Nobilísimo certificado de defunción (Dylan, Bob)

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“Black Star”, David Bowie… Tal vez debería santificar el silencio de mi estudio, mientras trato de escribir algo coherente. Sin embargo, esta música es perfecta para “ilustrar” -¿o ambientar?– las ideas desordenadas y no sé si estúpidas que me quieren brotar. Porque hoy es el día del Nobel de Dylan (también el de la muerte de Darío Fo; aunque él vino de otro universo, fuera de mi jurisdicción), pero es este espíritu como funéreo -recordado, también, por la reciente despedida de Leonard Cohen; que me retrotrae, a su vez, al rostro amostachado y la despejada cabeza de Sábato, cuando pronunciaba, en semipenumbra y junto al Paraninfo de la Magdalena, como un espectro, aquel “adios, amigos, ésta será la útima vez que nos veamos”, anticipándose quizá demasiado a su partida definitiva- el que me impulsa a soltar las desordenadas estupideces que, acaso, algunos os animéis a leer ahora, cuasi-heróicos.

Los fuegos artificiales se han desatado, por fin, cuando al bueno de Zimmerman le han concedido, ¡albricias!, un premio que es mucho más que esto: es un símbolo. Es por ello, precisamente, que se prodiga tan poco -o nada- el Nobel por estas tierras, empeñadas en desprenderse de significación y de entidad, como muy bien pudimos contemplar en el día de ayer. Bueno, y hoy; que tanto da ya un día que otro, correoso o no… ¿Y cuáles son las tierras simbólicas de este Nobel atípico? ¿Las de Duluth, Minnesota? ¿Estados Unidos? ¿Las de la Generación Beat, tal vez? ¿La electricidad hippie de los años 60?… Lo cierto es que el trovador llega más allá: es Miembro Fundador de un país imaginario llamado “Rock & Roll”. Y, como tal, los subditos de este país sin fronteras lo celebran… lo celebramos.

No quisiera aguar fiestas ni deslucir homenajes, pero no me voy a guardar para mí lo que tal vez sea -de todos modos y tan solo- una pobre, desmoralizada, estúpida, desordenada, enmarañada… corazonada: este premio es un acta de defunción; tácita, pero elocuente. Los académicos suecos quizá se lo conceden a Dylan antes de que… ¿sea demasiado tarde?… Los nórdicos son conscientes de su labor universal de “certificadores de símbolos”. Por eso es tan importante, en la práctica, la potencia y la amplificación cultural, política y económica que respalda a la mayoría de los galardonados (por mucho que la Academia, a remolque de esta “globalización” acaso en exceso bendecida, se haya empeñado en extender su horizonte en tiempos recientes), ya que los símbolos y la cultura sólida y apabullante se imponen desde posiciones de preeminencia. Pensar de otro modo es pecar de ingenuidad.

Pero no me inquieta ni me incomoda esta certeza: que Dylan es un símbolo que TAMBIÉN ha ejercido su influencia y ha dejado su huella EN MÍ; en nosotros. Quizá no la misma -ni con la misma potencia y profundidad- que en un nativo norteamericano contemporáneo del propio Dylan, por supuesto… Mas inducida, impuesta, o no, su figura ha sido reverenciada y disfrutada por nosotros, sin duda: aún sin saber qué pronunciaba y contaba el viejo Bob, a través de su a menudo críptico -y siempre muy nasal- “drawl”, ¡claro que lo hicimos!… Eso sin mencionar cierto “himno eclesiástico” (de libérrima traducción al español) que, me temo, todos hemos cantado… ¡Bueno!… Un servidor tuvo la suerte de poder empaparse de sus textos, al fin, a unas edades algo tardías; pero sin profundizar en ellos, debo admitirlo: ha sido siempre, o casi siempre, la música la que se ha impuesto al texto: la “actitud”; por así decirlo.

