La forma de la Industria (audiovisual)

Es ésta: $. No es un gran descubrimiento. Y, en efecto: aparte del talento, en ese mundillo hay que tener olfato, instinto y -¿por qué no?- sentido de la oportunidad. Imagino que esta virtud se puede convertir en un defecto: el llamado oportunismo. Y una fina línea los separa… Todo ello nos lleva a un elemento FUNDAMENTAL: la rentabilidad. ¡Bienvenidos al Capitalismo!

Del Toro posee ambos: talento y… ¡no estoy muy seguro! Por lo que respecta a la rentabilidad del dinero invertido en él, parece garantizada. Oportuno u oportunista, es un detalle que poco les importa dilucidar a sus productores/inversores ahora.

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La “nueva ola” socio-política en Occidente se dirige en cierta dirección: es evidente. Pero, antes de continuar, debo aclarar un par de cuestiones que me implican: personalmente, siempre he abominado de cierto concepto de “machito” gallo, zafio, agresivo, pendenciero, competitivo a la vez que gregario (lo gregario beneficia al más bruto; y todos parecen aspirar a ser el más bruto, claro está): “futbolero”, bravucón y arrogante. Jamás he sido capaz de halagar de forma fogosa y pública a ninguna de las muchas mujeres hermosas a quienes, sin duda, observo, admiro y -¿por qué no?- deseo; y ser testigo de ello me hace sentir más bien incómodo. Además, y honestamente: de prostitutas, cero (nada que ver con el puritanismo; si acaso, con la higiene: física y mental). Ser contrario a eso -dentro de un contexto perfectamente heterosexual, ¡ojo!- no te pone las cosas demasiados fáciles en ninguna sociedad o cultura, por muy moderna que ésta sea: quiero decir con todo ello que, por supuesto, sé de lo que hablo: por experiencia.

(Una voz interior me dice: “Considera la posibilidad de que tu propia constitución física y circunstancias sociales te hayan llevado a ser como eres; a condicionar tu propia personalidad o mentalidad; es decir: a transformar la necesidad en virtud. ¿No añoras, tal vez y en el fondo, una cierta cuota de predominancia dentro de la tribu?… Sea como sea, son los siglos de evolución cultural, y la sofisticación consiguiente, los que han puesto al hombre-macho en la posición, perfectamente legítima y enriquecedora, de escoger entre la mentalidad de ´manada´ y cierto individualismo, más refinado y empático, que trasciende su pura animalidad”).

Lamentablemente, la deriva histórica (obsérvese, por ejemplo, el caso de Rusia y de otros países eslavos) parece querer devolvernos a un escenario hostil: éste ha sido el tipo secularmente predominante, dadas las características antropológicas de la especie… Que nos dirigimos a una regresión lo indica -entre otras muchas circunstancias, más o menos anecdóticas- el hecho de que no pocas mujeres occidentales han llegado a adoptar esas “formas” para moldear una personalidad; una manera de mostrarse y de autoafirmarse en un sentido “igualitarista”. Contemplen, si no, cómo actúan algunas al volante… En efecto: la “igualdad” ha llegado a las carreteras, y podría existir ya el mismo número de imbéciles irrespetuosos y agresivos que de imbécilas; en resumidas cuentas: el mismo número de maleducadas insolidarias que de maleducados.

Pero pretendo ahora hablar de “La forma del agua”: la nueva, multi-premiada, halagada y brillante película de Guillermo del Toro. Que dicha obra lo reúne todo para ser puesta en cualquier pedestal hoy en día (acata el zeitgeist contemporáneo de forma escrupulosa, sin duda), dejando aquí al margen sus numerosas virtudes, es sobre lo que quisiera ahora reflexionar. Por supuesto, dada la simplificación que asola estos tiempos (¿tal vez todos fueron asolados, alguna vez y en mayor o menor medida, por lo mismo?), no me va a resultar difícil exponer mis hipótesis, trufadas de no pocos reparos.

Veamos… Lo primero será hacer patente la forma en que se dibujan los personajes femeninos frente a los masculinos: éstos son más bien arquetipos de todo lo odioso que se nos reprocha (brillante, como siempre, Michael Shannon en este papel). Competitivos, agresivos, desconsiderados, acosadores, caprichosos, simples, superficiales, holgazanes, primarios, hedonistas, insensibles, impulsivos (en el mal sentido del término), crueles, vendidos, cobardes, pomposos adoradores de la jerarquía, aduladores del poderoso o humilladores del débil, arribistas, sumisos, privados de empatía, racistas, homófobos, sin matices… Por supuesto, se reconocen algunas excepciones: “casualmente”, una fundamental es la de un personaje homosexual: sensible, soñador, culto, encantador, creativo y solidario; pero aislado y maltratado. La otra excepción es, por supuesto, un “monstruo”: un ser que no es siquiera humano; no, desde luego, en un sentido convencional del término humano… ¡Eso no le priva de ser un verdadero macho, como muy bien llegamos a descubrir! Resulta MUY significativo, en este sentido, que se le plasme como a un ser aparentemente asexuado: su “pudor” retráctil o escamoteable lo emparenta más, por lo tanto, con lo femenino que con lo que representa el “tótem” con el que la naturaleza nos dotó, más o menos, a todos nosotros… Podría englobarse en este grupo también al espía ruso -interpretado por Michael Stuhlbarg-, de naturaleza más ambigua: al fin y al cabo, se trata de un profesional de la traición, y se ve adornado por no pocas de las virtudes antes mencionadas.

