Celebración de la decadencia – y III

MuchosHijos Mono, etc

No puedo evitar preguntarme qué le diferencia a la familia de Salmerón de la de tantos: de la mía, sin ir más lejos. Y no resulta tan difícil encontrar una respuesta ajustada y convincente: el “glamour”… Y la exposición, por descontado. No trato de quitarle mérito a una película que, sin duda, lo tiene; pero casi todo él radica en cuatro elementos:

  • 1º/ La “escenografía”, ya mencionada: de ella depende, en gran medida, su atractivo visual. Y es que no se pueden comparar un caserón palaciego o castillo, una nave industrial y una casa -ambos aquejados por el mal de Diógenes- con un pisito de VPO en el suburbio (por ejemplo; aunque, con talento y ALGO que contar, a todo se le puede sacar partido).
  • 2º/ El bagaje acumulado por una familia de clase media-alta, que terminó por conseguir bastantes “posibles”: recuerdo perfectamente cómo una cámara de Super-8, en los 60 y los 70 en España, sólo estaba al alcance de muy pocos; sin ir más lejos.
  • 3º/ El azar de las coyunturas vitales -dramáticas, pero con un tratamiento leve de comedia- de dicha familia; aunque con ese mismo elemento jueguen todos los buenos documentales (al menos, los que parten sin un presupuesto previo bien trazado).
  • 4º/ El cuarto es, por supuesto, la gran protagonista: Julita Salmerón. Sin ella, este “experimento narrativo” se desmoronaría.

No me voy a parar demasiado a hacer un análisis detallado del documental desde un punto de vista cinematográfico-narrativo. Lo que sí diré es que terminé con la sensación de haber contemplado un film al que se le privaba de algunos matices y posibilidades: no sé si por falta de presupuesto o porque el autor, deliberadamente, se centra en ese enfoque ligero, sin duda muy disfrutable y hasta enternecedor.

No faltará quien encomie ESE enfoque, precisamente: por ser bien digerible y por ser, en todos los sentidos, un soporte de la iniciativa: el optimismo, una perseverancia cuasi-heróica, el “revestimiento” anti-trágico de un entorno algo delirante, decadente, pero estimulante. Debo insistir en que, una vez más, el dinero (su sobrada presencia: no como un “problema”, sino como un medio que se da por descontado) desencadena, como circunstancia muy determinante, la narración y su consiguiente realización y producción. La banda sonora de mi paisano Mastretta subraya ese tono algo auto-paródico y desenfadado.

Hechas estas reflexiones, me vuelvo a centrar en mis tesis fundamentales: el cine, como parte esencial de la producción cultural de esta época, se refugia hoy en lo distópico; así como en una cierta certeza (o intuición) del desastre, más o menos inminente… Por eso se valora -y se recibe con alivio, se diría- la irrupción de la comedia en medio de la debacle.

No puedo evitar, en este contexto, intuir una especie de renacimiento de lo picaresco: un género, genuinamente español, que, privado de la mala leche (nunca reñida con el humor, por muy hiriente que éste sea), se empobrece. Por supuesto, la mala leche se da de tortas con la plaga de auto-censura que parecen haber impuesto el neo-puritanismo, la neo-inquisición y toda la plétora de neo-estupideces, no sé si pos-modernas o pos-posmodernas; pero, en todo caso, totalitariamente letales.

Con esto no pretendo afirmar que “Muchos hijos…” se trate de una muestra de ese renacimiento de lo picaresco, ya que los protagonistas están lejos de ser una pandilla de pícaros; pero se intuye en su trasfondo (que nunca se llega a explicar del todo) que este grupo familiar participa o participó, en cierto grado, de aquella desmadrada frivolidad colectiva, hace tan solo unos pocos años, tan nefasta para este país.

Se termina por observar, por cierto, otra de las “virtudes” típicamente hispanas en el documental: el fatalismo, que no es otra cosa sino la resignación sin reacción (no, al menos, una efectiva: si acaso, una que, a la postre, sólo conlleva un empeoramiento así como un incremento de las impunidades). Véase, en este sentido, la exposición del hecho del asalto y robo a la “fábrica”: se diría que era algo esperado, normal, asumido y sin consecuencias. Claro que, en este caso tan específico, se bromea con ello: en un momento dado uno de los hijos dice algo así como que “animaría a los ladrones a llevarse más cosas”, para así librarles de su peso abrumador; de su inutilidad… Un lujo al alcance de sólo unos pocos, ¿no es verdad?.