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Admitido esto, reconozco la trascendencia de su influencia: superficial o no, él -junto al resto de fundadores y seguidores de un país imaginario, que ya parece en estado de descomposición- ha configurado un “imaginario” que, para bien o para mal, nos ha ido permeando a dos o tres generaciones de habitantes, al menos, en el ámbito universal del “Rock & Roll”… Esto no es -ni lo pretende ser- un estudio pormenorizado de ese proceso larguísimo, ni de esa influencia, tratada a través de una discografía un millón de veces glosada: como ya anuncié, se trata de lanzar la idea de que sólo algunos moribundos de mérito alcanzan la gloria en vida… Y es que, aunque a Robert Allen Zimmerman le resten dos o tres décadas más entre los vivos, no es su muerte la que “anuncia” o vaticina este premio: es la de un modo de ver, escuchar, sentir y vivir un tiempo, y hasta una época entera… En un país ilimitado, que se nutrió de millones de sueños, belleza e ilusiones, por muy absurdos, rotos, extravagantes o decadentes que éstos fueran; igual que lo hizo de dramas, sobresaltos, vacío y decepciones.

Ni siquiera el “imperialismo” nos disuadió; ni tampoco nos desunió a sus siempre voluntarios súbditos, quienes ahora contemplamos, entre atónitos y resignados, el advenimiento de esta nueva “Era Atómica”: atomizada, más bien; atrapada en La Red de Redes: el más absoluto Infinito de la más absoluta Nada… Y es que sólo adquiere sentido (una aspiración a) la ausencia de fronteras cuando existe, al menos, una: esto es una paradoja. Supongo.

Post data y agradecimientos: Gracias, Vincent, Cochran, Cohen, Davies, Reed, Cale, Lennon (& Macca), Simon, Morrison, Morrison, Mitchell, Young, Fogerty, Newman, Wilson, McGuinn, Jagger, Buckley, Walker, Van Vliet, Zappa, Cash, Parsons, Townshend, Bowie, Pop, Thunders, Curtis, Cave, Chilton, Springsteen, Murphy, Thompson, Jansch, Drake, Wyatt, Waits, Barrett, Waters, Gilmour, Martyn, Costello, Gabriel, Hammill, Hell, Verlaine (Tom), Patti, Petty, Strummer, Lowe, Weller, Stipe, Tweedy, Yoakam, Yorke… ¡y tantos otros!, gracias.

Alan Vega (siguen las necrológicas) y coincidencias evocadoras / Cullum, Jamie

Ha querido el destino que Alan Vega muriera, al parecer, mientras un servidor pasaba unas horas en la ciudad en la que, siquiera por unos instantes, nuestras coordenadas espacio-temporales coincidieran. Lo cierto es que debe andar por alguna parte, entre mi caótico “patrimonio” vital, una foto que da fe de aquel encuentro. Lamentablemente, en esos años yo aún no me podía comunicar en inglés.

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Martin Rev & Alan Vega (a la derecha): “Suicide” / Ebet Roberts, Redferns. Otro día, cuando la encuentre, os pongo ésa en la que Vega y yo nos saludamos

Podría indagar y concluir en qué fecha exacta pudo acontecer, pero lo que es indudable es que tuvo que ser entre los años 1987 y 1989. Le debo esta anécdota a un amigo mío de entonces: un vizcaíno que, si no recuerdo mal, estaba estrechamente vinculado a la empresa “La herencia de los Munster”, aún en activo por los madriles (juraría). Mi memoria es un desastre, pero creo recordar que él se llamaba Chema. También conservo de aquellos prometedores años un par de ejemplares de su “fanzine”; y dos cassettes: en uno de ellos aparecián varias canciones del primer LP de un grupo bastante prometedor: NIRVANA. Sea como sea (ahora no me voy a poner a rebuscar entre tanto bagaje), a él le debo, como decía, este singular encuentro con Alan Vega en Vitoria, años 80.

Y es en esta ciudad (tengo la amargura de haber nacido -y aún vivir- en una en la que las décadas sólo me la han ofrecido en un lento, pero irremisible, languidecer) donde, como en una metafórica y vivificante entrega de cierto testigo, acabo de experimentar otra anécdota que, salvando la distancias (para empezar, ya no veo estos tiempos como demasiado prometedores; no para mí, al menos), se asemeja a aquélla. En este caso ha sido mi hija la que, con diecinueve años, ha estado muy cerca de su ídolo, Jamie Cullum. Por mi parte, el cambio de guardia, su sincronía con la desaparición de Vega, no deja de evocar ciertas nostálgicas connotaciones, que a la mayoría os resultarán bastante obvias.