Las mujeres de este cuento de hadas “vintage” (la nostalgia es otro de los signos de nuestro tiempo; y aquí la “Era Kennedy” no es un icono escogido al azar) son, muy por el contrario, creativas, decididas e impulsivas (en el buen sentido del término); solidarias, empáticas, dialogantes, trabajadoras, sacrificadas, listas, sanas, valientes… Parecen encarnar todos los buenos valores humanos de los que, de modo automático, por condición y nacimiento, nos priva la naturaleza -o la cultura machista- a prácticamente todos los hombres.

Así pues, me parece evidente la clase de discurso que subyace bajo las capas de deslumbrante buen cine y gran oficio de Del Toro. Se podría discutir sobre la necesidad o la legitimidad de esta murga feminista empoderativa; aunque quizá debería recordarse, asimismo, que todo empoderamiento implica un desempoderamiento; que, tal vez, no deberíamos estar hablando de poder, sino de colaboración y fortalecimiento de todos los elementos sociales: fundamentalmente, de TODOS los individuos; y que el sexo (en inglés: gender) no debería ser un factor condicionante: ni a favor ni en contra.

Mencionaba, tan solo hace unas frases, la posible necesidad u oportunidad de todo esto; y es posible que ese machismo que antes he descrito -y con el cual aseguro no simpatizar- se haya ganado a pulso las admoniciones de una gran parte de la Humanidad. Sin embargo, discrepo con los/las que creen poder librarse del lado oscuro de su propia naturaleza por medio, sencilla e ingenuamente, de la construcción de una dicotomía simplista y totalitaria. El Arte (con mayúsculas) muestra los matices y las contradicciones; los conflictos y las pasiones: es universal, y por ello nos conmueve y trasciende a lo largo de los siglos. A su lado, todo esto de dar visibilidad al empoderamiento femenino me parece puro “márquetin”; pero también un artefacto peligroso, perverso y totalitario; y esto es lo más preocupante.

No puedo terminar esta reflexión sin volver al hombre-macho-monstruo-dios… Este último elemento me inquieta, ya que me hace pensar en que una parte significativa de lo que aquí se expone es que lo humano no es suficiente: como si se aspirase a un ideal inalcanzable (a una creencia en lo sobrenatural, incluso), dando por imposible y descartada la propia fecundidad de lo normal; sobre todo en la parte fálica de la Humanidad… ¿Acaso están más cerca de lo divino las mujeres?; ¿tal vez los diferentes?… ¿Por qué razón? ¿En qué se basa todo esto?… Por cierto: falta un hispano para completar el cuadro perfecto de la reivindicación empoderativa… ¡Pero no está ausente, no!: el “monstruo” viene de Sudamérica. Junto al propio director de la película -que es lo bastante astuto como para no subrayar demasiado este elemento; más en semejante contexto histórico-, el protagonista, con el que todos empatizamos, encarna al otro gran grupo social discriminado en EE. UU.: el monstruo-dios es, en realidad, un migrante forzoso; un “dreamer” esclavizado. Además, y por supuesto, Sally Hawkins no se parece mucho a Julia Adams… Como ven, no se ha dado puntada sin hilo.

Por el contrario: “Lady Bird”, de la actriz y directora Greta Gerwig, sin dejar de ser una película de y sobre mujeres, me ha parecido una obra sensible, inteligente, respetuosa con lo masculino; dotada su narración de un auténtico aliento universal, poético y conmovedor. Éste SÍ es el tipo de cine femenino que me interesa. Los panfletos, más o menos disimulados, prefiero evitarlos.

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Señuelos (“la vida es esa cosa que (se) te pasa mientras opositas”-I)

Podrá leerse el final de esta desternillante o conmovedora serie breve justo AQUÍ.