En cualquier caso, por mucho que sea bien evidente que todos, en mayor o menor medida, nos cargamos de cosas inútiles a lo largo de la vida, me parece procedente destacar la mayor responsabilidad social o colectiva, por así decirlo, de las clases pudientes en todo ello: las más desenfrenadas, caprichosas e irresponsables a lo largo de los años de “fiesta”. ¿El resultado?: la ruina de algunos de ellos, sin duda; pero también la llegada de los oportunistas carroñeros: un 5% que acumula ya el 95% de la riqueza; al tiempo, nos dan lecciones de “sensatez” y “austeridad” al 95% restante, que somos quienes verdaderamente pagamos aquel irresponsable fingimiento de riquezas… Y nunca tuvimos una “Super-8”, ni una cámara digital, ni un mono, ni tantos hermanos, ni un castillo. Nuestras madres suelen ser personas sin rasgos “fotogénicos” ni matices destacables: sin carisma; personas agotadas y privadas de ilusiones o humor, la mayoría.

Para terminar: puede que lo más importante de esta película sean, después de todo, unos huesos: elementos que funcionan bastante bien como “leit-motif” o “McGuffin”. Al fin y al cabo, se podrían considerar como una especie de metáfora de algo que importa poco pero que pesa demasiado (en esto los españoles somos unos verdaderos expertos); o, por qué no, como una metáfora invertida de lo que nos abruma y lastra: en un país como éste, empeñado en desenterrar, se afanan los protagonistas verídicos de esta historia, por el contrario, en encontrar, sí; pero, sobre todo, en enterrar y en dejar descansar… ¡en paz! Su humor, al menos, se agradece.

Y al final, incluso, ¡les ha salido bien la jugada! Enhorabuena, Gustavo.

 

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Celebración de la decadencia – II

Tommy Wiseau

Empiezo por “The Disaster Artist”, que es la primera de las dos películas mencionadas que he visto: en su versión doblada, debo decir. Y lo digo porque, aparte de la evidencia de las mermas intrínsecas que implican traducciones y doblajes, la aportación de James Franco a un personaje tan particular -no ficticio y aún vivo: Tommy Wiseau-, en el específico apartado de dicción, tono, inflexiones y acento, resulta absolutamente decisiva.

No obstante, el doblaje me ha parecido bastante logrado. Por fortuna, en este país se domina un arte tan extraño y espurio. Lo que sí me resulta “inquietante”, desde hace ya unos pocos años, es la tendencia a “respetar” -no sé si de forma caprichosa o aleatoria- determinados títulos originales; pero, claro: sólo los de algunos films producidos en el idioma inglés. Tampoco voy a descubrir nada nuevo si digo que -aún siendo anglo-parlante yo mismo- estamos en una especie de “fase terminal”, tal vez irreversible, de colonización cultural universal. Todo ello forma parte de un proceso masivo, en el que, por descontado, Internet está jugando un papel fundamental. La más humillante y claudicante de las posturas de la mayoría de los Gobiernos del hemisferio occidental, sobre todo, amplifica además unos efectos que lindan con lo genocida… Pero ésta es otra cuestión: demasiado compleja para tratarla aquí y ahora.

Y a pesar de esta renuncia a profundizar en semejantes asuntos, lo cierto es que considero que una fracción, nada desdeñable, de la fascinación suscitada por la película y el “aura” de su personaje debe proceder, precisamente, del influjo “colonizador” proyectado sobre las mentalidades y gustos de las muy interconectadas masas de individuos, quienes sólo parecen encontrar sentido a su vida y personalidad en una gigantesca identificación gregaria (por alguna extraña razón, lo estúpido les fascina). Lo cierto es que esta paradoja (que no es, ni mucho menos, novedosa; pero sí es, hoy en día, más extensa e indiscriminada que nunca) siempre me ha intrigado e inquietado: la de los individuos resituando, a modo de reafirmación y protesta ante lo establecido, su identidad en un nuevo contexto… ¡igualmente gregario!: las “tribus urbanas” son un perfecto ejemplo de lo que digo.