Felicito, por cierto, al ya no tan joven y menudo Cullum su versatilidad, su profesionalidad y entrega; hago extensiva esta felicitación a los cuatro miembros de la banda. Es la segunda vez que los veo en directo y ofrecen, sin duda, un excelente espectáculo. Gracias a todos ellos.

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Thanks, Jamie!

Por lo que respecta al fallecido, creo que poco puedo añadir yo a lo que van a decir de él miles de exégetas; con permiso de Martin Rev, su imprescindible colaborador: tan sólo por su devastador e inquietante “Suicide”, de 1977, y que se adelantaba a varias tendencias e “ismos” del Pop&Rock electrónico, Mr. Alan Vega merece un hueco en el Panteón de los grandes.

TESLA (y otras ocurrencias)

Las “ocurrencias” son, como ya viene siendo habitual, defunciones: nos han dejado Laura Antonelli (una de las mujeres más bellas, desbordantemente sensuales y desgraciadas de la historia del cine europeo), Marujita Díaz (que en su estilo y circunstancias -española y en aquella época- también tuvo lo suyo; y, además, no creo que fuera nunca demasiado desgraciada) y James Horner, que así mencionado, pues igual no os dice mucho, pero si digo “Avatar”, “Titanic” o “Braveheart” puede que ya os quiera sonar… Y nunca mejor dicho, pues fue él el compositor (repárese en la importancia de un acento) de los fondos sonoros, espectaculares y resultones, de una profesionalidad irreprochable (si bien, en términos estrictamente musicales, poco originales), de esas películas de Hollywood y de otras muchas; con Oscars incluídos.

Y acabo de ver, para terminar, este artículo en El País (digital) sobre uno de los grandes genios de la física y de la tecnología del cambio de siglos, entre el XIX y el XX. En vida de Nikola Tesla, que de él se trata, lamentablemente, sus hallazgos y trabajo no se reconocieron como hubiese sido de justicia, pero esto es el planeta Tierra, habitado por humanos, y ya se sabe…

Fu Manchú y Ornette han salido juntos de viaje

Debemos decir adiós de nuevo: Christopher Lee y Ornette Coleman. Actor el primero, conocido por todos, imagino (Los “Drácula” de la Hammer y “El Señor de los Anillos”, al menos, me permiten suponerlo); músico de jazz, el segundo.

De Sir Christopher Lee no voy a decir casi nada, ya que le voy a dejar ese privilegio a otro “ilustre de la Serie B”: Jesús Franco (a.k.a. Jess Franco). En este enlace, que os conectará a un artículo de 2004 -Franco ya lleva muerto unos años-, podréis comprobar que los viejos maestros de cierta generación, por muy “B” y cutres que fuesen, sabían narrar; sabían escribir.

¿Lo habéis leído ya?… Poco más se puede añadir, ¿no es cierto?. Excepto que el nombre de Sir John Gielgud está mal escrito; y que, efectivamente, Mr. Lee tenía esa profesionalidad británica, esa presencia carismática, esa planta solemne que pocos poseen. Su físico estaba “diseñado” para representar las figuras en las que, no obstante y -en cierto modo- a su pesar, fue encasillado: vampiros, momias, aristócratas altivos, magos y mil y un “malos malísimos”, en un cine de medio o bajo presupuesto. Por fortuna, al final de su carrera, un blockbuster le compensó, de alguna manera, tanta fatiga en la “Serie B”: la ya mencionada saga, dirigida por Peter Jackson.