Hace días “sorprendía” a algunos seguidores (debo tener un total de cinco) con una confusa diatriba de sospechosas y trasnochadas connotaciones reaccionarias. Parecía decir un servidor -entre otras incongruencias- que la disgregación ofrecida por la libre expresión de las ideas (esto es, precisamente, lo que yo pongo en duda: su libertad) a lo largo y el ancho de banda; creciente, tal expresión, en forma geométrica y exponencial, por unidades temporales cada vez más cortas; es, como decía, justo lo opuesto a la democracia; o a la libertad; o, incluso, a la inteligencia. ¡Bien!: las apariencias a veces no engañan… Pero esta hipóteis no es, ni siquiera, original: estoy seguro de que Zizek, Todorov o Houellebecq ya lo han planteado, mucho antes que yo, de manera más brillante.

Ciertamente, la deriva desmesurada e inabarcable de la información-opinión no ayuda al progreso: ¡no necesariamente! Tal vez, incluso, muy al contrario. Un buen ejemplo de ello son las leyes que pretenden paliar algunas de las más inveteradas realidades y esencias humanas: las llamadas “leyes de la memoria histórica” o “contra la violencia de género”. Bienintencionadas o no, lo que cada día resulta más obvio es que sus efectos son, más bien, contraproducentes. Esto es algo que no va a reconocer la Neo-iglesia Neo-inquisitorial de las Buenas Esencias del Empoderamiento Anti-hetero-teo-patriarcal (de acuerdo: esto que ahora postulo SÍ es político); pero sus planteamientos revisionistas de “primer curso de revolución cultural” anti-libertaria -no precisamente muy sutiles e ignorantes de aquéllas inveteradas esencias- revuelven al avispero de los antirrevolucionarios, a menudo armados éstos (¡y aliados!) con los argumentos más aplastantes: los de la más elemental decencia y los del más prístino sentido común.

Por supuesto, aquéllos que sí se pueden considerar como reaccionarios puros y violentos vocacionales, gozan ante el espectáculo de los “provocadores”: así su “misión” cobra sentido. En definitiva, los extremos provocan y dan alas a sus facciones simétricas: tanta torpeza podría parecer enternecedora, si no fuera tan peligrosa.

En todo caso, y al margen de mis disquisiciones más genuinamente políticas: me reafirmo en mi necesaria y legítima puesta en duda de cualquier dogma. Superados los más clásicos, y alcanzado el éxtasis más radical y conceptual de los modernos y pos-modernos a lo largo del siglo XX (un auténtico callejón sin salida), me rebelo de forma individualista, y ya privado de toda esperanza… ¡que no sea la mía propia!; es decir: de aquélla que dimane de mí mismo; resignado, si fuese necesario, a la irrelevancia y al “silencio de Dios”: de ése que nos da sentido y nos impulsa (a veces lleva nombre de filósofo o de crítico de arte). Y, si hay que pasar por la figuración fotográfica, ¡pues se pasa!

A aquéllos intrigados por mi silencio: otro día prometo hablar (en otros foros, seguramente) de LAS OPOSICIONES; de las INTERINAS: de su ruina, de su injusticia, de su crueldad, de su absurdo, de su desolación, de su insolvencia, de su destrucción, de su vómito, de su estupidez, de su españolidad, de sus derrotas (por definición, son la mayoría), de su inoperancia, de su impotencia, de su naturaleza letal y obsesiva, de sus trampas, de sus corruptelas, de su inutilidad, de su estupidez, de su inutilidad, de su estupidez, de su inutilidad LETAL, ¡de SU LETALIDAD INÚTIL!… ¡Ah, pero nadie mentará una Ley Sacrosanta contra la destrucción letal, obsesiva, vomitiva, destructiva, estúpida, hispano-derrotista e inoperante-derrotada, desolada, cruel y asoladora de una muy hetero-homo-patria-matria-transversal generación, impotente y completa!… ¡JAMÁS!: mencionar lo más grave, extendido y urgente, se considera subversivo; y aparta a las masas estúpidas de los mil señuelos que las sobrevuelan.

Disfrutad, pues, de vuestras reivindicaciones divisorias y de género, mientras acaban con tod@s… como diría Mr. Arcadio Sword: “¡mi liberada!”.

P.D.: La verdadera “brecha salarial” -un abismo, más bien- la padecerán/padeceremos los “prescindibles” del E.R.E. masivo y cuasi-estatal en Educación (ya irán cayendo, poco a poco, otros colectivos), a partir del próximo primero de septiembre. Y los caídos serán de los dos o tres sexos, sin discriminación que valga: todo un “logro social”. (E.R.E.: Expediente de Regulación de Empleo. En román paladino, significa “echar a la gente a la puta calle”).

