Oti Rdguez. Marchante)

“The Other Side Of The Wind”

Citas

Por supuesto, la mejor manera de entender la trascendencia de su genio es ver sus películas. En la filmoteca de Cantabria -que, para el que no lo sepa, está en la calle Bonifaz de Santander- le han estado dedicando un ciclo, lo cual se os mencionó en su momento, si no recuerdo mal.

Aprovecho para reiterar que le cojáis afición a la “filmo”. Ahora tocan ciclos dedicados al western clásico, al cine asiático más reciente, al no tan reciente (Guru Dutt) y a Miklós Jancsó, entre otras ofertas. Con meses mejores o peores, la programación siempre propone la oportunidad de ver cine distinto, interesante, clásico o genial; en versión original y a un precio muy razonable (subvencionado, claro: que así siga).

Muy a propósito: decadencia (y gloria) de los estudios clásicos de grabación

Hoy Diego Manrique (DAM), en el diario El País, publica uno de sus periódicos artículos que versan sobre lo que mejor conoce: la cultura musical pop-rock.

Es un hecho que los clásicos del gremio, ajados por los años y las circunstancias -entiendo bien el proceso, pues, modestamente, también lo vivo-, contemplan la acumulación de escombros gloriosos entre perplejos y devastados. O quizá no sea tanta la perplejidad, debido a lo previsible del proceso: al menos lo ha venido siendo -bien previsible- desde hace diez o tal vez quince años (puede que de ahí proceda el cinismo de la mayoría de observadores más avezados).

Y de eso, precisamente, de escombros -pero también de trabajadores de una vieja y, antaño, próspera industria- trata el artículo titulado “El equipo de demolición”. Merece la pena: echad un vistazo… ¡antes de que sea demasiado tarde! (suponiendo que no lo sea ya).

Los míticos

Los míticos “Muscle-Shoals” de Alabama

Muere un maestro del B/N: Rafael Sanz Lobato

Viernes Santo de 1971. Bercianos de Aliste (Zamora)

Viernes Santo de 1971. Bercianos de Aliste (Zamora)

Ha muerto un clásico documentalista de la España profunda y enlutada, más o menos pretérita: ésa que ahora se pretende ignorar o maquillar, cuando, al tiempo, aparecen otras muchas, tan negras como aquélla, si no más (¡pero ésta es otra historia!).

El sevillano Sanz Lobato buscó, encontró y dejo plasmadas imágenes que hoy, a la mayoría, nos parecen de otra era; y hasta de otro país.

En los diarios se hacen eco de su muerte hoy: ocasión triste y luctuosa, como tantas de sus fotos, para que conozcáis su personalidad y su obra.