De Ornette Coleman (para los entendidos, simplemente Ornette) os diré que descoyuntó el jazz desde finales de los años 50. Él, casi solito -muchos se unirían a esta tendencia, enseguida: su inseparable Don Cherry, John Coltrane, la Escuela de Chicago, Eric Dolphy, Andrew Hill, Cecil Taylor, Jackie McLean y hasta, en cierto modo, los propios Charlie Mingus y Miles Davis, pre-revolucionarios por derecho propio-, desencadenó una onda expansiva, radical y liberadora… ¡Nunca mejor dicho!: el Free Jazz, tan característico de una época (los años 60, sobre todo), equivaldría al informalismo y la abstracción plástica más radicales (Pollock, Rothko, Stella, Rauschsenberg, De Kooning, etc.); de hecho, sería al jazz lo que el atonalismo y el serialismo significaron para la música culta.

Esa anti-música, estridente y desmadrada, tenía, sin embargo, más sentido de lo que la mayoría pudo reconocer en ella. Además, Ornette Coleman poseía un extraño don para la “melodía” (en su caso debiéramos decir, más bien, harmolodía). Baste escuchar esta joya, mil veces versioneada: “Lonely Woman”.

Se nos van ya de dos en dos… Pues eso: que descansen en paz.

Vicente Aranda

Hace unos días nos dejaba Vicente Aranda, un catalán que, hasta donde a mí me alcanza, nunca fue mucho de ello (significativo que nunca alterase su nombre). De hecho, su película más memorable exuda ese tipo de castellanidad, algo claustrofóbica, tan característica del mejor Bardem, por ejemplo: me refiero a “Amantes”. Otras obras suyas dignas de destacar serían “Fanny Pelopaja”, la “bilogía” de El Lute o su aportación a la serie de TVE, “La huella del crimen”, que se llamó “El crimen del Capitán Sánchez”. Parte de su muy literaria identidad -se ha repetido bastante estos días que siempre quiso ser escritor- residió en un especial interés por dirigir a sus actores (a sus actrices sobremanera), a los que solía exigir registros e interpretaciones al límite. En este sentido, si de pasiones se trataba, lo suyo no eran las elegantes elipsis, sino una estética indisimulada de indagación en la intimidad más escabrosa; en los instintos más básicos, por así decirlo.

El “tradicional” juego del pañuelo

Por desgracia, su indudable profesionalidad y pericia, en los últimos años de su carrera, no nos ofrecieron resultados muy atinados. Y de lo poco que tengo visto de esta época suya, apenas nada se puede considerar a la altura del “pathos” y del drama conmovedor que se desencadena a los nevados pies de las agujas góticas de la catedral de Burgos (“Amantes”). Para terminar: como venimos repitiendo, demasiado a menudo en estas páginas, recientemente: descanse en paz, Don Vicente Aranda.

Hace poco lo recordaba, pero hoy cumpliría 100 años: Welles

Por este motivo, en diversos medios hoy le dedican al precoz Orson una serie de artículos que os permitirán conocerlo mejor.

“Todo en él era grande” (Carlos Boyero)

“Dirigir es el trabajo más sencillo del mundo” (Gregorio Belinchón)

Fotogalería (El País)

“El mejor contrapicado de la historia” (Oti Rdguez. Marchante)

“The Other Side Of The Wind”

Citas

Por supuesto, la mejor manera de entender la trascendencia de su genio es ver sus películas. En la filmoteca de Cantabria -que, para el que no lo sepa, está en la calle Bonifaz de Santander- le han estado dedicando un ciclo, lo cual se os mencionó en su momento, si no recuerdo mal.

Aprovecho para reiterar que le cojáis afición a la “filmo”. Ahora tocan ciclos dedicados al western clásico, al cine asiático más reciente, al no tan reciente (Guru Dutt) y a Miklós Jancsó, entre otras ofertas. Con meses mejores o peores, la programación siempre propone la oportunidad de ver cine distinto, interesante, clásico o genial; en versión original y a un precio muy razonable (subvencionado, claro: que así siga).

Muy a propósito: decadencia (y gloria) de los estudios clásicos de grabación

Hoy Diego Manrique (DAM), en el diario El País, publica uno de sus periódicos artículos que versan sobre lo que mejor conoce: la cultura musical pop-rock.

Es un hecho que los clásicos del gremio, ajados por los años y las circunstancias -entiendo bien el proceso, pues, modestamente, también lo vivo-, contemplan la acumulación de escombros gloriosos entre perplejos y devastados. O quizá no sea tanta la perplejidad, debido a lo previsible del proceso: al menos lo ha venido siendo -bien previsible- desde hace diez o tal vez quince años (puede que de ahí proceda el cinismo de la mayoría de observadores más avezados).