 

“Minorías” neo-tiránicas: por una recuperación de la AUTÉNTICA esencia del Arte

G. del Valle fue mi profesora de Dibujo en BB. AA. Casi aleatoriamente, lo fue. G. del Valle podría llamarse ahora del Balle; o Aranak. G. del Valle era una encantadora y muy pizpireta señorita, desenfadada e inconfundiblemente vinculada a cierta “corriente de opinión” en el País Vasco: la misma que, sin gobernar del todo, manda y decide allí hoy en día; y, por lo que a mi vida restante respecta, lo hará ya para siempre.

G. del Valle, al ver mi dibujo a lápiz de un panecillo del comedor de la U. P. V., ya mordisqueado, y de una manzana roja, exclamó: “¡Es Realismo Madrileño!”… Yo por entonces no tuve claro a qué se refería, pero ahora comprendo que me estaba insultando; o, como mínimo, desprestigiando. Después de todo, mi fidelidad fotográfica y mi propia cántabro-españolidad tenían que asociarme a cierta superficialidad e irrelevancia consustancial a casi todo lo hispano; sobremanera, al ser cotejada esta inmanencia con la muy arraigada y telúrica profundidad de la tradición vasca, siempre tan relevante y trascendental: siempre tan moderna… ¡Sublime tosquedad!

Podría discutirse si esto es así o no; pero lo que sí que es evidente es que esa postura de lo vasco y ante lo vasco -subrayada, promocionada, subvencionada, amplificada, desmesurada y deificada hasta el punto de que la baba de toda la intelectualidad cómplice, de allá y de aká, nos empapa a todos- es una inconfundible POSTURA POLÍTICA de cierto “mainstream”, ampliamente consensuado; y por muy sorprendente que esto parezca.

Dibujar bodegones hiperrealistas, a modo de forzado testimonio compensatorio, también habrá de devenir en una forma de manifestación política… ¡O eso está empezando a parecer!

Aquéllos que piensan “ce qu´il faut” en el mundo del Arte se alarman hoy en día ante los serios indicios de una inquietante presencia: la de una renovada tiranía, expresada en forma de censura. Modestamente, creo que yerran el tiro (en todo caso, ellos mismos, como todo poder bien afianzado, han terminado por hacer brotar su propio tipo de tiranía).

Los poderosos actuales -los presuntos censores, de naturaleza política- resultan inofensivos: a un nivel de inmanencia relevante y trascendental, quiero decir, lo son… Su juego es demasiado evidente, rancio, ignorante y burdo. Su poder sólo sirve para especular, engañar, estafar y robar; no sólo dinero: esperanza, ímpetu y futuro son los más decisivos y afectados intangibles víctimas de su desvergüenza… ¡Pero se les ve venir a mil leguas!

(No hace mucho escuchaba a Juán José Millás confirmar, en Santander, mi ciudad, en donde ya sabemos mucho de ello, que nos han arrebatado hasta el futuro, que es la esperanza. Que Millás se pudiera considerar parte del “mainstream” -la corriente dominante: disculpen el anglicismo- sólo constituye una nimia incongruencia en el actual contexto: todo el mundo tiene derecho a pensar con lucidez y a ganarse la vida, dos coyunturas AÚN compatibles).

La “oposición” es MUCHO más peligrosa: estos anticuerpos sociales, aparte de disgregados y, en consecuencia, débiles, carecen de una finalidad clara; a no ser que la “deconstrucción” de todo pueda ser considerada como una finalidad. No pocos lo estiman así, imbuídos por un espíritu neorrevolucionario y “líquido”, cuya principal incongruencia y debilidad es esa disgregación anti-todo y, básicamente, pro-nada: en esta falta de solidez se apoyan todos los demás, los auténticos revolucionarios en la sombra: aquéllos poseedores de, al menos, un paradigma; casi siempre totalitario.

Espero que se me entienda (mi propio agnosticismo es sólido y coherente: al menos, parte del conocimiento de La Creencia) cuando diga que veo la situación actual como un nuevo y muy ufano periodo de paganismo, aún no desaforado: sus rituales, a veces desquiciados y sangrientos, se refrenan aún por el “lastre” de la Civilización; pero son muchas ya las que se han esfumado a lo largo de la Historia: a menudo en procesos de neo-paganismo como éste de hoy en día. Internet sólo está acelerándolo: esta endiablada y supersónica dialéctica -que, no nos engañemos, es un mero juego de Poder: como siempre lo fue- empezó por una contemplación beatífica (¿New Age?) de la propia heterogeneidad humana: hoy en día, atomizada, la naturaleza humana tiende, como siempre ha hecho, a la radicalización de las posturas y al control de los individuos y de las sociedades. Por ello, SECTARISMO es la palabra clave: perfecta para identificar y describir este virus.