Vuelvo al título de esta “serie”: celebración… Va a ser difícil una explicación clara y lo suficientemente convincente del término, dado que parto de una mera intuición. Consiste ésta en la impresión que tengo de estar en medio de una época que, deslocalizada en un océano de datos conexos pero, no por ello, menos caóticos (que aportan una falsa impresión de seguridad y hasta de sabiduría; o, si se prefiere, de tener a nuestra permanente disposición los secretos del buen criterio; al tiempo que, por lo general, éste se ignora), hiper-individualista y claudicante como sin duda es, se dedica a celebrar el disfrute de lo cerril y vacuo: indiferentes o -peor- satisfechos, la mayoría, ante las manipulaciones más retorcidas y falsarias de la historia de la Humanidad: la gravedad de sus efectos aún está pendiente de ser observada en toda su magnitud, me temo.

Así, ante la personalidad -tarada y trágica, no lo olvidemos- de Wiseau y la de su re-encarnación (la protagonizada por James Franco: sorprendente e irreprochable), se celebran hoy, casi unánimemente, los “valores” aquí ensalzados: ¿cuáles son éstos?… Un inciso: el crítico Carlos Boyero ya dictaminó en su día que la película no le “enganchó” como, por ejemplo, sí lo hizo “Ed Wood”, de Tim Burton. El paralelismo entre ambos films salta a la vista, así que no vamos a subrayarlo. Lo cierto es que ambas obras son muy diferentes: en tono, planificación, textura, contexto, intenciones… Por supuesto, si nos mantenemos en el nivel de “valores artísticos”, creo que Tim Burton supera a Franco. Pero puede que no sea ya, siquiera, éste el prisma a través del cual deberían observarse ambas; no en términos, digamos, de mero cotejo.

Éste que les comenta (y, muy probablemente, hastía) disfrutó la proyección, debo aclarar: no me aburrió, y confieso haber reído a gusto. Lo que no me impide ahora rebuscarle la vueltas a todo ello… La película, como digo, hace patente un mal contemporáneo: la exaltación del “friki”; en español: la del extravagante que linda la imbecilidad o la enfermedad mental. En cierto modo, es como si se nos dijese a todos que, sólo con el empeño, el espíritu más indómito, la perseverancia; y en ausencia absoluta de auto-crítica o de “filtros”, estará a nuestro alcance la “gloria” del ridículo más rentable. Se devalúa, con ello, lo Sublime, lo Clásico: lo Milenario y Universal de los valores más complejos, contradictorios, incómodos, estimulantes, inquisidores e inquietantes de la propia naturaleza humana. La doctrina de lo “políticamente correcto” (muy vinculada a estos gravísimos síntomas de Totalitarismo idiotizante) trata con el mismo rasero y unifica, sin dialéctica, sin sutileza, sin crítica ni inteligencia, a una Humanidad reducida a un mero “mercado de ideas estándar” -¿una especie de decálogo?– impuestas para anular lo disidente y la anomalía del que no se adapta a lo homogéneo ni lo acepta por sistema: extrañamente, imponiendo una visión parcelada de lo Humano como un galimatías caprichoso de infelices que fingen sentirse cómodos en su aislamiento o anomalía.

Vean, si no, cómo se olvida destacar que es, después de todo, la herramienta más decisiva al servicio de la “voluntad” de Wiseau una fortuna de millones de dólares (a propósito: de origen incierto). Pero poco importará esto mientras todos los Wiseau del mundo acaben formando parte, en definitiva, del Sistema: el que nos maneja y posée a todos nosotros… Y cuanto más inconscientes, desubicados, desmotivados y desarraigados nos encontremos (desvinculados, pues, de nuestra propia tradición e inteligencia heredadas: lo que podríamos denominar la “experiencia más acendrada y arraigada de nuestros propios antepasados”, que considero insustituible); atados a las voces y mandatos de un “Gran Hermano” global, mejor aceptaremos la estupidez entusiasta como el “valor” más encomiable.

¡Y luego habrá quien se extrañe de que la democracia corra peligro!

 

Celebración de la decadencia – I

Compruebo que ha transcurrido casi un año desde mi último “parto”: se mencionaba el cáncer, y poco bueno evoca dicha palabra. Lo cierto es que no ha sido este año un periodo nada inocuo (me refiero a mí mismo), pero la mera supervivencia ya ha de ser celebrada.