Y de eso, precisamente, de escombros -pero también de trabajadores de una vieja y, antaño, próspera industria- trata el artículo titulado “El equipo de demolición”. Merece la pena: echad un vistazo… ¡antes de que sea demasiado tarde! (suponiendo que no lo sea ya).

Los míticos

Los míticos “Muscle-Shoals” de Alabama

Muere un maestro del B/N: Rafael Sanz Lobato

Viernes Santo de 1971. Bercianos de Aliste (Zamora)

Viernes Santo de 1971. Bercianos de Aliste (Zamora)

Ha muerto un clásico documentalista de la España profunda y enlutada, más o menos pretérita: ésa que ahora se pretende ignorar o maquillar, cuando, al tiempo, aparecen otras muchas, tan negras como aquélla, si no más (¡pero ésta es otra historia!).

El sevillano Sanz Lobato buscó, encontró y dejo plasmadas imágenes que hoy, a la mayoría, nos parecen de otra era; y hasta de otro país.

En los diarios se hacen eco de su muerte hoy: ocasión triste y luctuosa, como tantas de sus fotos, para que conozcáis su personalidad y su obra.

Siempre es oportuno volver a Orson Welles

Y esta vez se debe a un homenaje que se le dedicará en Málaga, y al correspondiente artículo del diario El País.

Basta con invitaros a leerlo. Y espero que ninguno de vosotros deje de ver sus obras maestras: Welles representa, en muchos sentidos, la quintaesencia del cine occidental moderno. Piénsese en que, con una producción bastante escasa, su influencia, aún hoy, es comparable a la de los más prolíficos y grandes maestros del medio, como Ford, Wilder, Hitchcock o Hawks.

A propósito de Carlos Saura

Hasta donde me alcanza la memoria, ha sido siempre un director polémico. Con prestigio, sí; pero no creo que nadie pueda decir que haya sido muy “popular”. Sus éxitos REALES entre el gran público han sido más bien escasos: “La caza”, “Cria cuervos”, “Elisa, vida mía”, “Mamá cumple 100 años”, “Deprisa deprisa”, “Bodas de sangre”, “Carmen”, “Ay, Carmela”, “Sevillanas”… No es demasiado, para un director tan prolífico.

Sea como sea, algún día convendrá revisar la obra de este oscense, cineasta, escritor, fotógrafo, dibujante y hermano de pintor (Antonio). Aprovecho el artículo que, recientemente, le han dedicado en el diario El País para daros la oportunidad de conocer a Carlos Saura.

Hay voces que te acompañan toda una vida

Matilde Conesa ha muerto. La mayoría se preguntará quién es esta señora, de voz inconfundible, poderoso timbre y declamación perfecta. Pues veréis: desde que tengo uso de razón -y decir esto, a niveles auditivos, supone evocar muuuuuchos años-, hasta estos tiempos que corren (¡y lo hacen que se las matan!), Matilde Conesa ha estado ahí. En la radio de las tardes, incluso antes del colegio; en los discos de cuentos de mi infancia; en la tele, en Bette Davis, en Ángela Channing -Jane Wyman-, en la bruja Avería y en mil personajes más, de cine y de televisión… Parecía inmortal y permancía incólume, de forma casi milagrosa.

Que sirva esta sencilla reseña para homenajear a una generación de actores invisibles, a toda una escuela extraordinaria de interpretación de doblaje. Y es que, lo que en un principio desvirtúa y lesiona lo auténtico y original de miles de obras concebidas en idiomas extranjeros, gracias a actrices y actores clásicos, como la propia Matilde Conesa, Fernando Ulloa -un caso aparte: él ERA James Stewart-, María Romero, Rafael Luís Calvo, Miguel Ángel Valdivieso (¡Woody!), Marta Martorell, Rafael de Penagos, Elsa Fábregas, Constantino Romero, Rafael Navarro, Elvira Jofre, María Luisa Solá, Juán Manuel Soriano, María Victoria Durá, Joaquín Díaz, Felipe Peña, Ricardo Solans… en este país hemos tenido la inmensa suerte de disfrutar de un trabajo digno, convincente y magistral (al tiempo que nos evitábamos nosotros el trabajo -a veces, enojoso- de leer, mientras nos perdíamos los matices en los gestos de los actores reales).