Se diría que las sociedades modernas, multifacéticas, se re-constituyen en SECTAS (tan líquidas y volátiles como queramos, pero igual de peligrosas: su movilidad, intangibilidad e indefinición las convierten aún en más letales). Las neo-religiones se sostienen, entre otros y sin duda, en los nuevos dogmas de la política “correcta”. Sin embargo, éstos dogmas, así como las “sectas” que los proclaman, son la parte más conspicua del neo-paganismo. Me atrevería a decir, incluso, que esta “herramienta” disgregadora tal vez le sirve a otros poderes, más elevados: éstos sí, con una definición de objetivos muy clara. El principio, tal vez, sea algo tan antiguo, simple y eficaz como que “la división deviene en victoria” (y en control; es decir: en PODER).

Añoro el tiempo en que el Arte fue subversivo sin ser abiertamente político; brutal, sin dejar de ser sutil; incómodo, sin renunciar a su propia independencia; eficaz, sin dejar de mostrar las contradicciones: las ajenas y las propias; sublime o procaz en su coherencia incoherente, sin dejar de abominar de los panfletos; Humano, ¡tan Humano!, sin tolerar la cobardía de la censura auto-impuesta; incisivo e implacable, sin abandonar la compasión; exigente, sin descartar, ante todo, la auto-exigencia… Consciente de lo inaprensible, y ajeno, siempre, a los dogmas: al menos, a su propia naturaleza inamovible.

El “mitin” del Arte no está en las explanadas repletas ni en las grandes Ferias de “consagrados”, perfectamente pertrechados por los que les aseguran sus ganancias: su mensaje podría consistir en un dibujo hiperrealista de un panecillo y de una manzana. ¡O tal vez no!… A lo que nunca deberíamos renunciar es a la duda y a una ABSOLUTA Y DESOLADA ausencia de respuestas, en cuyo ejercicio anida la independencia más radical; la más desesperada, inasequible y profunda de todas (para mí, la única posible).

Celebración de la decadencia – y III

MuchosHijos Mono, etc

No puedo evitar preguntarme qué le diferencia a la familia de Salmerón de la de tantos: de la mía, sin ir más lejos. Y no resulta tan difícil encontrar una respuesta ajustada y convincente: el “glamour”… Y la exposición, por descontado. No trato de quitarle mérito a una película que, sin duda, lo tiene; pero casi todo él radica en cuatro elementos:

  • 1º/ La “escenografía”, ya mencionada: de ella depende, en gran medida, su atractivo visual. Y es que no se pueden comparar un caserón palaciego o castillo, una nave industrial y una casa -ambos aquejados por el mal de Diógenes- con un pisito de VPO en el suburbio (por ejemplo; aunque, con talento y ALGO que contar, a todo se le puede sacar partido).
  • 2º/ El bagaje acumulado por una familia de clase media-alta, que terminó por conseguir bastantes “posibles”: recuerdo perfectamente cómo una cámara de Super-8, en los 60 y los 70 en España, sólo estaba al alcance de muy pocos; sin ir más lejos.
  • 3º/ El azar de las coyunturas vitales -dramáticas, pero con un tratamiento leve de comedia- de dicha familia; aunque con ese mismo elemento jueguen todos los buenos documentales (al menos, los que parten sin un presupuesto previo bien trazado).
  • 4º/ El cuarto es, por supuesto, la gran protagonista: Julita Salmerón. Sin ella, este “experimento narrativo” se desmoronaría.

No me voy a parar demasiado a hacer un análisis detallado del documental desde un punto de vista cinematográfico-narrativo. Lo que sí diré es que terminé con la sensación de haber contemplado un film al que se le privaba de algunos matices y posibilidades: no sé si por falta de presupuesto o porque el autor, deliberadamente, se centra en ese enfoque ligero, sin duda muy disfrutable y hasta enternecedor.

No faltará quien encomie ESE enfoque, precisamente: por ser bien digerible y por ser, en todos los sentidos, un soporte de la iniciativa: el optimismo, una perseverancia cuasi-heróica, el “revestimiento” anti-trágico de un entorno algo delirante, decadente, pero estimulante. Debo insistir en que, una vez más, el dinero (su sobrada presencia: no como un “problema”, sino como un medio que se da por descontado) desencadena, como circunstancia muy determinante, la narración y su consiguiente realización y producción. La banda sonora de mi paisano Mastretta subraya ese tono algo auto-paródico y desenfadado.

Hechas estas reflexiones, me vuelvo a centrar en mis tesis fundamentales: el cine, como parte esencial de la producción cultural de esta época, se refugia hoy en lo distópico; así como en una cierta certeza (o intuición) del desastre, más o menos inminente… Por eso se valora -y se recibe con alivio, se diría- la irrupción de la comedia en medio de la debacle.