No obstante, las reflexiones, más o menos profundas, sobre el transcurso demoledor del tiempo y sus efectos, las dejaré para otro momento y otro lugar. Ahora sólo pretendo escribir una breve disquisición sobre cine; o sobre los “vapores” que he visto exhalar de, al menos, un par de películas muy recientes: “The Disaster Artist” y “Muchos hijos, un mono y un castillo”.

Lo de los vapores, tal vez, no sea tan solo una metáfora; más o menos caprichosa, más o menos afortunada: lo cierto es que ambas películas celebran ciertas suertes -incluso desviaciones– de decadencias y fracasos; e intuyo que parte de sus éxito -o “post-éxito”, no sé si me explico- deriva de esa fascinante exaltación funérea. Podría incluso decirse que, si me dejase llevar del todo por mis tendencias más cínicas, llegaría a asegurar que es ése factor, y no otro, el que ha arrastrado a los expertos a dictaminar, casi con total unanimidad, que ambas obras son sendos triunfos artísticos.

Yo de hermenéutica, semiótica y demás nigromancias de la razón y del estudio de los lenguajes, mensajes y signos, sé lo justo. Por eso no me voy a meter en berenjenales en los que me perdería, de todos modos, tras meses de indiferencia (me aqueja mi propia decadencia, me temo), por falta de entrenamiento.

No descarto, sin embargo, ampliar esta idea y profundizar, más adelante, en lo que creo de alguna trascendencia e interés: en lo que no es otra cosa que el mero proceso de claudicación de una Civilización y Cultura decadentes. Es como si lo único que les quedase a estas, durante siglos, gloriosas entidades, fuera la constatación -por medios artísticos y creativos, al menos- de su propio derrumbe.

Continuará.

 

 

El cómic ya está en Christie´s (¡qué suerte para los propietarios de los originales!)

¿Consagración o nuevo “nicho de mercado”?… Según tendáis a la candidez o al cinismo, optad por una opción o la otra. En cualquier caso, parece que las planchas originales del cómic ya se cotizan… tras la desaparición de sus autores, claro. ¡Adjudicado!…

Leed este artículo de “El País”…

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Pasivo o activo, no hay descanso para la gran máquina de vender… ¡No bajeis nunca la guardia! (a no ser que esteis forrados y no podáis hacer otra cosa que contribuir, constantemente, a mantener el delicado equilibrio en el hábitat del capitalismo: enhorabuena).

En serio: es algo que veis constantemente… AQUÍ.

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FLAUTISTA (a Don Andrés Rábago y a todos los lúcidos del mundo, para que no sufran)

Otra viñeta genial de Rábago (El Roto) muestra a un hombre que cae al vacío mientras repite: “¡Vamos en la buena dirección!, ¡vamos en la buena dirección!”… No dejo de compartir esa visión algo fatalista; pero el fatalismo es un síntoma inequívoco de los que han observado el mundo… ¿No existe, acaso, en el fondo de todo fatalista, un corazón idealista y esperanzado? Los peores son los ciegos voluntarios, por muy felices que se muestren.

Se lo dedico -además de al gran Rábago- a los que se resisten (un poco inmodestamente, a mí mismo).

MUÑOZ MOLINA REFLEXIONA SOBRE EL “AURA” DEL PASADO: EN TORNO A LA MERCANTILIZACIÓN DE LA NOSTALGIA

Creo que no es tan solo uno de esos temas “tangenciales” en el mundo de la IMAGEN: en este fenómeno -aquí tratado por Antonio Muñoz Molina- radica una buena parte del misterio de un buen negocio universal. Vale la pena reflexionar sobre los mecanismos de la fascinación… y la COTIZACIÓN. A ver qué os parece…

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/02/14/actualidad/1392375499_356159.html

Un ropavejero, por Eugene Atget

¿Quién fue Clifford Nass?…

Pues ha fallecido, recientemente. Profesor de Stanford, ¡casi nada!… Creo que nos proponía caer en la cuenta de un par de cosas muy importantes:

“Los multitarea creen que son buenos haciendo varias cosas a la vez, pero el estudio los contradice.”

“La continua exposición a las pantallas y el aumento de todo tipo de tareas no fomenta nuestra concentración, ni nuestra capacidad de análisis, ni tampoco nuestra empatía.”

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/11/17/actualidad/1384727036_358209.html

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Pose humorística de un escéptico