Desde luego, todo un mundo se desvanece ante nosotros. Con la muerte de Matilde Conesa, para mí esto se hace más y más patente. Que descanse en paz.

Lo intangible (la utilidad de la cultura)

“No es cierto que la persona culta, en sus ensoñaciones espiritualistas, vea lo que no hay. Lo cierto es justo lo contrario: que la persona inculta, ignorante, no ve lo que hay. Así, por no abandonar los ejemplos citados (previamente, en el texto: una universitaria burguesa y un fontanero), la belleza —la del mundo y la del alma— pasa por delante de sus ojos constantemente sin que sea capaz de percibirla. O si prefieren decirlo con diferentes palabras: la persona culta no solo dispone de un mundo interior más rico, sino que penetra en el interior del mundo. De la otra persona, hemos dicho antes que no sabe que no sabe, lo que significa, en resumidas cuentas y a la luz de todo lo que hemos planteado a continuación, que lo que de veras no sabe es lo que se pierde.”

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona.

Me ha gustado esta reflexión que, sobre la naturaleza y pertinencia de la CULTURA -sí: con mayúsculas- hacía, ayer mismo, el citado Manuel Cruz, en el diario El País. Os enlazo al artículo de opinión completo AQUÍ.

Lo que me recuerda que, ya hace algún tiempo, edité esta entrada en el blog.

Además, creo que es pertinente, en este contexto, aludir a cierto hecho: la restauración de una obra de arte. La esculpió un tal Miguel Ángel, nada menos… Y si alguien no le encuentra relación a una cosa con la otra, léase entonces la crónica de una salvajada, perpetrada en nombre de no sé qué ideas… No obstante, y sin duda, ejecutada por gentes brutales, ignorantes y sin cultura; de ésas a las que “Roma no les llamaba”. Ideologías aparte (les aseguro que es en religión en lo último que piensa este laico y agnóstico, servidor de ustedes, cuando escucha un oratorio o una cantata de Bach), conviene distinguir lo Sublime del contexto histórico e ideológico en que se sedimenta y genera el Arte: si el uno es difícil de entender sin el otro, es claro que lo eterno, lo que alcanza la grandeza de la inmortalidad, de lo clásico y universal, se aparta y se eleva por encima de ideologías y de prejuicios.

Lamentablemente, las bestias que se jactan de su ignorancia y de su desprecio a todo lo que nos une (a ese aludido espíritu eterno y universal), también parecen inmortales… y cuasi-universales. Véase, si no, a qué me refiero.

Para que le deis al tarro un poco.

Un hispalense en la corte del rey Steven

Me he encontrado esta curiosa -y elocuente- historia en el diario El País, sobre un aspirante entre las decenas de miles que, año tras año, década tras década, aterrizan malamente en la Meca de los sueños. Y es que, detrás de cada rostro sonriente sobre una alfombra roja, se acurruca el 99,9% de historias que tendemos a olvidar, y que no terminan tan bien (suponiendo que el mero hecho de pisar ese pasillo encarnado, de vanidades encendidas, garantice que uno ha llegado a lo más alto, a la más feliz de las culminaciones).

Al menos, a Julián Lara le ha dado para escribir una crónica, que uno imagina satírica y catártica. Ojalá que esta nueva aventura editorial, del aspirante a cineasta en Hollywood, nos arroje algo de luz sobre una de las cloacas que más gasta en oropel en el mundo. Y le deseo al protagonista que el libro le ayude a pagar sus deudas y pufos; que le compense algo por tanta decepción.

Y, a propósito de Los Angeles (los gringos no usan tildes): se recomienda el visionado de “Nightcrawler”, con toda seguridad una metáfora de la jungla en la que se pretende que todos terminemos viviendo. Al tiempo…