No puedo evitar, en este contexto, intuir una especie de renacimiento de lo picaresco: un género, genuinamente español, que, privado de la mala leche (nunca reñida con el humor, por muy hiriente que éste sea), se empobrece. Por supuesto, la mala leche se da de tortas con la plaga de auto-censura que parecen haber impuesto el neo-puritanismo, la neo-inquisición y toda la plétora de neo-estupideces, no sé si pos-modernas o pos-posmodernas; pero, en todo caso, totalitariamente letales.

Con esto no pretendo afirmar que “Muchos hijos…” se trate de una muestra de ese renacimiento de lo picaresco, ya que los protagonistas están lejos de ser una pandilla de pícaros; pero se intuye en su trasfondo (que nunca se llega a explicar del todo) que este grupo familiar participa o participó, en cierto grado, de aquella desmadrada frivolidad colectiva, hace tan solo unos pocos años, tan nefasta para este país.

Se termina por observar, por cierto, otra de las “virtudes” típicamente hispanas en el documental: el fatalismo, que no es otra cosa sino la resignación sin reacción (no, al menos, una efectiva: si acaso, una que, a la postre, sólo conlleva un empeoramiento así como un incremento de las impunidades). Véase, en este sentido, la exposición del hecho del asalto y robo a la “fábrica”: se diría que era algo esperado, normal, asumido y sin consecuencias. Claro que, en este caso tan específico, se bromea con ello: en un momento dado uno de los hijos dice algo así como que “animaría a los ladrones a llevarse más cosas”, para así librarles de su peso abrumador; de su inutilidad… Un lujo al alcance de sólo unos pocos, ¿no es verdad?.

En cualquier caso, por mucho que sea bien evidente que todos, en mayor o menor medida, nos cargamos de cosas inútiles a lo largo de la vida, me parece procedente destacar la mayor responsabilidad social o colectiva, por así decirlo, de las clases pudientes en todo ello: las más desenfrenadas, caprichosas e irresponsables a lo largo de los años de “fiesta”. ¿El resultado?: la ruina de algunos de ellos, sin duda; pero también la llegada de los oportunistas carroñeros: un 5% que acumula ya el 95% de la riqueza; al tiempo, nos dan lecciones de “sensatez” y “austeridad” al 95% restante, que somos quienes verdaderamente pagamos aquel irresponsable fingimiento de riquezas… Y nunca tuvimos una “Super-8”, ni una cámara digital, ni un mono, ni tantos hermanos, ni un castillo. Nuestras madres suelen ser personas sin rasgos “fotogénicos” ni matices destacables: sin carisma; personas agotadas y privadas de ilusiones o humor, la mayoría.

Para terminar: puede que lo más importante de esta película sean, después de todo, unos huesos: elementos que funcionan bastante bien como “leit-motif” o “McGuffin”. Al fin y al cabo, se podrían considerar como una especie de metáfora de algo que importa poco pero que pesa demasiado (en esto los españoles somos unos verdaderos expertos); o, por qué no, como una metáfora invertida de lo que nos abruma y lastra: en un país como éste, empeñado en desenterrar, se afanan los protagonistas verídicos de esta historia, por el contrario, en encontrar, sí; pero, sobre todo, en enterrar y en dejar descansar… ¡en paz! Su humor, al menos, se agradece.

Y al final, incluso, ¡les ha salido bien la jugada! Enhorabuena, Gustavo.

 

Celebración de la decadencia – II

Tommy Wiseau

Empiezo por “The Disaster Artist”, que es la primera de las dos películas mencionadas que he visto: en su versión doblada, debo decir. Y lo digo porque, aparte de la evidencia de las mermas intrínsecas que implican traducciones y doblajes, la aportación de James Franco a un personaje tan particular -no ficticio y aún vivo: Tommy Wiseau-, en el específico apartado de dicción, tono, inflexiones y acento, resulta absolutamente decisiva.

No obstante, el doblaje me ha parecido bastante logrado. Por fortuna, en este país se domina un arte tan extraño y espurio. Lo que sí me resulta “inquietante”, desde hace ya unos pocos años, es la tendencia a “respetar” -no sé si de forma caprichosa o aleatoria- determinados títulos originales; pero, claro: sólo los de algunos films producidos en el idioma inglés. Tampoco voy a descubrir nada nuevo si digo que -aún siendo anglo-parlante yo mismo- estamos en una especie de “fase terminal”, tal vez irreversible, de colonización cultural universal. Todo ello forma parte de un proceso masivo, en el que, por descontado, Internet está jugando un papel fundamental. La más humillante y claudicante de las posturas de la mayoría de los Gobiernos del hemisferio occidental, sobre todo, amplifica además unos efectos que lindan con lo genocida… Pero ésta es otra cuestión: demasiado compleja para tratarla aquí y ahora.

Y a pesar de esta renuncia a profundizar en semejantes asuntos, lo cierto es que considero que una fracción, nada desdeñable, de la fascinación suscitada por la película y el “aura” de su personaje debe proceder, precisamente, del influjo “colonizador” proyectado sobre las mentalidades y gustos de las muy interconectadas masas de individuos, quienes sólo parecen encontrar sentido a su vida y personalidad en una gigantesca identificación gregaria (por alguna extraña razón, lo estúpido les fascina). Lo cierto es que esta paradoja (que no es, ni mucho menos, novedosa; pero sí es, hoy en día, más extensa e indiscriminada que nunca) siempre me ha intrigado e inquietado: la de los individuos resituando, a modo de reafirmación y protesta ante lo establecido, su identidad en un nuevo contexto… ¡igualmente gregario!: las “tribus urbanas” son un perfecto ejemplo de lo que digo.

Vuelvo al título de esta “serie”: celebración… Va a ser difícil una explicación clara y lo suficientemente convincente del término, dado que parto de una mera intuición. Consiste ésta en la impresión que tengo de estar en medio de una época que, deslocalizada en un océano de datos conexos pero, no por ello, menos caóticos (que aportan una falsa impresión de seguridad y hasta de sabiduría; o, si se prefiere, de tener a nuestra permanente disposición los secretos del buen criterio; al tiempo que, por lo general, éste se ignora), hiper-individualista y claudicante como sin duda es, se dedica a celebrar el disfrute de lo cerril y vacuo: indiferentes o -peor- satisfechos, la mayoría, ante las manipulaciones más retorcidas y falsarias de la historia de la Humanidad: la gravedad de sus efectos aún está pendiente de ser observada en toda su magnitud, me temo.

Así, ante la personalidad -tarada y trágica, no lo olvidemos- de Wiseau y la de su re-encarnación (la protagonizada por James Franco: sorprendente e irreprochable), se celebran hoy, casi unánimemente, los “valores” aquí ensalzados: ¿cuáles son éstos?… Un inciso: el crítico Carlos Boyero ya dictaminó en su día que la película no le “enganchó” como, por ejemplo, sí lo hizo “Ed Wood”, de Tim Burton. El paralelismo entre ambos films salta a la vista, así que no vamos a subrayarlo. Lo cierto es que ambas obras son muy diferentes: en tono, planificación, textura, contexto, intenciones… Por supuesto, si nos mantenemos en el nivel de “valores artísticos”, creo que Tim Burton supera a Franco. Pero puede que no sea ya, siquiera, éste el prisma a través del cual deberían observarse ambas; no en términos, digamos, de mero cotejo.

Éste que les comenta (y, muy probablemente, hastía) disfrutó la proyección, debo aclarar: no me aburrió, y confieso haber reído a gusto. Lo que no me impide ahora rebuscarle la vueltas a todo ello… La película, como digo, hace patente un mal contemporáneo: la exaltación del “friki”; en español: la del extravagante que linda la imbecilidad o la enfermedad mental. En cierto modo, es como si se nos dijese a todos que, sólo con el empeño, el espíritu más indómito, la perseverancia; y en ausencia absoluta de auto-crítica o de “filtros”, estará a nuestro alcance la “gloria” del ridículo más rentable. Se devalúa, con ello, lo Sublime, lo Clásico: lo Milenario y Universal de los valores más complejos, contradictorios, incómodos, estimulantes, inquisidores e inquietantes de la propia naturaleza humana. La doctrina de lo “políticamente correcto” (muy vinculada a estos gravísimos síntomas de Totalitarismo idiotizante) trata con el mismo rasero y unifica, sin dialéctica, sin sutileza, sin crítica ni inteligencia, a una Humanidad reducida a un mero “mercado de ideas estándar” -¿una especie de decálogo?– impuestas para anular lo disidente y la anomalía del que no se adapta a lo homogéneo ni lo acepta por sistema: extrañamente, imponiendo una visión parcelada de lo Humano como un galimatías caprichoso de infelices que fingen sentirse cómodos en su aislamiento o anomalía.

Vean, si no, cómo se olvida destacar que es, después de todo, la herramienta más decisiva al servicio de la “voluntad” de Wiseau una fortuna de millones de dólares (a propósito: de origen incierto). Pero poco importará esto mientras todos los Wiseau del mundo acaben formando parte, en definitiva, del Sistema: el que nos maneja y posée a todos nosotros… Y cuanto más inconscientes, desubicados, desmotivados y desarraigados nos encontremos (desvinculados, pues, de nuestra propia tradición e inteligencia heredadas: lo que podríamos denominar la “experiencia más acendrada y arraigada de nuestros propios antepasados”, que considero insustituible); atados a las voces y mandatos de un “Gran Hermano” global, mejor aceptaremos la estupidez entusiasta como el “valor” más encomiable.

¡Y luego habrá quien se extrañe de que la democracia corra peligro!

 

Celebración de la decadencia – I

Compruebo que ha transcurrido casi un año desde mi último “parto”: se mencionaba el cáncer, y poco bueno evoca dicha palabra. Lo cierto es que no ha sido este año un periodo nada inocuo (me refiero a mí mismo), pero la mera supervivencia ya ha de ser celebrada.

No obstante, las reflexiones, más o menos profundas, sobre el transcurso demoledor del tiempo y sus efectos, las dejaré para otro momento y otro lugar. Ahora sólo pretendo escribir una breve disquisición sobre cine; o sobre los “vapores” que he visto exhalar de, al menos, un par de películas muy recientes: “The Disaster Artist” y “Muchos hijos, un mono y un castillo”.

Lo de los vapores, tal vez, no sea tan solo una metáfora; más o menos caprichosa, más o menos afortunada: lo cierto es que ambas películas celebran ciertas suertes -incluso desviaciones– de decadencias y fracasos; e intuyo que parte de sus éxito -o “post-éxito”, no sé si me explico- deriva de esa fascinante exaltación funérea. Podría incluso decirse que, si me dejase llevar del todo por mis tendencias más cínicas, llegaría a asegurar que es ése factor, y no otro, el que ha arrastrado a los expertos a dictaminar, casi con total unanimidad, que ambas obras son sendos triunfos artísticos.

Yo de hermenéutica, semiótica y demás nigromancias de la razón y del estudio de los lenguajes, mensajes y signos, sé lo justo. Por eso no me voy a meter en berenjenales en los que me perdería, de todos modos, tras meses de indiferencia (me aqueja mi propia decadencia, me temo), por falta de entrenamiento.

No descarto, sin embargo, ampliar esta idea y profundizar, más adelante, en lo que creo de alguna trascendencia e interés: en lo que no es otra cosa que el mero proceso de claudicación de una Civilización y Cultura decadentes. Es como si lo único que les quedase a estas, durante siglos, gloriosas entidades, fuera la constatación -por medios artísticos y creativos, al menos- de su propio derrumbe.

Continuará.

 

 

El cómic ya está en Christie´s (¡qué suerte para los propietarios de los originales!)

¿Consagración o nuevo “nicho de mercado”?… Según tendáis a la candidez o al cinismo, optad por una opción o la otra. En cualquier caso, parece que las planchas originales del cómic ya se cotizan… tras la desaparición de sus autores, claro. ¡Adjudicado!…

Leed este artículo de “El País”…

Publicidad por emplazamiento (Product Placement)

Pasivo o activo, no hay descanso para la gran máquina de vender… ¡No bajeis nunca la guardia! (a no ser que esteis forrados y no podáis hacer otra cosa que contribuir, constantemente, a mantener el delicado equilibrio en el hábitat del capitalismo: enhorabuena).

En serio: es algo que veis constantemente… AQUÍ.

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FLAUTISTA (a Don Andrés Rábago y a todos los lúcidos del mundo, para que no sufran)

Otra viñeta genial de Rábago (El Roto) muestra a un hombre que cae al vacío mientras repite: “¡Vamos en la buena dirección!, ¡vamos en la buena dirección!”… No dejo de compartir esa visión algo fatalista; pero el fatalismo es un síntoma inequívoco de los que han observado el mundo… ¿No existe, acaso, en el fondo de todo fatalista, un corazón idealista y esperanzado? Los peores son los ciegos voluntarios, por muy felices que se muestren.

Se lo dedico -además de al gran Rábago- a los que se resisten (un poco inmodestamente, a mí mismo).

MUÑOZ MOLINA REFLEXIONA SOBRE EL “AURA” DEL PASADO: EN TORNO A LA MERCANTILIZACIÓN DE LA NOSTALGIA

Creo que no es tan solo uno de esos temas “tangenciales” en el mundo de la IMAGEN: en este fenómeno -aquí tratado por Antonio Muñoz Molina- radica una buena parte del misterio de un buen negocio universal. Vale la pena reflexionar sobre los mecanismos de la fascinación… y la COTIZACIÓN. A ver qué os parece…

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/02/14/actualidad/1392375499_356159.html

Un ropavejero, por Eugene Atget

¿Quién fue Clifford Nass?…

Pues ha fallecido, recientemente. Profesor de Stanford, ¡casi nada!… Creo que nos proponía caer en la cuenta de un par de cosas muy importantes:

“Los multitarea creen que son buenos haciendo varias cosas a la vez, pero el estudio los contradice.”

“La continua exposición a las pantallas y el aumento de todo tipo de tareas no fomenta nuestra concentración, ni nuestra capacidad de análisis, ni tampoco nuestra empatía.”

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/11/17/actualidad/1384727036_358209.html

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Pose humorística de un escéptico